Por Rubén Darío Zapata

Ilustración: Ácido
La vida de Antonio y su compañera cambió dramáticamente hace aproximadamente dos años, cuando al piso de debajo de su casa se mudó una pareja joven y bochinchosa. El marido era un hombre robusto y calvo que, incluso cuando andaba sin camisa por la acera de su casa, se dejaba colgadas al cuello sus cadenas de oro. No era de aquí, hablaba un inglés atropellado con acento antillano. Tampoco se mantenía en la casa, desaparecía por meses y cuando volvía los vecinos se enteraban porque su casa se ensolvaba con el humo de marihuana y quien sabe qué otras cosas, porque el aire se hacía irrespirable. Y eso era de toda la noche y todas las noches
“Verdad que uno tiene derecho a hacer en su casa lo que quiera –cuenta Antonio-. El problema es que estas casas están intercomunicadas, uno siempre escucha los problemas de los vecinos como si ocurrieran en la sala de su propia casa, el aire se aromatiza con el olor de la comida de la casa vecina y siempre es uno el que termina tragándose el humo de la casa de abajo.”.
Después empezó la rumba. Llegaban carros y más carros con gente extraña y la algarabía que hacía era tremenda. Alguna vez que la compañera de Antonio se quejó y dijo que ya no podía más, él le sugirió que pusieran una denuncia en la inspección de policía.
- No amor ¿Cómo se le ocurre? –dijo ella alarmada-. No sabemos con quién nos estamos metiendo.
Y, efectivamente, el contexto no daba para ser optimista. Es que con lo poquito de inglés que sabe Antonio pudo captar en algunas conversaciones del hombre que, probablemente, estaba comprometido con negocios enredados. En alguna ocasión pudo escuchar que el hombre le informaba a otro por teléfono de una vuelta que se había caído y que tenían que estar muy cuidadosos en los próximos meses.
Así las cosas, era difícil pensar en una denuncia a la Policía, y mucho menos en llamarle la atención directamente al hombre. Pero algún otro vecino se atrevió, acaso contando con el anonimato. Fue una noche en que el nivel de la fiesta estaba insoportable desde muy temprano. De pronto llegó una motocicleta de la policía y se bajó un uniformado. Pero antes de increpar, saludar o hacer algo con la gente que estaba en la acera, el policía levantó su mirada hacia el balcón del segundo piso, donde estaba parada Sofía, la compañera de Antonio, y le preguntó casi gritando: “señora, ¿usted fue la que llamó la policía?” Más que pregunta parecía una incriminación. De hecho, ni siquiera prestó atención cuando la señora, con la cara encendida, intentó explicarle que no.
El dueño de la casa salió a preguntar qué pasaba y para poder conversar mandó a que le bajaran volumen al equipo. El policía se le acercó y lo saludó como si fueran viejos amigos. Después de un rato le pasó la mano por la espalda como en abrazo y lo invitó a caminar. Así abrazados se alejaron del jolgorio y volvieron al cabo de unos minutos todavía más amigos. Desde ese momento, Antonio y Sofía supieron que tendrían que aguantarse ese tormento el tiempo que los vecinos quisieran.
Una forma de emprendimiento
Después del enamoramiento y la rumba de la pareja vinieron las peleas, que realmente siempre existieron pero que se hicieron cada vez más intensas. Entonces desde arriba Sofía y Antonio no solo escuchaban los gritos energúmenos y los insultos, sino los platos que se rompían contra el piso y la pared y el ruido de los muebles arrastrados por el suelo. Un día, después de una de esas monumentales peleas, el tipo no volvió a la casa. Eso en parte fue bueno porque hubo algo más de silencio, las rumbas no cesaron del todo, pero ya no en esos niveles; la marihuana también parece haberse reducido a niveles moderados. Entonces empezó la etapa del emprendimiento.
La señora puso un café en el local del lado y a los pocos días extendió el negocio ya como restaurante a la acera, donde puso mesas por doquier, incluso en el jardín cultivado con esmero por los vecinos, de manera que el paso se hizo imposible. Para entrar a la casa de Antonio prácticamente hay que pedir permiso, e igual les sucede a otros vecinos. En el negocio siempre hay más carros que gente, pero el negocio se mantiene vigente hace ya varios meses, aunque sea difícil explicar cómo puede ser sostenible este negocio en esas condiciones cuando el mero arriendo de la casa seguramente no baja de los cuatro millones de pesos.
¿Una recomposición social del territorio?
Y es que no estamos hablando de un barrio popular, sino del sector de Laureles Estado, un tradicional barrio de clase media alta de Medellín, estratos 4 y 5, donde siempre se había reinado una relativa paz y tranquilidad (Excepto los días de partido). Comentando esta situación a algunos amigos, del mismo vecindario o de otros barrios, Antonio se ha enterado que él no está viviendo un caso especial y particular, que esta es una realidad que afecta hoy prácticamente a todo Medellín, sobre todo a esos tradicionales barrios de estratos medios, acostumbrados al privilegio del silencio y a que la Policía hiciera cumplir las normas de convivencia, algo que nunca ha pasado en los barrios populares. Con el auge del narcotráfico y el microtráfico, se ha constituido un grupo de nuevos ricos que quieren o bien camuflarse en los barrios residenciales de “la gente bien”, o quieren integrarse y emular las vidas de los estratos medio y alto, pero sin renunciar a las prácticas sociales aprendidas en la vida traqueta. Eso se nota sobre todo en la cotidianidad.
-Yo estoy muy aburrido en este barrio –le comentó a Antonio un amigo pensionado que ha vivido prácticamente toda su vida en este vecindario-. Las aceras están invadidas por los negocios o los carros. Hasta el punto que hay partes donde uno se tiene que salir a la mitad de la calle para poder caminar, incluso por avenidas principales.
Otro amigo habla de una práctica que en otro tiempo era impensable en el barrio:
-Ahora todo el mundo tiene perro. Y a la gente parece que le gustan sobre todo los perros grandes, tal vez porque son más miedosos a aparentosos. Pero muy pocos están dispuestos a recogerles la mierda, que parece ya de caballo. Así que uno anda todo el tiempo por un cagadero, cuidándose de no pisar una plasta de esas. Y vaya que uno le pida a alguien que recoja la mierda de su perro. Se mete en el problema más verraco.
Al parecer la tranquilidad cuesta cada vez más plata. Solo quienes tiene el dinero para vivir en el estrato seis o siete, pagar la administración en una unidad cerrada, etc., puede aspirar a ella. Pero nunca es un logro definitivo, porque la cultura traqueta se extiende por todos los estratos como el polen de las flores o el polvo de la coca.
