¿Son las escuelas territorios de paz?

Por Tatiana Machado

Ilustración: Marylin Fernandez

El pasado 12 de septiembre fue asesinado Steven Chalarca Marulanda, docente en la vereda Barroblanco, en Yolombó (Antioquia). El crimen fue perpetrado cerca de la escuela donde trabajaba, mientras se llevaba a cabo una reunión con cuidadores y cuidadoras. La noticia circuló muy pronto en pantallas de televisores y diarios digitales. En grupos de wp y redes sociales no se hicieron esperar las fotografías del joven docente, acompañadas de mensajes de dolor e indignación, muy pronto también llegaron las especulaciones respecto de los motivos del asesinato: Qué hizo o qué dejó de hacer el profe para que lo mataran de esa forma. Al finalizar la semana, en el diario El Colombiano se leían las palabras del gobernador del departamento acusando del crimen a integrantes del Clan del Golfo, además de ofrecer una recompensa por información que ayudara a encontrar a los culpables.

Entre los casi 20 mil docentes que trabajan para el departamento de Antioquia también circularon muchas versiones; es un grupo enorme de personas que se conectan no solo gracias al internet sino también a los rumores. Se dijo entonces que el profe tuvo problemas con un cuidador por las notas de un estudiante o que no pagó la vacuna que se impone en los territorios controlados por grupos ilegales, pero quedaba la pregunta ¿Veinte tiros, al lado de la escuela, por tan poco?

Entre tanto, en la comunidad y en los municipios cercanos a la escuela se mencionó que todo estaba relacionado con una denuncia que Steven hizo y de la que el rector de la institución sabía, por lo que este último fue amenazado y tuvieron que sacarlo escoltado del pueblo. Esta es la versión que más ha calado entre los docentes, porque cada uno de nosotros en su territorio conoce las posibles consecuencias de denunciar los peligros a los que se enfrentan los niños, niñas y adolescentes de nuestras instituciones.

La indignación en redes aumentaba y desde ADIDA (Asociación de instructores de Antioquia) surgió la propuesta de un cese de actividades de 24 horas para honrar la memoria de Steven, de nuestro compañero docente. En la ciudad de Medellín se realizó una marcha en la que participaron varios cientos de personas, así mismo en las subregiones del departamento se establecieron puntos de encuentro y en los municipios se hicieron jornadas en las que se pudiera recordar la vida del profe con el cariño y el respeto que le negaron al asesinarlo.

El mensaje era claro: las escuelas son territorios de paz; pero a pesar de la contundencia del mensaje lo que queda es una duda enorme ¿Alguna vez las escuelas han sido territorios de paz? Porque la afirmación evade la realidad, y es que no se puede abstraer a la escuela y su tarea del contexto que la rodea, escuelas en paz significa territorios en paz, pero gran parte del territorio nacional se encuentra en medio de la guerra por el control de las economías ilegales. También parece invisibilizar el largo historial de violencia hacia los educadores en el país, porque lo triste es que el caso de Steven no es nuevo y mucho menos único.

En la ruralidad, en esa Colombia que llaman profunda, en esa Antioquia que está más allá del Valle de Aburrá y del cercano oriente, se escuchan experiencias de docentes que en 20 o 30 años de servicio se salvaron más de una vez de morir a manos de grupos armados. Nombran con dolor a aquellos compañeros que no tuvieron tanta suerte, lamentan las veces que se encontraron a sus estudiantes, sus niños, armados y uniformados en algún retén ilegal, desvían la mirada al hablar de la cuenta tenebrosa de los cuerpos sin vida encontrados en esos intrincados caminos de herradura que recorrían hacia la escuela. Entonces, las instituciones educativas no pueden ser ideales de un refugio mágico donde los estudiantes están a salvo de la violencia.

Tal vez de esta confusión surge la situación un tanto ridícula en la que, en medio de la conmemoración por el asesinato de un compañero convocada por una asociación sindical, se pronuncia un discurso según el cual los profes debemos ser más cuidadosos, manejarnos mejor en ciertas situaciones porque puede ser por ahí que inicia la violencia. La ambigüedad de las palabras mancilla la memoria del compañero asesinado, es una manera de responsabilizar a la víctima por lo sucedido y de decirnos a los que quedamos en pie en las escuelas que tal vez hay cosas con las que no hay que involucrarse.

El caso de Steven tuvo eco por la brutalidad del crimen, pero en la sede de secretaría de educación de Antioquia se encuentran todos los días docentes que han sido extorsionados y amenazados en sus territorios, entre ellos casos en los que un reporte a Bienestar Familiar de una situación padecida por un niño se convierte en una sentencia que destroza la estabilidad económica y emocional de los profes, ¿Qué hacemos entonces, un paro de 24 horas por cada docente amenazado y ultrajado, una recompensa por cada amenaza?

De lo que se debe hablar con vaguedad, evitando la confrontación directa, resulta ser los abusos y delitos de los que son víctimas los niños y las niñas dentro y fuera de la institución educativa: explotación sexual, expendio de sustancias psicoactivas, abuso sexual, reclutamiento forzado… Esta violencia desmedida ejercida hacia ellos exige contundencia, la que les falta a los aparatos Estatales, cuyos funcionarios no llegan a los territorios por temor, por la dificultad para el ingreso, porque si o porque no, y entonces el valor se encarna en la figura de un profesor que se niega a dejar morir la promesa de un mundo mejor, que habita a cada uno de los estudiantes.

También percibo con desesperación la pose adoptada por el movimiento sindical docente, encabezado por dirigentes que enfocan sus gestiones en beneficios económicos y aumentos salariales y que en privado dan ideas para que “lo saquen de allá si le da mucho miedo o si le da muy duro”, refiriéndose a las veredas más apartadas, como si la lucha para que esos territorios se conviertan en lugares de paz y con posibilidades de hacer una vida digna fuese una causa perdida hace mucho tiempo.

Si bien la escuela no es un refugio que mágicamente está alejado de la violencia que se vive afuera de ella, sí es un espacio para los sueños y las esperanzas, de los estudiantes y también de los profes que anhelan la certeza de que ninguno de los niños que se sientan en su aula tiene hambre porque en su casa no hay qué comer, que desean que las posibilidades de educación superior se extiendan a todos los jóvenes, en general, que esperan que ninguna de esas vidas que se han unido a las suyas gracias a la educación se vea afectada por la guerra y por la violencia estructural que está oprimiéndonos a todos y que nos ahoga, que nos atiborra de desesperanza. Ante semejante panorama tal vez la única certeza sea que no hay resignación posible.

A Steven y a todos los que aún se niegan a abandonar la esperanza de un mundo justo.

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