El buen vivir una política de vida

El buen vivir va más allá de un concepto romantizado, es una política de vida con postura ética, que se trabaja y teje cada momento.

Por Jhon Mario Marín Dávila

Ilustraciones por: Inty Maleywa

El buen vivir es más que una palabra, desde los pueblos originarios es una concepción que va más allá del desarrollo, es considerada una política de vida que los rige y protege en sus condiciones internas y externas, desde sus costumbres, procesos culturales e identitarios. Es un tejido de armonía y equilibrio comunitario con el territorio y su interacción dentro de él, con la madre tierra, los animales, la comunidad, considerándose un todo, una familia, que trasciende lo consanguíneo y se hilvana en un vínculo donde se reconoce a la otra y al otro como parte de cada ser. Maye Díaz, de la comunidad Emberá Chamí y el Colectivo Jaripua Kay, afirma que “el Buen Vivir es esa forma de generar una relación más íntima, una relación consciente y amplia respecto a ese tejido que hay dentro de las comunidades. Entonces en el territorio el Buen Vivir está desde la colaboración de la minga, el trueque, la solidaridad, el compartir de la palabra, el respecto a los mayores, el reconocimiento de las medicinas propias y la identidad de las comunidades”.

Tiempo en espiral

Toda esta política de vida se vive y tiene una concepción del tiempo distinto al capitalista, cronológico y lineal, el cual altera la percepción de vida de los seres humanos por las lógicas de acumulación, producción y riqueza. La concepción del tiempo en el Buen Vivir es desde el espiral como el caracol. “El tiempo espiral es ese tiempo lento, sentido, consciente, con relación a lo que se está viviendo. Y justamente se va relacionando con esa proyección o plan de vida de las comunidades, porque se asocia directamente a cómo estamos viviendo, cómo nos estamos pensando, cómo nos sentimos en este presente o en esto que llamamos presente y cómo recordamos ese pasado. Entonces ese pasado no solamente es histórico, sino que es un pasado de sentires, memorias, luchas y conciencia”, argumenta Maye.

Desde este tiempo no se camina en un orden lineal, según el cual lo que pasó, ya paso, sino que recuerda y retornan a esa memoria, los legados y el sentir desde el corazonar. Continua Maye: “En este espacio del tiempo espiral, también va esa relación con los antepasados y con las medicinas, que nos vuelven a poner como en este espacio, entonces el ritual y la armonización lo vuelven a poner a uno en su legado, su camino, su forma de sentir. Y la concepción de tiempo espiral también está en esa conexión que hay entre hermanas, hermanos y la naturaleza, entre todo lo que habita a nuestro alrededor, es ese equilibrio armónico que se va generando, yendo mucho más allá del tiempo cronológico”.

Pedagogías dentro del buen vivir

La occidentalización y colonización permearon de manera abismal las formas de habitar el territorio y las pedagogías dentro de este. Cambiaron las formas de enseñar desde las siembras, cosechas, danzas, cantos, tejidos, círculos de palabras, entre otras, por el aprendizaje dentro de un salón, con conocimientos occidentales y no propios. “Por esas incidencias se ha permeado la comunidad con occidente -insiste Maye-, Por eso hay asuntos muy propios que están haciendo a la misma comunidad retomar y fortalecer sus prácticas ancestrales, porque si bien hay una situación de constante colonización de las comunidades, hay que generar también ese equilibrio entre lo que está llegando, entre las necesidades que están presentando la comunidad y entre lo que se quiere seguir fortaleciendo dentro de la misma. Entonces encontramos también el tejido desde distintas generaciones, del abuelo al papá, del papá al hijo y así”.

Estas formas de enseñanza presentan problemas, porque las y los jóvenes de los territorios están teniendo otras formas de comunicación, otras formas de entretenimiento, se están alejando de los sentirse y desconectándose con la tierra. La tierra es uno de los primeros factores de enseñanza y permite el vínculo familiar, puesto que entre la familia se siembra y cosecha; esto ha cambiado mucho con la colonización occidental, sobre todo en las maneras de enseñar y las dinámicas al interior de las familias y comunidades. “Ha cambiado de tal modo -explica Maye- que el joven se dedica hoy a otro tipo de actividades y ya no está interesado en conocer los tiempos lunares, en aprender a sembrar o en aprender las historias de los abuelos y abuelas, en aprender a interpretar una danza tradicional o a interpretar un instrumento”.

