Por Jhon Mario Marín Dávila

Ilustración: Víctor Cuartas
Abro la puerta, me encuentro con un pasillo largo en obra negra en el que hay varias puertas; es similar a una cárcel, con la diferencia de que estos espacios no tienen rejas y son habitados desde los gustos de sus arrendadores o propietarios. Me encuentro viviendo en uno de los treinta y cuatro pisos que tiene el edificio; comparto piso con 11 apartamentos, con cuyos habitantes es difícil interactuar, pues cada familia vive en su burbuja, sin importar quién vive al lado.
Al dar varios pasos y sentir el eco en el pasillo, llego al ascensor y lo solicito, las puertas se abren, me encuentro con un hombre joven, quien va con su perro; pero se encuentra concentrado en su celular, lo saludo y no contesta. Cuando el perro interactúa conmigo y el joven ve que le toco la cabeza, sonríe y saluda; el perro se mueve, se inquieta, da pasos de un lado para otro, está ansioso por salir, se siente ofuscado en el pequeño cuadro del ascensor. Al salir, encuentra afuera otro perro y los dos se miran fijamente, se olfatean y los dueños con alegría cambian unas cuantas palabras.
Salgo de la unidad, empiezo a ver algunas personas que llevan amarrados a los perros al collar; una señora que va con su perro pasa por su lado, se saludan con mucha efusividad, pero cuando yo paso por el lado no recibo ni un solo gesto. Sigo dando pasos y por estar mirando cómo los perros se olfatean, juegan, ladran, piso un excremento que, por su suavidad, da cuenta de haber sido defecado por un perro hace muy poco; en mi cultura dirían que es suerte y plata, pero a mí me hace sentir muy desafortunado.
Busco una manga para medio limpiarme; el olor es insoportable, me crea náuseas y rabia. Trato de respirar para no iniciar el día con malgenio. Continúo el camino, el zapato quedó untado de excremento, siendo inevitable que mi olfato, y seguro el de quienes estén al lado mío, sea penetrado por el particular olor. El sendero que me lleva al transporte público tiene varios excrementos, y se siente la impotencia cuando algunas dueñas/os no se responsabilizan de limpiar lo que su perro deja por el camino.
Al bajarme del transporte, emprendo el camino para el apartamento, empiezo a subir una loma para poder llegar. Antes de llegar en la portería un perro se me acerca y empieza a olerme y me lame las manos, le sobo la cabeza, trato de ser lo más “educado” y su dueña, sin saludarme, me dice: “él es así todo confianzudo, no le parece que es muy lindo mi perro, es todo sociable, juicioso y no muerde a nadie”, con su sonrisa y orgullosa de su perro, le pone el collar, diciéndole que no moleste más al señor.
Observo la reja que encierra los edificios; hay varias personas con sus perros, conversando; los perros se acercan entre ellos, se miran fijamente y luego huelen sus rabos, al pasar un tiempo juegan como sin nada. Me quedo observando un poco desde lejos; un joven llama a su perro y este va corriendo hacia él, se le tira encima y empieza a lamerlo, el joven se agacha y la lengua de su perro pasa por su boca.
Uno de los perros que queda quiere seguir jugando y le lleva la pelota a su dueña, el cual está concentrado en su celular y tiene la conversación pausada con las/los otros. El perro le ladra y él le dice que se calme porque está ocupado, el perro vuelve y ladra y la señora impaciente le lanza la pelota con desánimo, y el perro vuelve a traérsela. Después de esperar un rato y ver que su dueña no le lanzara la pelota, el perro muerde la pelota y se acerca a otra señora que acaba de llegar.
Cuando estoy entrando a la unidad, veo a una señora que lleva su pequeña perra entre sus manos, Preguntándole: “¿Cómo te parecen las personas que estaban en la tienda?” La alza en sus manos y le dice que ella es la perra más linda, mientras el animal ladra queriendo que la baje. Llegan al ascensor y se encuentran varias personas con sus perros, que empiezan a ladrar; sus dueños los agarran con fuerza y para calmarlos los regañan o les pegan con el collar. Tanto ladrido en conjunto me aturde los oídos.
Se abre el ascensor y sale al encuentro un perro que, de inmediato, les ladra, y entre ladridos la gente sonríe y resguarda a sus perros. Yo me subo en el ascensor con dos personas y dos perros, uno tiene bozal, sus ojos se ven desafiantes y gruñe, las/los dueños dicen que se comporten bien, que si no les da vergüenza el show que hacen.
Después de entrar en el apartamento, debo bajar a la tienda por algunos alimentos para la comida. Esperando el ascensor pienso lo incómodo que es saber si esta vez te van a saludar: aunque saludar no es una obligación, para mi es importante. Me pregunto si debo tener un perro para no sentirme tan ignorado cuando me monto a un ascensor. En la tienda veo un perro que está afuera amarrado, esperando su dueño; el perro, muy inquieto, ladra todo el tiempo y el dueño dice al tendero que el perro es muy fastidioso, que no se sabe comportarse.
Es el final de la jornada y estoy agotado. Pero aún espero en el apartamento a algunas/os compañeros del grupo de música para ensayar; en la espera escucho cómo ladra un perro que tal vez ha estado todo el día solo en su casa y quiere salir. Los otros perros, al escuchar los ladridos, empiezan a ladrar y su coro suena duro y resuena el eco, por el espacio tan silencioso donde está el edificio. Los ladridos se mantienen por un rato que parece interminable, hasta que al fin se cansan.
La bulla de las/los perros se desata a cualquier momento del día o la noche, igual que los equipos de sonido retumbando o el juego de las/los niños. Son las 9:10 de la noche.
Más tarde, tres golpes en la puerta que silencian el sonido de un sikus, bombo legüero y guitarra. Detrás de la puerta está el celador que nos dice: “Varias familias ya se han quejado de la bulla que ustedes están haciendo, no les parece que ya deberían de dejar de tocar”. Se cierra la puerta, las/los compañeros nos miramos: nos parece injusto que los ruidos dentro de la unidad molesten unos y otros no.
