La lucha de los habitantes de El Volador dio sus frutos

No serán sacados de sus casas por el proyecto del Metro

Por Álvaro Lopera

Me siento feliz, muy feliz; que no nos tumben el barrio es el mejor aguinaldo de la Alcaldía. Con la noticia, mi salud reaccionó para bien”, casi que gritaba de alegría, Jesús Ruiz, habitante del barrio El Volador. Estaba rozagante de satisfacción, pues no tenía que salir a las volandas de la casa que habita hace más de 40 años, la misma que construyó con los vecinos, con Jaime Lopera, con todos los que tuvieron que poner el pecho en los últimos tiempos para impedir que esa miasma del tal “desarrollo” los atropellara y les dañara el caminado.

Fotos tomadas por la comunidad

Pararon a secas el proyecto burocrático de hacer los patio-talleres del tranvía allí donde los pobladores han dejado sus luchas, sus ilusiones ciudadanas; donde criaron a sus familias, donde se opusieron al basurero, otrora proyecto que los pretendió sacar a los sombrerazos, o a ese otro que pretendía ubicar el desemboque del túnel de Occidente con Medellín, o a esa glorieta que los amenazó en los años 80 y a esos intereses particulares que por quince años pretendieron arrebatarles los terrenos donde tenían sus casas. Allí esta comunidad ha construido pacientemente ese fino tejido social que se mostró irrompible y protege contra cualquier amenaza si todos los habitantes lo continúan tejiendo.

El viernes 19 de noviembre, en horas de la noche, la Alcaldía anunciaba en el auditorio del Pascual Bravo que se construirían los patio-talleres en los terrenos de la antigua fábrica de Everfit (algo que la comunidad había sugerido desde el primer momento junto a otros posibles 27 predios), que se encuentran entre las carreras 65 y 67 y las calles 71 y 80 de Medellín; es decir, en definitiva, van a quedar a una cuadra del actual barrio El Volador. Hubo vítores, hubo abrazos. La euforia pintó en todos los rostros una sonrisa de oreja a oreja. Parecía una graduación, y lo era. Más de 2.500 habitantes habían graduado una lucha que parecía perdida.

Los irritantes prolegómenos

“En el inicio del proceso de resistencia, por allá en octubre de 2020, cuando llegaron los funcionarios a avisar que los patio-talleres del tranvía se construirían en el barrio, muchas voces se llenaron de pesimismo”, narraban con vehemencia Jaime Lopera (66 años), Fabián Sierra (78) y Jesús Ruiz (63). Otras voces se apagaron. Se afectaron todas las familias –el estrés atacó a la comunidad con sus afiladas garras–; hubo muertos, todos de la tercera edad (Marta Rodríguez, Joaquín Monsalve, Irene Jiménez, Elvira Pareja, la misma que la comunidad veía todos los días vendiendo arepas). “Desde que anunciaron lo del Metro nos preguntaban insistentemente estos cuatro adultos mayores “qué vamos a hacer, qué vamos a hacer”, lo que pasó a repetir toda la comunidad insistentemente”, recalcó Jaime.

El desasosiego se mudó al barrio desde el primer instante agorero, y se acrecentó cuando los heraldos del desarraigo hicieron el censo en medio del paro nacional y la pandemia. Fueron muertos no esperados, casi que murieron de desespero; otros se infartaron cuando vieron peligrar su estabilidad (Luis Enrique Lopera, Alba Ruth Lopera). Esa amenaza de la pérdida de su “cercanía a todas partes en la ciudad”, del robo de la posibilidad de habitar un lugar amable donde siempre han sentido que todos son uno y uno son todos, llevó a muchos al deterioro de la salud.

Jesús Ruiz, hombre atlético, deportista, líder en su barrio, se enfermó repentinamente. La presión se le disparó, no fue capaz de mantenerla con bajo perfil; y lo peor, como condenado a la guillotina, la cuchilla de la depresión se le vino encima en medio de una visita a un supermercado: “Me desmayé, no supe de mí”. Ha perdido concentración, memoria; pasó a tomar losartán, una droga para controlar la presión alta. Estos fueron los pírricos logros de los heraldos del desplazamiento, los jóvenes y viejos funcionarios miembros de esos ejércitos mercenarios que con títulos universitarios y con rimbombantes discursos se la pasan llenando de terror a las comunidades que pretenden desarraigar. Todo se transmutó en un caos cuando la palabra “desarrollo” se cubrió de mortajas.

La desconexión mental de muchos pobladores los llevó a aislarse y a morirse de tristeza; el daño ya estaba hecho, y Jaime se lo hizo saber a los funcionarios del Metro con la frase: “El Metro debe asumir las consecuencias sociales de la mala salud que estamos viviendo en el barrio por culpa de ustedes”. Lo tacharon de terrorista, de ave de mal agüero. Aun así, la mayoría se resistía a irse, a pesar de esas lastimeras voces que como Casandra de desastres decían que contra el gobierno no había nada qué hacer; que resistirse era una tontería, que lo que había que hacer era llegar a un buen arreglo, pero sin definir límites de dignidad.

Viva la resistencia

Tres plantones en distintos meses, no tan aplaudidos por los vecinos estrato 5 de Pilarica, que paralizaron el tránsito en los alrededores y llenaron de música y consignas el barrio. Más de 15 derechos de petición a la Personería, el ISVIMED, la EDU, la Defensoría del pueblo, Planeación Municipal, Procuraduría, JAL, Secretaría de Participación Ciudadana. Cartas sobraron de todos los tamaños y colores al Senado, al presidente, al alcalde y a distintos medios de comunicación locales y nacionales, en donde, como un libreto bien aprendido, les recordaban a todos que existe una Constitución Nacional que no la cumplen porque a los poderes nacionales y locales no les interesa. Artículos constitucionales iban y venían en los escritos.

El silencio fue lo más escaso en las acciones de resistencia. Hicieron presencia en sesiones del Concejo de Medellín, citaron ediles al barrio, y hablaron, hablaron y se manifestaron en cuanto escenario abrían con las manos de la razón y el coraje. Sabían que tenían un derecho y que se estaba moviendo algo muy poderoso que ellos mismos, con su actitud, impulsaron hasta lograr convertirlo en un decreto municipal: ‘La Política Pública de Moradores’, que llevaba un buen número de años siendo aplazada, pero que por fin vio la luz en este año de la resistencia sin par de toda la comunidad. Y ese decreto también los favorece.

Ahora, como dice Lopera, “está todo por hacerse”, pues continúan otras luchas tales como el reconocimiento de la propiedad a todos los habitantes con la debida titulación, la construcción de la escuela, el mejoramiento de la cancha y de todas las viviendas, y la reubicación de la gente en situación de riesgo.

Como un resultado agregado a toda esta lucha, la Junta de Acción Comunal fue remozada; la anterior presidenta, enemiga del movimiento barrial, salió como pepa de guama. Ahora llegó sangre joven a ella, con la esperanza de que sea para bien de la comunidad.

“Hemos ganado y esto se lo dedicamos a todo el pueblo colombiano para que se sepa que luchar sí paga, pero ha sido solo una batalla, no la guerra, en tanto siguen vivas muchas amenazas contra nosotros, los habitantes de El Volador”, dijeron los tres al unísono.

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