Editorial 64:Los aprendizajes del paro

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“Porque somos realistas pedimos lo imposible”. La consigna que hicieron famosa los jóvenes del mayo del 68 francés y parecía un tanto inverosímil, apenas un vuelo poético de gran inspiración, se nos ha hecho comprensible con las masivas y sostenidas movilizaciones populares en Colombia durante el último mes. Porque estamos inconformes con el mundo en que vivimos y no nos resignamos a ello, merecemos un mundo mejor, porque estamos dispuestos a dar la lucha por ese mundo mejor, este se nos hace visible en el horizonte como resultado de nuestra propia acción y no como un acontecimiento milagroso o una concesión de los poderosos.

Por momentos creíamos que el neoliberalismo había llegado para quedarse, y aunque dábamos luchas para detener algunas reformas puntuales y denunciábamos en su totalidad el modelo de muerte que nos asfixiaba, muy en el fondo pensábamos que el modelo como tal era indestronable y que a lo sumo podíamos lograr que nos golpeara menos duro. Hoy sabemos que no es así. La multitud que se movilizó para detener una nefasta reforma tributaria no se contentó con el retiro de la reforma del Congreso, ni siquiera cuando se sacó de la discusión en el Senado otro proyecto de ley que precarizaba todavía más la vida de los sectores populares, la reforma a la salud.

Lo que le ha dado fuerza a esta multitud es la conciencia de que dichas reformas no vienen a dañarnos una vida que, hasta ahora, ha sido digna, cómoda y confortable; más bien restallan la herida abierta por un modelo económico y social que se ha impuesto en nuestro territorio a sangre y fuego y ha convertido la vida toda en un negocio para el enriquecimiento de los poderosos. Y, sobre todo, la conciencia de que ese modelo es incompatible con la vida, la misma que se mueve hoy en el borde de aquello que no puede considerarse vida, en la indigencia física y moral, y que una vida así no vale la pena de ser vivida sino es para transformar las condiciones sociales y materiales que hasta ahora nos han impedido vivir dignamente.

No obstante, dicha consciencia no surgió en las recientes movilizaciones. Estas últimas movilizaciones son más bien la continuidad de aquellas que se dieron a finales del 2019 y que la pandemia enfrió por un tiempo, mientras el gobierno y los grandes grupos económicos la aprovechaban para multiplicar su poder político y económico a costa de una miseria creciente e insoportable de los sectores populares. Y en esas movilizaciones de 2019 se construyó un pliego de negociaciones con el gobierno que, aunque desarticulado y extenso, expresaba la necesidad ya no de impulsar o detener una u otra reforma, sino de transformar radicalmente el modelo social y económico responsable de tanto dolor y tanta miseria.

Hoy el horizonte de lucha está claro. No existe prácticamente ninguna reivindicación de ningún sector popular que no demande un cambio radical y definitivo del modelo, más allá de reformas que lo maquillen. Y la mayoría de esas reivindicaciones, entre otras cosas, estaban ya contenidas en el acuerdo de paz firmado por el gobierno de Santos con la guerrilla de las FARC en la Habana, y el gobierno de Duque se encargó de hacer trizas, como ya había anunciado su partido desde la firma misma del Acuerdo. Hoy sabemos, primero, que ninguna reforma social puntual podrá realizarse materialmente sin una transformación radical del modelo, y sabemos también que tenemos la fuerza y la voluntad colectiva para lograrlo, que por tanto dicho propósito no es quimérico ni simplemente utópico.

Pero sabemos también que las transformaciones no se lograrán por la vía de las negociaciones con el actual gobierno, que representa lo más dañado de esta sociedad, lo más podrido de la élite mafiosa y paramilitar que se ha empotrado en el Estado desde hace décadas. Su proyecto de gobierno se limitó a frenar la implementación del Acuerdo de Paz, porque este podría significar no solo la pérdida de privilegios para los alfiles de su partido, sino el enjuiciamiento y encarcelamiento para muchos de ellos implicados en crímenes de lesa humanidad porque convirtieron a la fuerza pública y a los paramilitares en una fuerza de exterminio y terror para sus oponentes políticos. Y para sostenerse en este proyecto, la política económica y social del gobierno Duque se orientó a consentir a los grupos económicos más poderosos de este país en detrimento de las condiciones, ya de por sí precarias, de las mayorías. Es un proyecto mafioso, sin espacio para las preocupaciones éticas o morales que deben acompañar a toda política social, si es que esta ha de llamarse así.

Por eso la respuesta de Duque a las manifestaciones ha sido meramente militar, mientras dilata y condiciona las negociaciones de manera arrogante y arbitraria. Eso nos enseña definitivamente que el voto sí importa precisamente porque avala a un gobernante que le apuesta al cambio o lo frena. Y es que la institucionalidad es, en todo caso, una fuerza importante a tener en cuenta, y siempre puede jugar a favor o en contra de nuestras propias luchas, eso depende, en parte, de las de las decisiones que tomemos en las elecciones.

La respuesta militar de Duque a las protestas, su intención de aplastarlas desde un principio con toda la furia asesina de sus esbirros, le ha agregado otro componente a estas luchas sociales; no se trata ya de una mera reforma del modelo social y económico, sino de toda la institucionalidad, empezando por el gobierno mismo, pasando por la Fuerza Pública y terminando por las Altas Cortes, instituciones que operan hoy de espaldas a la humanidad y comprometidas con el poder económico de turno, así sea mafioso. Se trata, además, de una reforma cultural y política que nos permita construir una verdadera humanidad en un territorio tan aporreado como Colombia por la deshumanización institucional de todas las prácticas humanas.

Eso nos pone de presente que dicha transformación no pude asumirse como un proyecto inmediatista, y que nos implica a todos y cada uno de nosotros, que el reto no es solo exigir reformas de los gobiernos y negociar con ellos acuerdos que posiblemente no van a cumplir, sino construir una sociedad distinta. Y dicha construcción pasa por reflexionar sobre nuestra propia praxis, sobre nuestras formas organizativas, sobre nuestras estrategias de articulación. Pues, aunque en este paro se evidencia la fuerza y los bríos de la juventud para movilizarse en las calles ante la urgencia de transformar sus propias condiciones inmediatas, se evidencia también una crisis de representatividad, expresada en la deslegitimación del Comité Nacional de Paro, encarnado en los burócratas sindicales de viejo cuño, desconectados desde siempre con el sentir popular y con las movilizaciones en las calles.

Se evidencia también la necesidad de construir otros escenarios para la democracia, como las Asambleas Populares, y, sobre todo, la necesidad de construir un diálogo intergeneracional donde impere el respeto entre generaciones y no la arrogancia de quienes se consideran por naturaleza encarnación del sujeto revolucionario, así no sea más que por la fuerza de su juventud, o de aquellos que piensan que su edad y su experiencia les da el derecho de arrogarse sin más la conducción de todo un movimiento sin trámite con los implicados.

En fin, lo más importante de esta movilización popular, considerada por muchos como la más significativa en la historia contemporánea de Colombia, es que nos ha vuelto a juntar y nos ha hecho conscientes no solo de la necesidad urgente del cambio sino también de su posibilidad. Las demandas a la institucionalidad ya están planteadas y se expresan en una transformación radical del modelo económico y social; quedan por plantear las demandas internas al propio movimiento en dirección no solo a la acumulación de fuerza colectiva sino a su constitución como un verdadero sujeto de transformación histórico, diverso y plural, pero articulado, que encarne en sí mismo un proyecto nuevo de humanidad.

FerContraportada: Baile/Fernand Leger

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