Sin embargo, las comunidades siguen resistiendo y apostándole al fortalecimiento del conocimiento propio, al reconocimiento de las abuelas y abuelos que tienen la sabiduría. Y también están generando formas de difusión, mediante medios radiales, acciones audiovisuales o comunitarias, prensa popular y comunitaria, que permiten que esos conocimientos no se pierdan y que se puedan transmitir a otras y otros.

El buen vivir en la ciudad

La ciudad presenta problemáticas ambientales más agudas por la contaminación que generan las empresas, automóviles y motocicletas, con el mal cuidado de las aguas, montañas sucias, entre otros; además de que las familias viven en apartamentos, edificios con un espacio reducido y sin zonas verdes. Por eso practicar el buen vivir desde la ciudad, sin que pierda su esencia, implica apelar a otras formas distintas un poco a las que se implementan en las comunidades rurales. Vanessa Gómez González, integrante del Colectivo Sumak Kawsay, sostiene que “el buen vivir en la ciudad implica reconocer nuestro territorio, reconocer que tenemos montañas, cerros tutelares, quebradas, zonas donde podemos sembrar, también practicar la siembra y la limpieza. Eso para mí es como la vivencia del buen vivir, como un cuidado del entorno natural, que también está en la ciudad; hay como una réplica y una necesidad de que nos apropiemos de esos lugares y de que nos apropiemos de esa conciencia”.

El buen vivir en la ciudad exige una conciencia de vida, de la naturaleza, culturas, economía y política, sin olvidar que por estar en la ciudad no podemos dejar al lado los cuidados y valores de la madre tierra, asumiendo la responsabilidad del cuidado de la biodiversidad, de los ecosistemas, revindicando los rituales, el agradecer y la reciprocidad. También teniendo presente que los alimentos que comemos provienen de las manos de campesinos y no de un supermercado y que las cosas materiales que tenemos las provee la naturaleza y no un centro comercial. Esto permite crear una conciencia y una responsabilidad natural y humana.

En la ciudad hay colectivos y personas que caminan por el Buen vivir. Por ejemplo, Vanessa cuenta cómo accionan y comparten en el Colectivo Sumak Kawsay: “Vivimos el buen vivir replicando valores como la reciprocidad, solidaridad, escucha con corazón, empatía, el respeto hacia la diferencia, respeto hacia la palabra y pensamiento de la otra y del otro, la juntanza, el comunitarismos, las actividades juntos. Intentamos construir la capacidad de expresarnos con confianza, para poner afuera lo que se siente, si se requiere una ayuda, si se necesita un apoyo, si necesitamos juntar nuestras manos para realizar alguna actividad que pueda beneficiar a alguien que está pasando por una dificultad económica. Así replicamos valores que nos permitan y nos garanticen la juntanza, la unidad, el buen convivir”.

El colectivo también habita la ciudad, sus lugares naturales, zonas verdes, las fuentes hídricas, los cerros; recorre y se concientiza de la historia, la memoria, los usos, costumbres de las comunidades milenarias que han habitado el territorio que hoy es una ciudad. Y lo hace desde el compartir, la alianza, la juntaza, la creación de redes con las personas que están haciendo algo en sus barrios, haciendo algo en sus comunas. “Para nosotros esto es el Aillu, la comunidad extensa, la familia que se extiende, es como el fuego de la esperanza que no solamente habita en nuestros corazones, sino que habita en los corazones de un montón de gente que está haciendo cosas en sus territorios”, sostiene Vanessa.

