Editorial No 68: La oportunidad de los abrazos

Portada: Abrazo filial / Myriam Díaz

La dominación social exige el aislamiento de los individuos. Por eso el capitalismo se ha convertido en una especie de religión individualista que, sin embargo, obstruye todo camino hacia la verdadera individualidad, aquella que implica la autonomía, la capacidad de pensamiento autocrítico y la conciencia de ser parte de una colectividad que nos sirve como suelo nutricio. Esa negación sustancial del individuo junto con su exaltación superficial es lo que configura el espíritu de la sociedad de masas, en la que cada uno no es más que una cifra, un momento de la masa, a través del cual se realiza la reproducción constante de un sistema social basado en el consumismo ciego, la competencia y la acumulación de riqueza abstracta.

El aislamiento al que nos ha obligado la pandemia, y que los gobiernos autoritarios han utilizado tan audazmente, amenaza con hacer realidad la más terrible distopía que encarna la modernidad capitalista y su culto irracional al individualismo. Tantos años de abrazar el mito de la competencia y de la libertad individual entendidas como la falta total de impedimento para realizar lo que nos venga en gana, aquella en donde el otro se perfila solo como un límite a mi libertad, nos han preparado para asumir sin mucho trauma el confinamiento en el hogar, posiblemente en una habitación de la casa. El teletrabajo, que ahora se ofrece como la gran panacea, y el teleconsumo, nos ofrecen el sueño de una vida autárquica, plenamente confortable, sin tener que salir de casa ni entrar en contacto directo con los demás.

Pero no es del todo cierto que no queramos salir de casa. Eso se vio desde un principio, cuando empezaron las rumbas en los vecindarios, porque aquellos que tenían dinero o lo seguían obteniendo por teletrabajo, asumían su encierro como una especie de retiro vacacional, sin importar la incomodidad que sus fiestas estruendosas provocaban en los demás. También se vieron desde el principio atestadas de gente las calles, no solo de trabajadores informales que no podían dejar de rebuscarse la subsistencia, sino de los ociosos que no podían pasar una semana entera sin rumba o sin visitar algún centro comercial.

Y esta fue precisamente la actitud que fomentó el propio Estado, promoviendo los famosos días sin iva para reactivar la economía y abriendo, en primer lugar, los establecimientos comerciales con el mismo pretexto. No es que haya que renegar de una apertura gradual de los sectores económicos, necesaria para que la clase trabajadora pueda volver a ganarse su sustento, sobre todo en un país donde el gobierno le entregó el dinero para atender los efectos sociales de la pandemia a sus propios amigos, podridos en plata y corrupción. Lo que hay que preguntarse es cuál es la lógica que anima a unas instituciones que abren primero y de manera irresponsable todos los sitios de entretenimiento masivo: bares, restaurantes, discotecas, estadios, etc., mientras mantiene cerradas las universidades. Es cierto que se ha pretendido abrir las escuelas y los colegios públicos, pero más como expresión de una puja irracional del gobierno con el gremio magisterial, pues los establecimientos, en la mayoría de los casos, no han sido dotados de la más mínima infraestructura para atender las nuevas condiciones sanitarias. Se llega al colmo de exigir que estudiantes y profesores habiten establecimientos que ni siquiera tienen agua potable.

Todo apunta a que esta pandemia ha sido aprovechada para la depotenciación del individuo, cuya fortaleza está en los vínculos sólidos con sus congéneres y las redes de solidaridad que tejen colectividades sanas. En cambio, se fortalece el consumismo y la indiferencia ante los problemas sociales graves por los que atraviesa nuestra sociedad y, particularmente, nuestro país. Así, la pandemia parece que nos ha impedido movilizarnos frente a la corrupción tan descarada que ha exhibido este gobierno, frente a la manipulación de los medios masivos y frente a la brutalidad policial con que el Estado ha atendido las demandas sociales de los manifestantes, pero no nos ha impedido aglomerarnos en los estadios, discotecas y centros comerciales. Cada vez toleramos menos el encuentro con el otro y lo asumimos si es por un rato y solo para divertirnos. Así, la amistad misma ha venido desvaneciéndose y los vínculos que nos mantenían arraigados a diversas colectividades se han vuelto líquidos y superficiales.

Esto hace que el encuentro y la amistad se conviertan hoy en actitudes abiertamente políticas de resistencia al actual orden de cosas. No se trata solo de resistir la institucionalidad frente a la prohibición de salir, de encontrarnos y realizar movilizaciones, sino de resistirnos a nosotros mismos, a eso que hemos llegado a ser; confrontar nuestras propias subjetividades que se fundan hoy, en buena medida, en la comodidad chata y la indiferencia. Encontrarnos y hacernos con el otro es, por demás, un fin en sí mismo, valioso, aunque nada más resultara de ello, sino la alegría de compartir. Pero es también el medio más eficiente en la tarea de construir una sociedad verdaderamente humana, fundada en la solidaridad y los afectos sinceros.

Se dice que la izquierda enfrenta hoy una crisis organizativa y de articulación. A lo mejor la crisis que enfrenta es la crisis de la sociedad en su conjunto, del vaciamiento del individuo y de su capacidad de ser con los demás. En algunos casos, las prácticas mismas de la izquierda rayan en el extremo de esta crisis: el encuentro mismo, la organización, el individuo, la amistad, no son más que medios para lograr fines políticos, que a veces no van más allá de procesos electorales y de fortalecimientos de una organización en particular. Todo proceso erigido de esta manera se sostiene en el aire. En cambio, cuando lo primero que tejemos es amistad, solidaridad, afecto mutuo y desde allí nos embarcamos en proyectos organizativos y de movilización social y política, la solidez de estos procesos se acrecienta cada día, porque nadie es instrumentalizado por nadie, sino que la realización de cada individuo es condición indispensable para la realización de la organización misma; no es posible que se dé una sin la otra. Por eso, llegó la hora de los encuentros, de los abrazos, de los afectos, pero no solo en los escenarios propiciados por la industria del entretenimiento, sino en los espacios de la vida profunda donde necesitamos la asistencia sincera de quienes nos quieren y la asistencia nuestra a quienes queremos.

Tejiendo Suzu / Inti Maleywa

Un comentario en “Editorial No 68: La oportunidad de los abrazos

  1. El Editorial me recordó cómo, hace muchos años, ingresábamos al grupo de estudios políticos por compañerismo, por amistad, porque nos sentíamos a gusto con los y las conocidas, y nos llenaba de vida conocer a otras y otros compas, todxs muy diferentes pero muy humanos. Lo de la ideología política venía después. No por casualidad, en este 8 de octubre, las palabras del Ché son valiosas: “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.

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