El trabajo sexual como opción final para las mujeres migrantes en Villavicencio

Por Lina Álvarez

Fotos: Lina Álvarez

Llegamos a un prostíbulo o “chongo” como lo llaman ellas, en el barrio San Benito; tres de ellas estaban afuera dialogando cuando nos vieron llegar y se acercaron.

-¿Qué necesitan?

-(…) somos periodistas, nos gustaría dialogar con algunas de ustedes, especialmente si son migrantes.

-Aquí lo que hay es venezolanas, ellas dos son de allá, yo soy colombiana, pero yo también podría contarles mi historia.

-Sí, claro.

-Vengan, entren.

Nos dirigimos al patio del lugar; había algunas chicas arreglándose las uñas y nos miraron con recelo, algunas de ellas apresuraron su labor para poder retirarse. Mientras tanto, alcanzamos a saber que muchas de ellas habían entrado de manera legal, pero otras llegaron por Arauca, cruzando el río de manera ilegal. De ahí su temor a dar la entrevista, sentían que hablar con periodistas significaría que las deportarían.

Según la plataforma R4V, hasta abril de 2020, 5.093.987 personas habían salido de Venezuela, lo que representa un 15,9 % de la población; de estas, 1.300.000 se encontraban en Colombia hasta el 2019.

Rubiela, entre la berraquera y la depresión

Rubiela Fuentes, madre de dos hijos, a sus 41 años decidió retornar al trabajo sexual después de siete años fuera de los prostíbulos.

Ella tenía 19 años cuando empezó a trabajar en esto al ver en un periódico que necesitaban mujeres acompañantes en eventos. Ya había trabajado en múltiples cosas y le había ido “como a perros en misa”, por lo que decidió acudir al llamado. Allí se dio cuenta que “las niñas estaban todas arregladitas, oliendo a rico. Al principio a mí me dio miedo, pero cuando me habló de lo que me iba a ganar, pues lo hice”, rememora Rubiela, una mujer carismática, morena y relativamente alta.

Ella nos fue contando su historia mientras nos guiaba al patio de la residencia donde vivían en su mayoría mujeres venezolanas. A primera vista, Rubiela parece una mujer de carácter fuerte, que sabe defenderse sola y no permite que nadie quiera sobrepasarse con ella. Sin embargo, esto no ha evitado que la maltraten. Un día se fue de amanecida junto a un joven mexicano que era muy amable, por ello bajó la guardia y aceptó ir a un lugar fuera de la residencia. Habían quedado de hacer de todo menos sexo anal, pero cuando llegaron al hotel, él quería estar sin preservativos, lo que ella nunca ha aceptado. Se enzarzaron en una discusión.

-No, así no podemos estar.

-¿Por qué, si yo estoy limpio, acaso usted no está limpia?

-Sí, pero yo no tengo relaciones sin condón.

-Sabe qué, usted al fin y al cabo es una puta.

En ese momento la cogió, la puso en cuatro e intentó violarla; ella logró quitárselo de encima, pero él la volteó y le pegó dos cachetadas: “qué hijueputas cachetadotas, me dejaron tonta”. Sin embargo, siguió luchando, pero él le pegó un puño. Cuando él casi estaba logrando su cometido, reunió todas sus fuerzas y con sus piernas lo tiró a un lado. Arrancó a correr al parqueadero, pero se encontró con que por fuera las puertas estabas cerradas. Empezó a gritar, hasta que él la agarró del pelo, la tiró al piso y comenzó a darle puños con fuerza en la cara y el pecho. Por fortuna, la aseadora abrió la puerta y pidieron ayuda al celador: “cuando él escucho la voz de un hombre ahí sí reaccionó y me soltó”, recuerda Rubiela como uno de los momentos más difíciles de su vida.

Estaba llegando la hora de trabajar, así que, aunque algunas mujeres quisieran contarnos sus historias, no podían quedarse en ese patio sin estar en busca de clientes; por un lado, porque requerían del dinero para subsistir, pero por otro, porque a partir de las 6:00 de la tarde hasta la hora que cierren, no deben dejar de trabajar. Son las reglas, especialmente porque allí viven. Pero Rubiela nos dio la solución, que consumiéramos cerveza y “las pidiéramos”, ellas tenían que tomar con la persona que las solicitara y, según el caso, ellas decidían si tenían “un rato” con el cliente o se iban de “amanecida”.