El buen vivir en la ciudad presenta múltiples dificultades, ya que ella está regida bajo un sistema capitalista fortalecido desde las políticas neoliberales que depredan la naturaleza, fortalecen el individualismo, la competencia y las ilusiones fantásticas de una vida feliz sobre la base del simple bienestar material. Además, este sistema pone el individuo por encima de la comunidad, rechaza y sataniza otras formas de vida y promueve la guerra, entre otras.

Por ejemplo, en la ciudad de Medellín es complejo implementar un proyecto dentro de los barrios si no se tiene el permiso para hacerlo, puesto que llegan los “muchachos o pillos” a preguntarte quién te dio permiso, de dónde eres o qué pretendes hacer en el barrio. Vanessa dice que “las dinámicas de guerra y conflicto armado en la ciudad roban la atención de muchas personas, vincula a muchas a sus filas. Esto dificulta desarrollar proyectos de vidas diferentes, en torno a otros quehaceres, pues la atención no solo se centra en las dinámicas de la guerra, el narcotráfico y el consumo que todo lo envuelven, sino también en las múltiples necesidades básicas no satisfechas, una realidad que al final termina alimentando la misma guerra”.

Otra dificultad para construir el buen vivir en la ciudad es, según Vanessa, “la falta de perspectiva formativas en torno al cuidado de la madre tierra, como que en nuestras casas no nos enseñan a sembrar, a cuidar las quebradas, a hacer jornadas de limpieza en los barrios para que la basura no nos desborde. No nos enseñan a controlar nuestro consumo, o por lo menos el consumo ilimitado de plástico, y tampoco el tratamiento de los residuos orgánicos”.

Pedagogías del buen vivir en la ciudad

Para hablar de estas pedagogías en la ciudad hay que partir del reconocimiento de las diferentes personas que la habitan, indígenas, negras o afros, campesinas, migrantes, obreras u obreros, oprimidas, entre otras. “Somos una mezcla, pero sobre todo una mezcla de valores aprendidos justamente en contextos de ciudad”, argumenta Vanessa. Lo que debería llevar a crear un diálogo horizontal que, sin embargo, es muy complejo, por las distintas formas de pensamiento.

Por eso una de las pedagogías que se llevan a cabo en un lugar común o en cada casa y permite tejer en torno a la diferencia es, según Vanessa, “el ejercicio de la siembra, como un ejercicio de respeto, cercanía, proximidad con la vida, con el suelo que está vivo, con la semilla que es un milagro de vida, con la planta que representa la vida. La siembra también como una práctica que permite fortalecer lazos comunitarios, acercarnos y juntarnos en torno al cuidado de una huerta, en torno al cuidado de una planta o al intercambio de una semilla”.

Por otro lado, la enseñanza desde la amalgama del arte, como la música, teatro, pintura, fotografía, el tejido, danza, canto, entre otras, permiten sanar y expresarse desde lo individual hacia lo colectivo y desde lo colectivo a lo individual en un ejercicio sentipensante. También permite desarrollar la escucha activa de los territorios para ser guías de lo que se quiere impulsar allí. “(Además está) la reivindicación de sabidurías ancestrales, prácticas y costumbres antiguas milenarias, el respeto a la naturaleza, compañía de medicinas sagradas que nos permiten disponernos desde el pensamiento y limpiarlo, abrir nuestro corazón, endulzar nuestra palabra, armonizar nuestras acciones y nuestra relaciones familiares, de trabajo, de pareja, con amigos. Es la oportunidad de aprender de los saberes y costumbres ancestrales, que se han dado en el territorio del Abya Yala y de las comunidades campesinas, afros, indígenas que han habitado este país y en especial esta ciudad”, concluye Vanessa.

Corazonar del anterior tejido

El buen vivir es una política de vida que se teje en distintos territorios rurales y urbanos. Va en contra del proyecto de modernización occidental, del sistema capitalista y de las políticas neoliberales. Tiene una posición política y ética que no deja de lado el análisis de las problemáticas de la realidad, al contrario, las reconoce para proponer desde sus conocimientos y propósitos y luchar por una vida donde se hilvane la familia extensa, la armonía, tranquilidad y dignidad comunitaria.

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