La herencia traqueta y sus sombras

Darío González Arbeláez

Ilustración: ACIDO

Puedo afirmar sin temor a equivocarme que todos los que fuimos criados en un barrio popular de Medellín, o del área metropolitana, normalizamos los combos y su omnipotencia, su control absoluto de esas insignificantes repúblicas de plástico, ladrillo pelado y familias empobrecidas. Me atrevería a decir, incluso, que no solo los normalizamos: los naturalizamos. En lo que a mí respecta, confieso que todavía conservo algunos sombras de esa naturalización, a pesar de mis esfuerzos por espantarlas. En ocasiones, por ejemplo, algo dentro de mí quiere seguir creyendo que la intervención del “duro” en los problemas vecinales es mejor que la de la fuerza pública; lo acepto, no han sido pocas las veces que he advertido ese tipo de lastres.

Y no solo naturalizamos la existencia de los combos y su poder tiránico, también naturalizamos las amenazas —¡Vos no sabes quién soy yo!; ¡voy hablar con los de la vuelta!; ¡plomo es lo que te va a sobrar!— y naturalizamos la violencia y el asesinato —¡Si lo mataron no fue por estar rezando!—. Por supuesto, esos combos y sus prácticas no aparecieron por generación espontánea, ni tampoco como efecto natural de los barrios populares; la mayoría de ellos surgieron a causa del narcotráfico, como escuelas de sicarios, y los que surgieron por otra causa terminaron sumándose a ese gran proyecto reformativo que fue el Cartel de Medellín.

En efecto, el Cartel transformó de un manotazo la cultura y la idiosincrasia antioqueña —y de paso la nacional— por medio de sus traquetos adinerados, ostentosos, violentos, todopoderosos. Sus consecuencias sociales fueron inmediatas y afectaron por igual a las gentes pobres y ricas. Pocas escaparon a los lujos, las fiestas y “las ligas”; y muy pocas pudieron escapársele a sus actos: corrupción, amenazas, violencia, asesinato. Por esa causa, sus comportamientos se normalizaron con tanta rapidez, se volvieron paisaje y, finalmente, se naturalizaron: ¡lo mataron por ladrón!, ¡lo cascaron por boquisuelto!, ¡lo abrieron por mirón!, ¡lo desaparecieron por sapo!

Lo más terrible de todo es que en el momento en que faltó el Cartel apareció el paramilitarismo para continuar el proyecto, para cosechar todo lo que la cultura traqueta había sembrado.

Por supuesto, nada de esto ocurrió en silencio o con la venia de toda la sociedad colombiana; al contrario, desde el mismo momento en que despuntaron los efectos de la cultura traqueta fueron muchas las personas que alzaron la voz, que advirtieron las consecuencias de ese fenómeno si no se atacaba con prontitud. Sin embargo, a la gran mayoría de ellas las amenazaron, a otras las asesinaron y las demás se exiliaron. Y, desgraciadamente, sus palabras tardaron un par de décadas en cobrar efecto.

Es un hecho que en la actualidad son más las personas que cuestionan la herencia traqueta. Cuestionamientos que no se limitan a denunciar lo aparente, sino que atacan la verdadera raíz del problema: la naturalización de la violencia, de la amenaza, de la agresión, del asesinato; y, todavía más, que cuestionan las formas autoritarias del poder.

Un escenario que lo evidencia con claridad es el actual Paro Nacional, que a la fecha cuenta 36 días, durante los cuales se han celebrado miles de movilizaciones, plantones, bloqueos y asambleas populares en casi todo el territorio nacional; jornadas lideradas principalmente por jóvenes que provienen en su mayoría de los barrios populares. Esos miles de muchachos empobrecidos se han autoproclamado desde el inicio del Paro como: “la generación que acabará con el uribismo”; es decir, con el gobierno de la persecución, de la violencia, de la desaparición, del asesinato, con el que ellos llaman “gobierno narco-paramilitar”. Y en esa lógica han bautizado sus territorios como “antiuribistas”: “Bogotá antiuribista”, “Cali antiuribista”, “Santander antiuribista”, etc.

Pero, si bien su rechazo al uribismo por ser la continuación de la herencia traqueta, o sea: de la corrupción, el autoritarismo, la amenaza, la agresión y el asesinato, como se ha visto demostrado durante el Paro por los más férreos políticos uribistas y, especialmente, por sus coléricos seguidores que salen a dispararle a los manifestantes desarmados. A pesar de ello, pervive también en algunos de los manifestantes antiuribistas una sombra de ese legado envilecedor que nos heredó el traquetismo.

Tres son los ejemplos, todas situaciones vivenciadas en las jornadas de movilización de Medellín. La primera ocurrió el 28 de abril, durante la primera movilización, a la altura de la avenida San Juan, sobre el puente que atraviesa el río Medellín; iba con mis compañeros en la cola de la marcha cuando se inició una discusión: un joven rabioso acusó a otro de robar. El supuesto ladrón negaba las acusaciones con seguridad, sin embargo, en cuestión de minutos, los gritos del furibundo acusador convocaron a otros jóvenes que sin confirmar lo sucedido, no tardaron en lanzarle puños y patadas al acusado. El supuesto ladrón, acorralado, optó por correr para evitar la lluvia de patadas; tras de él salieron al menos diez jóvenes piedras y palos en mano.

El siguiente caso ocurrió en el 12 de mayo, luego de que la movilización que salió arribara a Punto Cero; desde uno de los planchones con sonido que se ubicó al final del puente, el animador advirtió sereno: —Me dicen que hay gente robando celulares. Pues, bien, sepan de una vez que al que cojamos robando lo vamos a colgar del puente, ¡pa’ que respete!, porque al pueblo no se le roba.

Y el último caso ocurrió el 19 de mayo, en cercanías del hoy Parque de la Resistencia; acababa de arribar la movilización presidida por la guardia indígena, todo era una fiesta; pero, de súbito en menos de veinte minutos, lincharon al menos a cuatro jóvenes, todos acusados de robar. Como en el primer caso, sin confirmar los hechos, movidos por la sola certidumbre de los gritos, hordas de jóvenes enfurecidos atacaron a los supuestos ladrones; les perseguían a pesar de ser detenidos por Personaría u otro ente. A uno de los acusado, incluso, lo dejaron inconsciente. Al final, la Primera Línea fue la única que consiguió evitar que las hordas justicieras lincharan a cuanto acusado aparecía.

Se trata de tres casos que evidencian sin lugar a dudas que no se trata solo de señalar el traquetismo externo, el de los otros, estamos obligados a hacerle frente al que pervive en nosotros, a esas sombras enfermas, envilecidas, que nos legaron.

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