Juventud y rebeldía

¡2 de octubre no se olvida!

Por Roboán Rodríguez Carrera

Soldados en el Zócalo de Ciudad de México, la plaza central del país. Foto: Archivo Histórico UNAM

Marchábamos confiados en el ánimo que nos envolvía. Sentíamos la fuerza de movernos juntos en pensamiento y acción. El sistema debía cambiar; mucho estaba podrido y agotado. Las instituciones eran presas del monopolio partidista de un régimen de autoritarismo y represión. Las ideas de emancipación social eran apagadas con la amenaza de un gatillo. La dictadura perfecta del PRI (Partido Revolucionario Institucional) deseaba perpetuar su poder absoluto.

Era el año de 1968, las olimpiadas se acercaban y el gobierno pretendía mostrar al mundo una imagen engañosa de nuestra falsa prosperidad. Algunos aún recuerdan aquel México de los años 60s. Gustavo Díaz Ordaz había llegado al poder de la Presidencia de la República el 01 de diciembre de 1964. Su carrera política inició como Diputado Federal y, posteriormente, como Secretario de Gobernación. Por su parte, Luis Echeverría Álvarez, quien curiosamente había sido con anterioridad catedrático en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se desempeñaba como Secretario de Gobernación y mano derecha de Díaz Ordaz.

La juventud estudiantil de aquella década tenía una radiante peculiaridad: pensábamos por nosotros mismos. Analizábamos y cuestionábamos lo que los de “arriba” dictaban. Mostrábamos inconformidad activa frente a la desigualdad de oportunidades entre los sectores de nuestra sociedad. Gritábamos la necesidad de reorganizarnos desde abajo para crear fuerza popular y claridad política.

El gobierno sabía perfectamente que nuestra capacidad aumentaba semana tras semana. Una manifestación llevó a otra; los mítines nos fortalecían en convicción y estrategia. Más y más sectores sociales se acercaban al movimiento estudiantil para mostrar su apoyo e intención por ser parte en una acción conjunta de cambio revolucionario. Las demandas del movimiento se extendían de igual forma; ahora éramos un movimiento multifacético conformado por diversos sectores sociales y organizaciones de muchos gremios; campesinos y obreros también veían en nosotros una razón fidedigna para confiar y creer en la transformación del sistema.

La tensión que se sentía en el aire de ese año nos confirmaba el temor que fluía en cada esfera del gobierno. Podíamos percibir el enfado y desconcierto de los oficiales de las fuerzas de seguridad al no saber hasta dónde seriamos capaces de avanzar; ¿sería esto el inicio de una revolución? Algo cierto sucedía: el aparato de gobierno temblaba ante la fuerza inspiradora de los estudiantes que, imparable y tenaz, había llegado ya al corazón de los olvidados de esta nación.

El 2 de agosto de 1968 se crearía el mayor enemigo del gobierno de ese año: el Consejo Nacional de Huelga (CNH), conformado por miembros de las escuelas en huelga, especialmente por estudiantes de la UNAM, el IPN, El Colegio de México, la Escuela de Agricultura de Chapingo, la Universidad Iberoamericana, la Universidad La Salle (México), Escuela Normal de Maestros, Escuela Nacional de Antropología e Historia, y otras universidades del interior de la República.

Para detener lo que parecía inevitable, el gobierno decidió recurrir a su más efectivo medio de sometimiento social: las armas. El 2 de octubre de 1968 se desarrollaba un numeroso mitin en la plaza de las tres culturas, también conocida como “Tlatelolco” (del náhuatl, monte de arena), en el cual se plantearon peticiones específicas. El ejército estaba presente bajo el argumento de vigilar la seguridad de los asistentes.

  1. Libertad de todos los presos políticos.
  2. Derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal Federal. (Instituían el delito de disolución social y fueron empleados como instrumento jurídico para la agresión contra los estudiantes)
  3. Desaparición del cuerpo de granaderos.
  4. Destitución de los jefes policiacos Luis Cueto, Raúl Mendiolea y A. Frías.
  5. Indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto.
  6. Deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos.

Cerca de las seis de la tarde comenzó a sobrevolar un helicóptero la plaza. Desde lo alto se dispararon luces de bengala; el cielo se cubrió de rojo. Esta fue la señal para iniciar la masacre de cientos de personas: estudiantes, profesores, amas de casa, hijos y obreros dejaron su vida persiguiendo un loable ideal. Francotiradores del batallón “Olimpia” se encontraban presentes entre la muchedumbre, vestidos de civiles, portaban un guante o pañuelo blanco en la mano izquierda para distinguirse e identificarse entre ellos.

Las balas atravesaron los cuerpos de cientos de personas que corrían de un lado para otro. Los que pudieron evitar el impacto de las detonaciones buscaban auxilio en los apartamentos aledaños a la plaza. Ni ahí pudieron escapar de su sangriento destino; los militares ingresaban a la fuerza y sustraían a los jóvenes estudiantes para llevarlos hasta sitios clandestinos donde fueron interrogados con tortura hasta morir. Intentaron destruir la más mínima gota de voluntad del movimiento; no lo lograrían. La historia nos haría resurgir como semillas en tierra fértil.

Hoy la juventud parece distante e indiferente ante la injusticia. Las redes sociales y su sobrecargada información de utilería distraen su pensamiento en banalidades consumistas. El sistema de manipulación mediática de donde surgen día a día las novedosas redes sociales tienen un claro objetivo: dominar la conciencia de la juventud para conducirla a merced de sus intereses privados.

La juventud del siglo XXI se encuentra atrapada en la comodidad de no pensar por sí misma; en el espejismo de la ociosidad mental que la lleva a imaginar que todo será mágicamente resuelto con un “Like”, con un “Tiktok” o con una buena cantidad de seguidores en “Youtube”.

La juventud que se requiere para enfrentar los retos del cambio climático, de la pobreza y la hambruna, de la violencia engendrada por los narco-gobiernos y de muchas más preocupaciones latentes que ahora están aquí en nuestra realidad diaria, debe ser una juventud con memoria viva. Recordar para conmemorar; recordar para comprender el presente y construir un mejor futuro.

No estuve ahí, pero puedo también resurgir en el pasado para apreciar aquel momento, y unirme en la trascendental intención de aquellos jóvenes estudiantes que valientemente decidieron dar mucho para construir una sociedad de solidaridad y justicia social.

No estuve ahí, pero puedo decir que éramos la juventud que buscaba un cambio radical desde lo profundo de la estructura sociopolítica y económica de nuestra nación. El peligro de ser presas cautivas de la brutalidad militar no era un impedimento para proseguir firmes en el anhelo soñado. La dignidad de nuestras motivaciones tenía un lugar por encima del miedo. Fuimos espíritus libres contra el terror; luz de justa rebeldía contra la dominación de la conciencia.

¡2 de octubre no se olvida!

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