“La llorona”, Una película guatemalteca sobre la justicia

Por Darío González Arbeláez

Foto tomada de eldiariodechihuahua.mx

El envejecido general (r) Enrique Monteverde duerme junto a Carmen, su esposa, una mujer elegante de ojos tristes. Están agotados por la reunión que celebraron en casa con los compañeros y subalternos del dictador, quienes secundaron sus correrías durante la guerra y apoyaron su proyecto de formar una “identidad nacional” para su amada Guatemala; noble empresa que treinta años después les mereció una acusación por crímenes de lesa humanidad contra el pueblo maya.

En las horas de la mañana, el general Monteverde deberá rendir testimonio frente a un tribunal de justicia que decidirá su futuro; pero, mientras tanto, duerme el que parece el sueño de los justos: en su mansión imperturbable junto a su esposa, en compañía de su hija y su nieta, protegido por sus guardaespaldas y atendido por Valeriana y los demás empleados mayas. Sin embargo, en mitad de la noche, algo extraño ocurre: el grifo de la ducha se abre y deja fluir un llanto tímido, un lamento femenino, constante como el agua que lo conduce. Ese ruido agudo, fantasmagórico, insignificante, fracturará para siempre la tranquilidad de la mansión y denunciará el silencio cómplice —culpable— de la familia Monteverde.

Este es, en pocas palabras, el argumento de “La llorona”, la tercera película de Jayro Bustamante, un joven cineasta guatemalteco de origen maya, que destaca como una de las promesas del séptimo arte en Centroamérica. Sus tres largometrajes han obtenido numerosos reconocimientos en los principales festivales de cine del mundo, además de importantes nominaciones en los más destacados certámenes de la industria cinematográfica, como es el caso de los Golden Globes 2021.

Su primer largometraje fue “Ixcanul” (2015), el segundo “Temblores” (2019) y el tercero “La llorona” (2019). Los tres, según el mismo Bustamante, se entienden como una trilogía, con la cual quiso confrontar tres de “los insultos” o rótulos más agresivos y excluyentes de su país, a saber: “indio”, “hueco” (homosexual) y “comunista”, uno por cada película; así, “Ixcanul” sobre indio, “Temblores” sobre hueco y “La llorona” sobre comunista.

Tres rótulos que, como sabemos, no son exclusivos de la sociedad guatemalteca, y que a lo largo y ancho de nuestro continente tienen la misma carga peyorativa y excluyente. Los tres ponen en evidencia nuestro pasado y presente común, así como el legado religioso e ideológico que se conserva intacto en nuestras culturas. Pues, para nadie es un secreto que el epíteto “indio” es una herencia colonial; que “hueco”, “marica” o “cacorro” son legados especialmente religiosos; y que “comunista” o “mamerto” son, sin duda, legados ideológicos del capitalismo.

Por supuesto, ninguna de las tres películas de Jayro Bustamante puede reducirse a una simple denuncia, ni mucho menos a la explicación panfletaria de dichos rótulos y al conjunto de prejuicios que los justifican. Sus tres largometrajes, por el contrario, son tres historias en las que se juega el destino de sus protagonistas, quienes se enfrentan a la desigualdad, la intolerancia o la impunidad. Cada una de sus historias resulta una apuesta estética en la que el cineasta guatemalteco ha experimentado, inclusive, con los diversos géneros cinematográficos.

Como ocurre, por ejemplo, con “La llorona”, película contada como una historia de suspenso y horror; elección estética que, según el director, responde a su ambición de impactar con su obra a un público masivo que gusta especialmente de dicho género cinematográfico, como es el caso de la mayoría de jóvenes y adultos de Guatemala y el mundo. Por supuesto, “La llorona”, de Jayro Bustamante, no se corresponde con la pavorosa leyenda prehispánica de la mujer que mató a sus hijos, ni tampoco con la superficial historia de un espectro maligno que asesina y desaparece hombres —como la contaría la industria hollywoodense—.

La de Bustamante se llama Alma, es una mujer indígena, silenciosa, bella, que viste de blanco y representa a todo el pueblo maya masacrado y desaparecido; a todos los campesinos acusados de colaboradores de la guerrilla, etiquetados como comunistas y asesinados impunemente. Es por tal motivo, que Alma no va por las orillas de las quebradas, ella surge de entre la masa que protesta frente a la casa del dictador y consigue trabajar en su mansión, donde se encargará de desempolvar los viejos secretos familiares, las culpas cómplices y, al final, asegurar la preciada justicia que los corruptos tribunales del Estado no lograron.

Al respecto, cabe señalar que “La llorona”, más que una película que busca hacerle justicia a uno de los capítulos más indignantes de la historia reciente de Guatemala, como lo fue la absolución del dictador militar Efraín Ríos Montt, responsable por el asesinato de 1.700 indígenas durante su mandato de diecisiete meses, busca poner en la palestra nacional e internacional asuntos como la memoria de las víctimas y los desaparecidos. Y es que, según datos de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de Guatemala, fueron 45.000 durante los treinta y seis años que duró la guerra civil (1960-1996); además, busca denunciar la impunidad de los responsables y, por supuesto, evidenciar la actualidad social del epíteto “comunista” entendido como sinónimo de terrorista, antisocial y desadaptado.

“La llorona” es pues una película que destaca la importancia de la memoria y la justicia para las víctimas, que convoca a la reflexión sobre algunos prejuicios y, sobre todo, que nos incita a confrontar el pasado y a volver sin temor la vista atrás, asumiendo los riesgos de descubrir la dolorosa verdad, tal y como le ocurre a Carmen, la esposa del dictador.

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