Ventas por catálogo y deudas familiares

Por Steven Acosta

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Desde que yo era niño mi madre ha trabajado a través de la venta de catálogos. Su experiencia en dicho campo es sumamente amplia: ha trabajado en catálogos de ropa, perfumes, joyería, medicamentos, etc. Hace algún tiempo, en medio de un momento de frustración absoluta por todo lo que implica ser madre y mujer en una sociedad sumamente machista, además de múltiples deudas que parecen ser imposibles de evadir en el sistema político-económico como el nuestro, me manifestaba algunas de sus dolencias emocionales. Entre estas se encontraba el hecho de no tener amigas, de no sentirse libre, de sentir que, a pesar de todo lo que ha trabajado en el transcurso de la vida, no ha tenido los logros que se supone debe haber alcanzado, que no ha sido feliz, entre muchas otras cosas. Después de una larga plática, pudimos notar cómo muchas de sus dolencias habían sido producidas por su larga trayectoria en la venta por catálogo. Por cuestiones de extensión me limitaré a contar algunos de los elementos referentes a lo económico producidos por las dinámicas de la venta por catálogo.

Respecto al problema de las deudas producidas por la venta por catálogo, quizás sea necesario decir que, por lo menos en lo que respecta al círculo en el cual se encuentra inscrita mi madre, no son pocas las mujeres, aún las familias, inmersas en esta problemática. Por un lado, se encuentran las gerentes de zona, personas que están vinculadas laboralmente a las compañías de catálogos y que deben entregar resultados cada cierto tiempo, que muchas veces, en un intento desesperado por cumplir con los resultados exigidos por la compañía, deciden pagar la factura de las personas a las cuales les reciben el pedido; realizan pedidos a nombre de personas que no lograron completar la venta, etc.

Puede parecer, a primera vista, que esta acción no tiene ningún sentido: ¿Por qué una persona adquiere una deuda de productos que no ha vendido? ¿Por qué pagaría alguien la deuda de otra persona que no le retribuirá el dinero? La respuesta es: para no perder su empleo. La presión sobre las gerentes de zona es tan constante y la competencia tan amplia, que muchas veces prefieren perder parte de su sueldo (e incluso la mitad del sueldo o adquirir una deuda con alguien) que directamente perder el empleo.

Por otra parte, se encuentran las personas encargadas de vender los productos, generalmente madres cabeza de familia de los barrios populares, a las cuales las compañías llaman “empresarias”, “asesoras”, “líderes”, entre otras denominaciones que refieren al mundo empresarial (¿aspecto producido por el azar o mecanismo para hacerle sentir a la persona que es importante para la compañía y que puede llegar a ser una persona con alta capacidad adquisitiva en la sociedad por ese medio?), aunque en realidad no cuentan con contratos o vínculos directos con las compañías. Estas personas, que suelen recibir un porcentaje de la venta que realicen y le envíen a la gerente de zona, suelen depender de dicho recurso para pagar los servicios del hogar, comprar mercado, pagar el arriendo, y otros gastos que se puedan presentar. El problema es que, en algunas ocasiones, las personas a las cuales les venden no les pagan, les pagan por cuotas o les pagan tarde, lo que termina haciendo que no paguen la factura de la compañía a tiempo o que utilicen el dinero para los gastos básicos del hogar que no se hacen esperar.

Las dinámicas de ambos tipos de personas, propiciadas por la misma modalidad de venta por catálogo, suelen terminar en un endeudamiento que poco a poco se va acrecentando, hasta que, cuando se dan cuenta, las personas tienen, como mínimo, una deuda de 4 o 5 millones de pesos. Esto por no mencionar aquellos catálogos que funcionan por escalafones, como si de una pirámide se tratase. Son catálogos en los cuales las personas tienen que invertir una cierta cantidad de dinero para ir subiendo de nivel, lo que les permite subir el porcentaje de ganancias, y escalar en las dinámicas de las compañías. Tal es el caso de catálogos como Yanbal u Oriflame, donde las personas deben acumular una cantidad mínima de venta, nuevas integrantes para las ventas, mantener las facturas (propias y de las personas que afilien), entre otros asuntos, para ascender y poder ganar premios increíbles (un perfume, un juego de sábanas, un juego de cubiertos y, se supone, automóviles).

En resumidas cuentas, las compañías obtienen sus ganancias cada cierto tiempo, aseguran que las facturas están pagadas, que los productos de la compañía se distribuyen lo más rápido posible y que el catálogo extiende poco a poco su lugar en el mercado. Mientras tanto, las personas se endeudan para pagar las facturas de otras personas, acumulan productos de pedidos que no han podido vender y se endeudan poco a poco con la esperanza, implantada por las compañías, de llegar a tener una “independencia económica”, de “salir a pasear con sus familias”, de “ganarse el automóvil X modelo”, de, quizás la más paradójica o cínica de todas, “pagar las deudas”.

Muchos otros temas, alrededor de la venta por catálogo, merecen la pena de ser abordados: la precariedad laboral, las dinámicas empresariales para no pagar sueldos a las personas (aunque éstas movilicen y vendan los productos de las mismas); la imposibilidad de construcción de relaciones reales, es decir, más allá de una relación utilitaria y mercantil con el otro (suelen construirse relaciones únicamente para vender al otro el catálogo); el malestar constante producido por las deudas; el empuje al consumo de productos que no son de primera necesidad, etc. Creo, a partir de las reflexiones y preguntas suscitadas por la experiencia de mi madre, que es necesario comenzar a cuestionar las dinámicas a las que parecen estar ancladas las personas, particularmente las mujeres madres cabezas de familia, de los barrios populares, para superar un tipo de sociedad que reproduce la desigualdad y las condiciones sociales, económicas y laborales.

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