La lucha por el amor y la libertad siguen

 Por Sebastián Carmona Alzate

Imagen: Pinterest

Amar y ser libre parecen dos realidades que circulan sin reproche en nuestra sociedad. Y nos hemos encargado de generar un discurso inclusivo donde las diversidades sexuales entramos a un todo y no nos vean lejanas de la construcción social. Se han realizado grandes transformaciones a las leyes que permiten tener herramientas como líneas de atención únicas ante abusos y violencias para la comunidad LGBTIQ+, poder adquirir derechos conyugales, tener una familia digna y reconocida; la posibilidad de cambiar la letra que identifique el género en el documento de identificación nacional, además, de gestar proyectos educativos y discusiones por parte de las instituciones estatales y privadas que, se supone, garantizan el cumplimiento, reconocimiento y concreción de los derechos de dicha comunidad para ser oídos, socializados y vistos sin mancha de exclusión. Pero, todas estas actuaciones e intervenciones jurídicas ¿Son suficientes? Son un punto de vista, claro está, pero han descuidado otras aristas del punto, se nos ha dejado en el desierto con algunas provisiones, pero no las suficientes para atravesarlo, me atrevería a decir que aún estamos en riesgo del desamparo.

Cuando salgo por las calles de esta ciudad no veo la eterna primavera, veo más bien un eterno otoño donde el tronco aún espera para verse lleno de hojas; siento que el amor y la libertad parecen ser conceptos condicionados por las estructuras dominantes, que no permiten que el amor sea libre, y hacen ver que la libertad es tan fugaz como el agua entre mis manos. Cuando camino y veo las realidades tan desiguales entre relaciones heterosexuales y homosexuales, me invade una sensación de parálisis donde caigo en reflexiones momentáneas, pensando que nuestro ideal de progreso no ha traspasado ni el cuerpo político, ni la realidad de la vida social en nuestro contexto tradicional.

Si una pareja heterosexual se besa en el metro o en la calle es amor, pero si yo como homosexual lo hago con otro hombre es indebido porque, según dicen algunos, “estaría alterando la educación de algún niño que pueda verme”, si le tomo la mano a un chico que me guste, estando en el sistema de transporte o en algún lugar público, las miradas no dan espera, los comentarios llegan como látigos a mi cuerpo y termino paralizado en lo que quiero hacer, para terminar obedeciendo la heteronormatividad en la que estoy enraizado.

El discurso de inclusión ha sido forzado, nos quieren hacer ver que ya todos estamos unificados en derechos, condiciones y posibilidades. Se ha podido ver cómo las nuevas generaciones han normalizado las condiciones de diversidad sexual, hasta el punto que me permito usar la expresión “primerean la real transformación social” y se han quitado de a poco las vendas, y han dejado de ver el espectro sexual como algo dado por la biología. La sociedad ha empezado a cambiar a pasos lentos, pero eso no es suficiente, aún estamos en la capacidad y en la necesidad de mirar más allá, de ir a lo profundo del problema para realizar transformaciones más grandes, para que el miedo desaparezca, el amor se haga libre y todos podamos ser.

Los bares gays de la ciudad aún son lo que era Stonewall Inn en Nueva York antes de la violencia, el lugar seguro donde la locura, el baile, lo erótico y la fiesta no tienen carga moralizante. Parece que la libertad es más libertad cuando la presión normativa queda afuera y nosotros somos adentro. A muchos nos costó “salir del closet”, como dice la expresión controversial y popular que nos ha cargado de muchos adjetivos, pero ajenos a veces a lo que es buscar y encontrar una identidad. Nuestros lugares son la forma de hacer resistencia a la privatización del ser, es el medio por el cual nuestra voz y nuestros cuerpos políticos narran las cargas que llevamos por no poder ser y amar en plena libertad.

Nos queda mucho por hacer, esa es una realidad concreta porque siempre habrá diferencias, pero un amigo que quiero mucho me dijo una vez algo que detona todo lo que escribo hoy, cito a Daniel Mejía: “Decimos  como sociedad que aceptamos la otredad, pero no estamos preparados para eso. La heterosexualidad nunca se vio en la necesidad de buscar su personalidad.  A nosotros nos toca enfrentarnos a una realidad para conocernos, el mismo camino nos va formando y la solución solo puede venir por manos de una nueva y verdadera educación”.

La esperanza está puesta en lo que falta por hacer y decir, estamos dando pasos en desligar tradiciones normadas y aceptadas, como el hecho de que las grandes industrias comercialicen la idea de orgullo LGBTIQ+ sin reconocer la carga histórica y simbólica de la comunidad, para reducir el discurso inclusivo en mero mercantilismo, para erradicar la indiferencia ante un beso de dos personas, para quitar la idea de pecado cuando despierta el amor natural en dos o más que se aman. Los avances históricos y sociales deben aplaudirse, hace años no podía pensar en casarme, me hubiera dado pánico siquiera bailar con un hombre en una discoteca o fonda de la ciudad, pero hoy lo hago, y aunque sigo escuchando la discriminación de múltiples voces, el miedo ya no gobierna, porque he sabido que a la meta no se llega rápido, pero sí hay que saber llegar.

Y con pequeños pasos se ha logrado avanzar, pero no podemos caer en la quietud y en el pensamiento de que ya el problema se soluciona con decretos, normalización e ideas discursivas. Debemos valernos de la educación para que ese sueño de los homosexuales, lesbianas, travestis y transexuales asesinados y asesinadas en hoteles y calles de Medellín no nos sea indiferente, no se nos olvide su carga histórico-político y sigamos buscando la transformación social con valentía, con firmeza en lo que somos, con la esperanza entrañable en que algún día el amor se hará costumbre y la libertad se cumplirá más allá de la restricción normada, para comprender que todos somos diversos.

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