Llegó a dialogar con nosotras Paola, una joven de 21 años, madre de dos hijos que antes vivía en Venezuela, pero que hoy está en Villavicencio.

Tener que migrar para sobrevivir

Paola llegó directamente de San Fernando de Apure a Villavicencio. Sabía que tendría que dedicarse al trabajo sexual, lo tenía claro en el momento en que tomó la decisión. Nunca había salido de su ciudad; con tan solo 19 años ya tenía un hijo de tres años y otro recién nacido. Su esposo estaba en la cárcel pagando un crimen del cual prefería no hablar y las necesidades tanto de sus hijos como de su familia la hicieron tomar la decisión.

Tomó un bus hasta el estado de Apure, pero no pasaría por el puente internacional José Antonio Páez, sino a través de una lancha junto a otras dos mujeres para tomar en Colombia un bus directamente a la capital del Meta. Una amiga de allí le había contado a qué se dedicaba y le había prometido ayudarle a hacer el tránsito hacia una vida como trabajadora sexual.

Según el informativo EFE Agro, transitar por el río Arauca de Venezuela a Colombia suele ser más sencillo que entrar por Norte de Santander, ya que es una zona olvidada y el foco de las autoridades no está puesto en este punto. El malecón de Arauca era un lugar turístico y, según este informe de septiembre de 2019, está lleno de inmigrantes venezolanos quienes de día o de noche están haciendo este tránsito en canoas, en muchas ocasiones llenas de contrabando.

26 personas es el número que por lancha pueden transitar de una frontera a otra por alrededor de $2.000 pesos colombianos cuando no portan carnet de migración para poder entrar de manera legal a Colombia. Aunque cada lugar tiene sus peligros, la ruta de Arauca es la “trocha” menos peligrosa para la población venezolana que decide salir de su país, ya que, como lo demuestran muchas investigaciones, en la trocha de San Antonio de Táchira y Cúcuta, el valor a pagar es más alto, pero especialmente las mujeres son abusadas sexualmente, maltratadas e incluso desaparecidas.

“La primera vez es horrible, porque yo nunca había estado con tantos hombres”, confiesa con voz queda Paola, quien parece sentirse avergonzada por la profesión a la que se dedica. Sin embargo, comprendiendo que la prostitución es lo que permite darle de comer a sus hijos, a quien espera traer en algún momento, se esfuerza en conseguir muchos clientes para suplir todos los gastos que le representa vivir en un hotel donde le cobran la noche a $25.000, a diferencia de las residencias donde deben pagar $10.000 diarios, pero con bastantes limitaciones.

Ella sabe peinar y trenzar muy bien, por ello sus compañeras la buscan para que las deje “bien mamis” para trabajar esa noche. Ella no cuenta con salud, pensión, ni mucho menos riesgos profesionales, porque cada día vive con miedo de ser deportada y dejar a sus hijos a la deriva, mucho más porque su esposo fue asesinado hace algunos meses después de haber salido de prisión.

Yo le tengo más miedo a los colombianos que a cualquier cosa”

Carolina es una joven alta, con buenas curvas que, asegura, son un plus a la hora de conseguir clientes. Pero a su vez es lo que le permite hacer durar el menor tiempo posible la hora de la penetración, pues gracias a “este gran culo”, hace múltiples juegos previos y bailes con sus clientes.

A diferencia de Paola, quien en ese momento se encontraba trenzando el cabello de esta carismática mujer, Carolina no cruzó la frontera de manera ilegal; desde Caracas llegó a Cúcuta con su carnet de migración y con su hijo de año y medio. Tenía $30.000 pesos colombianos para sobrevivir mientras conseguía un trabajo para los gastos suyos, de su hijo menor, de los otros dos hijos que dejó al cuidado de su madre, pero además de su núcleo familiar que está compuesto por alrededor de 10 personas.

