Una Olla en clave de liberación

Por Andrea Quinchía

El cristo de la olla del padre Carrasquilla.

Una olla común aparece como símbolo de juntanza, de calor, de ritual y memoria, símbolo de comida, y entonces, de vida comunitaria como resistencia ante la muerte; una olla común aparece como símbolo y lugar que retoma el don y las posibilidades de la comunidad. Tal vez alrededor de una olla común, en el momento del ritual y el fuego que la abrazan, sea donde se nos posibilite una lectura diferente del mundo, una lectura como unidad en la diversidad, una lectura dialógica y compartida anterior a una lectura de la palabra escrita, una lectura como acto de creación y re-creación con otros, y este acto puede ser entendido, a su vez, como un acto de resistencia ante la muerte. 

Allí, en medio de una olla común, entendida como acto de creación, y como acto de resistencia ante la muerte, es donde se ubica la importancia de volver a la olla y extender el sentido de esta como alegoría y momento que posibilita otros mundos desde la confluencia de otras y diversas realidades que atraviesan nuestra historia. Dicho de otra forma, el retorno y la insistencia en una praxis comunitaria en el horizonte de un mundo donde quepan otros mundos ¿Es posible entender el mundo, lo que está en juego en el concepto de mundo, la posibilidad de otros mundos, como aquello que se detona en el momento de una olla común, en la juntanza y la diferencia de las personas que confluyen en torno a su realización?

Quizás cada vez con más frecuencia, las organizaciones de base a lo largo y ancho de nuestros territorios se estén dando cuenta de la importancia del espacio comunitario de la olla común, y más en un momento como el de ahora, donde las medidas ante la pandemia que se imponen con violencia desde arriba, terminan por asfixiar más y más las posibilidades de movilización, de encuentro, de juntanza, de tejido y de vida del mismo pueblo. Cada vez más estas organizaciones ven que entre el mismo pueblo están las claves del autocuidado y la autogestión para enfrentar la amenaza a la vida humana. En las intensidades de una olla común es donde podemos ver con mayor claridad que es el pueblo el único que salva al pueblo.

Siguiendo en las tonalidades de lo anterior, la alegoría y el lugar de la olla cobran especial relevancia y cercanía a partir de una singular experiencia en la comprensión antropológica de las posibilidades y la historia del pobre en la ciudad de Medellín. Pensemos en el original mensaje que detona la imagen del cuerpo de Cristo en una olla de barro, tocado por cualquiera, a la mano de trabajadores, al alcance de familias de desplazados, mujeres solteras y amas de casa y entre las manos inquietas, sucias y juguetonas de los niños; el cuerpo de Cristo en medio de una olla, en una casa pobre, en medio de un barrio pobre y no entre las pálidas paredes y un cofre dorado, ostentoso y adornado, como el sagrario de un templo y de un púlpito apartado del pueblo, desde donde han querido falsificar y encerrar el cuerpo y el mensaje de Jesús de Nazaret, el Jesús de los pobres. 

Frente a esta imagen, nos sale al encuentro la historia del padre Federico Carrasquilla y la comunidad que se ha gestado a su alrededor, en su camino de seguir a Jesús. Más de 50 años de labor y profesión de fe junto a los pobres, en la manera en que entiende su relación con el mensaje crístico, de aquella buena noticia que nos ha llegado por medio de la comunidad de Cristo y su acción kenótica, esta que consiste en “vaciarse de sí”, en hacerse pobre y realizar su vida y su acto de creación junto a los pobres, desde las condiciones de posibilidad de los oprimidos, desde la lucha junto a ellos y sus demandas más urgentes: la comida y un techo digno, aprendiendo de ellos y junto a ellos, entendiendo entonces el mensaje cristiano desde la olla. Desde las posibilidades de organización y autogestión se vive a Cristo en la Olla que, traducido desde nuestra hermenéutica popular, se usa para hablar de los que están en las condiciones más adversas de la historia y la sociedad. 

En la olla, desde la olla, como los pobres, los marginados, las excluidas, las olvidadas, los violentados, las violadas, las pobres y los pobres, los que están en la olla, allí donde el Artesano de Nazaret, desde el lugar donde Jesús de Nazareth decidió  lanzar su buena noticia a la historia del mundo, desde el lugar de los pobres, donde decidió celebrar y gozarse la vida y el advenimiento del Reino de Dios, las posibilidades de acción que se abren y las perspectivas para aquellos que luchan desde aquí y ahora, desde las periferias y los márgenes para que el Reino del Dios de la Vida venga a nosotros. Desde una olla, donde puede acontecer la redención de una historia comunitaria desde abajo, entre el fuego y la palabra, desde donde continúa ardiendo el cuerpo de Cristo, el pan de la vida comunitaria.

Si logramos atisbar, entonces, lo que está en juego en el acontecer de una olla común, lo que implican los movimientos y la reflexión de estos ingredientes como pensamientos y experiencias de una praxis de liberación, es posible entender la exigencia en torno a la olla común como un frente ante las políticas de muerte y totalización de la guerra que amenazan nuestro presente y nuestros pasados en términos de acción y movilización; está en juego el tejido de afectos que nos permita movernos, juntarnos, encontrarnos, resistir, pensarnos, en fin, crearnos y re-crearnos desde la condición de oprimidos. Ahora bien, entendemos el acto de creación desde el cuidado de la vida común en la organización de espacios mínimos de ingenio y las fuerzas infinitas de los de abajo, desde las dimensiones tanto materiales como espirituales de lo humano.

Urgente volver a la olla común en clave de liberación, donde además de pensarnos la relación con la comida, una olla se puede tornar olla de lectura y prácticas comunitarias, ollas de danza y de alegría, ollas de combate y oración, ollas lúdicas y solidarias, ollas de arte popular, de justicia, de memoria y de esperanza.

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