Una mirada a la transformación de Medellín desde la ruralidad.

Por Andrea Sierra Sierra

Pintura de Luis Alejandro Rincon

Vengo de una familia campesina, que vive en la vereda El Yolombo, corregimiento de San Cristóbal. A lo largo del tiempo, hemos presenciado cómo lo urbano está invadiendo nuestro territorio rural. Como parte de un ejercicio de clase en el colegio, decidí recopilar el testimonio de mi tío y realizar este escrito.

Su nombre es Francisco Isidro Sierra Sierra. Desde su nacimiento ha vivido en esta vereda, donde no pudo terminar sus estudios porque, como dice él: “Uno entraba a la escuela sabiendo que no iba a poder estudiar, que debía trabajar para llevar la comida a la casa”, y realmente tenía razón. Eran diez hijos entre varones y mujeres, que quedaron huérfanos debido a un infarto que le dio a mi abuelo, el cual pudo llegar al hospital porque un vecino contaba con un carro; de no ser por eso, no hubiesen podido ni darle los primeros auxilios, porque caminando hasta el hospital se tardaban tres horas más o menos, mucho tiempo para alguien que está a punto de fallecer. El caso es que mi abuelo murió y ellos siguieron aquí en esta vereda, en la misma casa que hoy habito yo y que con sesenta años de construcción se ha convertido en un patrimonio familiar.

Las preguntas que le formulé fueron concisas y lo que él respondió también. Así que este texto, lo construí a partir de sus aportes y los de mi propia experiencia; observarán lo que piensa un campesino que lo da todo por su familia, que ama tomar fotos de la naturaleza desde que, por casualidades de la vida, obtuvo un aparatejo de los que tanto renegaba. Él es un hombre sencillo que en sus 59 años de vida ha presenciado la transformación de Medellín y del territorio rural que hoy habitamos.

Para entrar en contexto, debemos hablar un poco de la historia de la vereda El Yolombo. Es nombrada así, por unos árboles que abundaban en el territorio; era antes una finca completa, más bien una gran hacienda y le pertenecía a mi antepasado Juan de la Sierra. Tiempo después, debido a las herencias, se fueron formando sectores donde seguía predominando el apellido Sierra, pero ya contaban con la presencia de otras familias; así se fue desarrollando una vereda donde su principal actividad económica era la siembra de gran variedad de cultivos, donde solo había caminos riales y en las casas predominaba la humildad; la finca más grande, que hasta ahora se sigue conservando, es la de Don Marcos, una gran extensión de terreno que abarca todo el sector bajo de nuestra vereda; las casas construidas eran de tapia, tenían pasamanos, pilares, grandes corredores y fogones de leña; con todo y esto, se evidenciaba una gran pobreza, incluso en ocasiones no alcanzaba la comida.

Pocas personas habitaban una vereda, que por ser tan distante fue olvidada, en un corregimiento que ha sido estigmatizado y en el cual se ha evidenciado el olvido

Estatal; una vereda que queda cerca del páramo de San Félix, de la Cueva del Indio y en la cual siempre ha predominado el estilo rural tan icónico, donde todos se conocían antes y el primer carro que subió fue precisamente del mismo dueño de la finca más grande. Una vereda que no estaba “desarrollada” y que ahora sus habitantes no reconocemos; yo misma me encuentro sorprendida ante la cantidad de casas, personas y lugares que ya no identifico, estoy realmente atónita frente al número de personas que migran hacía aquí en busca de tranquilidad, pero que, paradójicamente, son quienes la están perturbando. Cada vez vemos menos casas tradicionales y menos territorio rural: empieza a aparecer lo urbano.

La vereda era muy tradicional, mi tío cuenta que antes la gente no salía de ella, solo lo hacían para bajar al centro a llevar sus productos y venderlos, que él mismo era capaz de reconocer las calles y lugares de Medellín porque antes no existían esos grandes centros comerciales, edificaciones o tráfico que lo enredaran en su proceso; al preguntarle: ¿Cuál era el lugar más icónico para él? respondió que la iglesia de la Candelaria y la iglesia de la Veracruz.

El comercio, como recuerdo que nos mencionaron en una clase, eran largas calles con muchos negocios, y dice él que recuerda mucho a Junín. La vida era muy distinta, incluso un dato que me impresionó fue que los taxis eran negros y el transporte era casi nulo, es difícil imaginarlo porque nací en esta época donde los buses abundan y tenemos todo tipo de transporte.

A decir verdad, creo que es muy complicado pensar en una vida de ese tipo para mí porque crecí en una generación que tiene todo a un clic, pero a la vez siento que también hago parte de esa tradición campesina. Cuando me pongo a pensar lo que considero como una falta o necesidad en este tiempo, siento que no es nada comparado a lo que a ellos les faltó.

Les faltaron oportunidades, instituciones educativas, apoyo estatal, servicios básicos y hasta comida, les faltó demasiado, incluso el “desarrollo” que hoy llega a este territorio. Ahora que lo estamos conociendo, pienso que no era este tipo de desarrollo el que necesitábamos. La transformación de Medellín nos está afectando directamente, la migración de las personas que han llegado a buscar paz en la naturaleza ha valorizado los terrenos, pero también nos ha traído problemáticas de seguridad y pérdida de la esencia; ahora los campesinos parcelan sus tierras y las venden, ya no las cultivan y quienes compran expanden sus terrenos talando los árboles, incluso nuestro árbol más representativo es muy difícil de encontrar actualmente. Cada vez se ven casas más urbanas, del estilo de las construcciones que veíamos, como meras lucecitas, en el Poblado, ahora las construcciones están alcanzando las reservas, están afectando lo que todos deberíamos defender, nuestra Madre Tierra.

Reflexionemos

¿Qué haremos cuando el mirador se vea igual a lo que antes era observado, dónde guardaremos nuestras esperanzas si entre tantas luces se nos apaga la de tener un

territorio sostenible? ¿Qué pasará cuando desde la ciudad se contemplen la misma cantidad de lucecitas en el campo, cuando desde ambos lados se vea el mismo “Paisaje fascinante”?

Seguramente no tenemos una respuesta, seguramente necesitamos expandirnos, que la ciudad está sobrepoblada y que cada día hay que ocupar nuevos territorios; realmente, los únicos que están accediendo a los mismos, son personas pudientes que están haciendo el efecto inverso a lo que ocurrió con el proletariado, ahora no migran del campo a la ciudad, sino que migran al campo con fines lúdicos, acumulan propiedades mientras le quitan a los campesinos lo más valioso, la tierra que tanto han cuidado.

Nos arrebatan lo que nos pertenece, nos hacen creer que nuestra mejor opción es vender e irnos a la ciudad en busca de oportunidades, y así las veredas y lo rural se van quedando vacías; no lo digo por la cantidad de casas y fincas, que claramente cada vez son más, lo digo porque pierden su esencia y a sus guardianes, queda el territorio desprotegido a merced de los deseos de quienes, con dinero, decidan hacer lo que quieran para impulsar su visión del desarrollo.

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