El padre de sus hijos había viajado a Brasil en busca de un trabajo, supuestamente para ayudar a su familia, pero de él nunca más volvió a saber. En Venezuela, cada vez era más difícil alimentarse, así que después de pensarlo un buen tiempo, tomó la decisión de venir a buscar trabajo en Colombia. En Cúcuta solo estuvo dos días, no conseguía trabajo y aceptó el ofrecimiento de un hombre para trabajar en Bucaramanga, pero allí le dijeron que en la residencia no podría vivir con su bebé y, además, le pusieron muchas trabas, así que consiguió trabajo en puestos de comidas rápidas y prefirió dejar a su hijo acompañándola en el trabajo o en la habitación de un hotel cercano, para estar pendiente de él, pero no a cargo de nadie más, pues temía que pudieran robárselo.

Duró solo dos meses en Bucaramanga, ya que, afirma, la vida es muy costosa, por lo que decidió aventurarse un tiempo en Bogotá, pero allí era cada vez más difícil cuidar a su hijo. Por eso después de 15 días, finalmente se vino para Villavicencio.

La capital del Meta para una madre de un niño de año y medio tampoco pareció ser la solución; en ninguna residencia la recibían con un menor de edad, así que se fue para Cristalina, un sector de Puerto Gaitán, donde sí podía vivir con su hijo. Ahorró un tiempo, hasta que se devolvió para Villavicencio pues ya podía darse el “lujo” de pagar una habitación en un hotel. Durante el día, además de dormir, compartía con su hijo, pero de 6 p.m. a 5 a.m. tenía que dejarlo solo. Le dejó un celular, le enseñó a contestar y lo llamaba constantemente hasta que sabía que se dormía.

Esto lo hizo hasta que pudo traerse a sus otros dos hijos. Actualmente viven en una casa donde pagan mensualmente $450.000 pesos, relativamente cerca de San Benito. Pudo poner a sus dos hijos a estudiar por un tiro de suerte, pues le dieron el cupo sin pedirle casi papeles. Sin embargo, está preocupada, pues le trasladaron el cupo a uno de ellos a otro colegio, donde sí le exigen una documentación con la cual no cuenta.

Sueña tener un negocio y poder trabajar en otra cosa, lo mismo que ha intentado pero no gana lo suficiente. Ella debe enviar $200.000 pesos semanales a su familia en Venezuela, ya que están pasando bastantes necesidades. Afirma que, en su país natal, por la devaluación del bolívar, están comprando los alimentos en dólares. Por ello es que soporta ser trabajadora sexual, aunque no le gusta que la toquen, no se deja besar la boca porque sus besos serán para cuando encuentre el amor de su vida. Prefiere los “ratos” porque son en la residencia y de los 25 minutos que duran, invierte gran parte de su tiempo en el ritual previo. Pero evita las “amanecidas”, ya que tiene que aguantarse que le toquen y le “chupen mucho las tetas” que es lo que más odia. Además, le da miedo que la maltraten o hasta que la desaparezcan: “yo le tengo miedo a los colombianos más que a nada”, afirma Carolina, pues ha conocido algunos hombres muy violentos y/o que no respetan sus decisiones.

Aproximadamente a las 7:00 de la noche se acercó el administrador encargado, un chico trans que mientras le acariciaba la pierna a Carolina le preguntaba por qué no había ido a alistarse, que estaba muy fea para trabajar así. Ella bajó la mirada de él hacia nosotras y nos dijo: “si ve lo que les dije, nosotras nos cuidamos más que las mujeres normales”, refiriéndose a lo que antes me había explicado que, además de intentar siempre verse bellas y oler bien, exigían a todas sus parejas usar siempre condón, pues muchas mujeres en nombre del amor resultaban con enfermedades de transmisión sexual, pero ellas, quienes tenían relaciones como una transacción económica, no podían darse esos lujos.

– ¿Y ustedes dos van a trabajar hoy? ¿Las anoto? -nos preguntó a mi compañera y a mí el joven de alrededor de 25 años. Nosotras dos negamos, a Edilson, el otro acompañante, no le preguntó nada, parece que dio por hecho que era un cliente. –Si se animan me avisan- dijo antes de retirarse. Carolina se rio, se tomó su último sorbo de cerveza y se despidió. Debía alistarse para empezar a trabajar.

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