Editorial No 69: El deber de soñar en colectivo

Portada: Sin título – Leticia Abelha

En Colombia se está cocinando un gran fraude para las elecciones presidenciales y de Congreso del próximo año, que la ultraderecha de este país ni siquiera se esfuerza en disimular, acostumbrada, como está ya, a su cinismo ramplón, respaldado por la violencia criminal en que se ampara. Por eso, ante las denuncias de la oposición a propósito de las irregularidades en la contratación y funcionamiento del software con el que se procesará la información electoral, el registrador se limita a sentenciar que quien tenga dudas sobre las garantías en dicha contienda debería abstenerse de participar: como quien dice, su función no es garantizar la transparencia en los comicios sino certificar al ganador.

Podría pensarse que el recurso al fraude es prueba de la desesperación de la ultraderecha, que se siente incapaz ya de retener el poder. Pero en la élite colombiana, en general, el fraude y la ilegalidad no han sido nunca su recurso de última instancia, sino su modus operandi. De ello nos dan prueba las múltiples elecciones ganadas fraudulentamente en este país, entre las cuales destaca, por sus consecuencias nefastas, la de Pastrana Borrero en 1970, y eso que le robó el triunfo a un caudillo de derecha, militar y todo. En la historia reciente hay que resaltar el triunfo de Samper en 1994, apoyado económica y militarmente por el cartel de Cali y denunciado por Pastrana hijo, quien no tenía para nada las manos limpias; también el triunfo de Álvaro Uribe Vélez en 2002, en unas elecciones coaccionadas y financiadas por el poder paramilitar (corroborado por los mismos comandantes desmovilizados) que había alcanzado dimensiones fabulosas, y su reelección en 2006, con la compra de los votos de algunos senadores para cambiar la Constitución y permitir una reelección indefinida. Ni qué hablar del poder mafioso del Ñeñe Hernández que metió fuertemente la mano en las elecciones de 2018 para que fuera elegido el pupilo de Uribe Vélez y continuara su obra de concentración de riqueza, despojo y desolación. Las investigaciones sobre estos últimos casos, por supuesto, han sido archivadas por la Fiscalía de bolsillo que se compró el ejecutivo.

Así que no podemos pensar en un camino despejado para la elección de una figura alternativa en los próximos comicios. Puede alegarse optimistamente que ni la derecha ni la ultraderecha tienen hoy figuras importantes para competir en las elecciones, por el mismo desgaste de sus políticas neoliberales que han empobrecido, aún más, al pueblo y por sus estrategias criminales en el manejo de la cosa pública. Pero ese realmente no ha sido ningún problema para la derecha, desde que a Uribe se le negó la reelección, su apuesta ha sido poner en el poder a los más grandes peleles, que puedan subordinarse a sus designios: tampoco a Duque lo conocía nadie ni parecía tener (y no la tiene) la dignidad y la estatura para ocupar la presidencia. Pero ha hecho su trabajo al pie de la letra en beneficio de los clanes criminales y las grandes corporaciones que manejan este país.

En todo caso, debemos ser conscientes que si, por casualidad, a la derecha le fallara su fraude electoral, su compra de votos y su intimidación a los electores en los territorios rurales (todas ellas estrategias recurrentes de esta facción política) y un candidato como Petro llegara a alcanzar la presidencia, ello no sería todavía el resultado de una izquierda fortalecida y articulada en torno a un proyecto de país donde la vida digna y la solidaridad estén en el centro, por encima del capital y los mercados. El desgaste y la ilegitimidad de la derecha no organizan por sí solos ni concientizan al pueblo de su miseria moral. De hecho, para muchos quedan serias dudas de que Petro sea un candidato que represente los ideales de la izquierda. Y esas dudas se refuerzan cada que el candidato trata de arrimar los votos del centro, para lo cual insiste en que su proyecto es el desarrollo de un capitalismo “civilizado” y recurre a alianzas con figuras camaleónicas de la política tradicional o líderes machistas y misóginos, entre otros.

Pero este es por hoy el candidato cuya propuesta política parece la más radicalmente opuesta al proyecto mafioso de la ultraderecha. Eso no habla mal de Petro, que tiene derecho a defender y promover su propuesta política, sino que evidencia las debilidades de la izquierda, que no ha sido capaz de construir colectiva y articuladamente un proyecto que trascienda, aunque sea en el ámbito de las ideas, el orden social capitalista y su forma de gobierno.

El reto que tenemos hacia adelante tal vez no debería centrarse en el cuestionamiento a Petro, sino ver en sus límites los propios límites del movimiento social y popular en Colombia, a fin de definir con claridad una ruta de trabajo en el mediano y largo plazo, que permita asumir la propuesta de Petro de empezar por confrontar la forma mafiosa de ejercer el poder político en Colombia y la concentración, también mafiosa, de la riqueza al lado de una impresionante miseria de millones de colombianos; pero con la conciencia de que este es el punto de partida y no el de llegada. El proyecto no es un gobierno alternativo sino una sociedad justa y humana, para lo cual un gobierno alternativo es solo un primer paso, aunque fundamental.

Tal vez debamos recuperar la capacidad de soñar colectivamente con una sociedad distinta, ahora que muchos desencantados y desencantadas han optado por refugiarse en sus fortalezas interiores, en sus familias, entendidas en términos de clanes, y construir desde allí una especie de resistencia moral que, por aislada, resulta terriblemente limitada. Tal vez debemos invocar la memoria para traer al presente las imágenes de las grandes federaciones sindicales, de los movimientos estudiantes sólidamente articulados y con la beligerancia a flor de piel de los años 70 del siglo pasado, los grandes movimientos comunitarios de las ciudades y las organizaciones campesinas que formaron los sindicatos agrarios y que desde la ANUC hicieron temblar a los poderosos terratenientes.

Soñemos, con la perspectiva de realización, que estas organizaciones logran las convergencias de diversas tendencias políticas que, sin embargo, se encuentran en lo fundamental: la urgencia de construir una sociedad que sirva de suelo firme para la vida digna y la realización humana. Ello les daría a los movimientos sociales y populares una fuerza sinigual en la lucha por la hegemonía en la sociedad civil y permitiría realizar el sueño político de los zapatistas en donde los gobernantes, articulados a estos movimientos, se subordinan al mandato de su pueblo, pero de un pueblo organizado y consciente que avanza a pasos firmes hacia su plena autonomía y emancipación. Construir esa conciencia y esa organización del pueblo es la tarea inaplazable que nos concita y nos empuja a sumarnos al Pacto Histórico y a trascenderlo.

Contraportada: Leticia Abelha

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