Antonio Larrota González

Por José Abelardo Diaz Jaramillo

En la foto: Antonio Larrota González

Hace sesenta años un hecho violento ocupó las páginas de los principales diarios del país: la muerte de un joven de extracción urbana, cuyo cuerpo había sido encontrado en un paraje montañoso de Tacueyó, departamento del Cauca, con signos de haber sido agredido por varias personas con armas blancas y de fuego. El nombre de la persona asesinada otorgaba al caso un interés especial: se trataba de Antonio María Larrota González, quien, hasta hacía poco, era un objetivo de los organismos de seguridad del Estado, al ser el líder más visible de un movimiento revolucionario aparecido en el país meses atrás, pregonando un levantamiento insurreccional en Colombia, similar al ocurrido en Cuba.

El de Larrota González fue el mismo caso de jóvenes como los hermanos Manuel y Antonio Vásquez Castaño, Julio César Cortés, Hermías Ruiz, Federico Arango Fonnegra, Ricardo Otero, Leonel Brand, Gleidis e Idelfonso Pineda, José Manuel Martínez Quiroz y Francisco Garnica, entre otros, quienes ofrendaron sus vidas al buscar un ideal de redención social. Nacido en Bucaramanga el 18 de diciembre de 1937, Antonio Larrota creció en el seno de una familia de clase media inclinada a las ideas conservadoras. Sus padres fueron Tomás Larrota y Priscila González, y sus hermanos Patricio, Gabriel, Ramón y María del Pilar.

Siendo estudiante del Colegio Grancolombiano en Bogotá, Antonio participó en actividades contra el dictador Gustavo Rojas Pinilla. Allí despertó un interés por los asuntos políticos, los cuales refrendó al iniciar su participación en el movimiento estudiantil. En junio de 1957 participó como delegado en el congreso de la recién creada Unión Nacional de Estudiantes Colombianos, siendo elegido para hacer parte del primer comité ejecutivo de la agremiación. Posteriormente, ocupó la presidencia de la UNEC por espacio de diez meses.

Ser vocero de los estudiantes colombianos convirtió a Larrota en un destacado y fogoso dirigente. Atendiendo invitaciones, Larrota pudo viajar a países socialistas de Europa y Asia, y conoció de primera mano las condiciones políticas y sociales de uno de los principales bloques de poder mundial de aquellos años. La experiencia tuvo efectos en la visión política del joven dirigente a tal punto que pueden establecerse dos etapas en su vida pública. En una primera etapa, que iría desde antes del primer congreso de la UNEC (1957) hasta antes del segundo (1958), Larrota defendió con vehemencia sus apreciaciones políticas de derecha. En una segunda etapa, irá modificando su pensamiento hacia la izquierda, cuestionando el carácter excluyente de la democracia colombiana y agitando la revolución social.

Su ingreso a la Universidad Libre de Bogotá, a comienzos de 1958, así como los sucesos que ocurrían en Cuba, fortalecieron la transformación política de Larrota. De hecho, desde la UNEC promovió mítines de apoyo y organizó la recolección de materiales para entregarlos a los combatientes que enfrentaban al dictador. Firmó declaraciones, realizó marchas de apoyo, arengó contra Batista en pleno centro de Bogotá y vendió bonos de solidaridad. Los dirigentes del Movimiento 26 de Julio conocieron las actividades de Larrota antes de la toma del poder en 1959, lo que explica la admiración y respeto que la dirigencia cubana transmitió a Larrota, y que se puso en evidencia cuando fue invitado a la isla a mediados de 1959.

A raíz del alza en las tarifas del transporte urbano en Bogotá, en enero de 1959, Larrota lideró las protestas que se registraron durante varias semanas. Detenido en varias ocasiones, fue uno de los principales dirigentes de la movilización popular y su nombre trascendió las fronteras de la ciudad, debido, entre otras cosas, a la oratoria, destreza política que era reconocida por sus detractores.

En la segunda semana de enero, Antonio Larrota junto a Eduardo Aristizábal Palomino, Armando Valenzuela Ruiz, Alejandro Páez Murillo, Robinson Jiménez, Jorge Bejarano Mateus, Luis Alfredo Sánchez, Patricio Larrota y algunos empleados y obreros de la ciudad, crearon el Movimiento Obrero Estudiantil (MOE) 7 de Enero, que posteriormente devino en Movimiento Obrero Estudiantil Campesino 7 de Enero. Si bien empezó siendo una agrupación que pretendía dirigir la inconformidad popular contra el alza en las tarifas del transporte, pronto derivó en un movimiento revolucionario que pregonó un cambio radical de la sociedad colombiana, emulando la experiencia cubana.

Precisamente, los dirigentes cubanos expresaron su disposición de apoyar a los jóvenes del MOEC 7 de Enero, para lo cual invitaron a la isla nuevamente a Larrota y a otros miembros del movimiento. Allí se acordó ofrecer preparación militar a los militantes y coordinar las operaciones que debían iniciar en los próximos meses. Luego de regresar a Colombia, Larrota y quienes lo secundaban en sus planes insurreccionales inmediatos, se dedicaron a buscar contactos con dirigentes campesinos y guerrilleros del Cauca que habían actuado en el periodo de la Violencia, para convencerlos de hacer parte de un nuevo capítulo de la lucha guerrillera, pero esta vez con propósitos revolucionarios. Siguiendo esa premisa, Larrota tomó la decisión de internarse en la montaña y convivir con individuos como “Aguililla” y “Tijeras”, jefes de bandas armadas que operaban en esa región.

La información que registró la prensa sobre la muerte de Larrota González a finales de abril y comienzos de mayo de 1961, es confusa al momento de precisar en qué circunstancias y porqué razón fue asesinado. La versión que tomó fuerza indica que el responsable fue “Aguililla”, quien, en compañía de sus secuaces, agredió por la espalda al líder del MOEC 7 de Enero, sin que este pudiera defenderse. Informes desclasificados de inteligencia develaron que aquel había actuado por dinero, previo acuerdo con el Ejército, que ya sabía de la presencia de Larrota González en las montañas de Tacueyó.

La muerte del joven bumangués fue recibida con beneplácito por la gran prensa y la dirigencia política del Frente Nacional. Una persona anónima que conoció a Larrota González de cerca expresó, a raíz del suceso, lo siguiente: “En un país de charlatanes que predican la revolución todo el día en los cafés, Larrota dio una lección de seriedad, poniendo sus ideas primero que su vida. Sus ideas pueden ser objeto de juicio, de condenación; pero su vida tiene que merecer una consideración respetuosa porque la supo sacrificar en la lucha por lo que creía que era una manera de salvar a Colombia”. Precisamente, por esa consideración respetuosa que refiere el anónimo, recordamos en esta nota a Antonio María Larrota González, en un nuevo aniversario de su desaparición violenta física.

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