La política y la mesa

Por Anyela Heredia

Ilustración: Carolina Bedoya

En la Locombia de 2023 vivíamos en un mundo tranquilo y apacible en el que desayunábamos, almorzábamos y merendábamos sin miramientos y sin consciencia.

Siempre rodeados de algunas personas que nos llamaban la atención, por su decisión de no comer esto o aquello en razón de su salud o, en el mejor de los casos, por un asunto de conciencia política o animalista, como el caso de muchos vegetarianos y veganos.

Pero llegó el mes de junio y, con él, la pesadilla de las etiquetas. Como de la nada, aparecieron unas etiquetas negras que marcaban incluso alimentos que creíamos básicos para nuestra alimentación, como los quesos, el yogurt, las galletas, la “mantequilla” y los cereales, entre otros.

Por todas partes, esas etiquetas negras que rezan exceso de sodio, exceso de grasas saturadas o edulcorantes añadidos, sobresalen hoy en la parte frontal de los alimentos que antes aparecían apetitosos a nuestra vista.

Se trata de las etiquetas de los alimentos procesados, una medida que busca, por una parte, proteger la salud de los consumidores y por otra garantizar que estos tengan acceso a información clara y transparente sobre lo que consumen. 

De manera que todo producto nacional e importado deberá cumplir con un rotulado de advertencia e información detallada sobre sus componentes nutricionales y sobre los posibles riesgos asociados a su consumo, a más tardar en junio de 2024.

Por si fuera poco, llevamos más de un año sometidos al bombardeo de noticias falsas sobre los supuestos impuestos que impondría Petro a los productos de la canasta familiar.

Pero, primero, aclaremos qué es eso de la canasta familiar.  En el mundo, la canasta familiar es un conjunto de productos alimenticios en cantidades suficientes para satisfacer las necesidades calóricas (ni siquiera nutricionales) de una familia promedio. En Colombia, en cambio, la canasta familiar se define a partir de la Encuesta Nacional de presupuesto de los hogares que cada diez años hace el DANE. La última fue realizada entre 2016 y 2017. De acuerdo con dicha encuesta se definen no solo los productos, sino los servicios fundamentales para que una familia pueda subsistir dignamente.

No obstante, parece una percepción muy subjetiva la de quienes participan en esas encuestas. Por ejemplo, en la actual canasta básica se descartaron productos y servicios como la fécula de maíz, el kumis, el brandy, los fósforos, la lotería y la tradicional “embolada” de zapatos. Mientras que se incluyeron otros como el tequila, la leche de almendras, el servicio de bicitaxi y los cursos de inglés online.

Lo anterior evidencia cambios en las costumbres alimenticias y, en general, en la percepción de lo que para los colombianos es fundamental. Por supuesto que cabe la pregunta sobre cuántos hogares colombianos cuentan como productos básicos la leche de almendras y el tequila, pero nadie tiene dudas sobre el cambio en las costumbres alimenticias que ha supuesto en nuestra cultura la proliferación de embutidos, bebidas embotelladas y productos lácteos que son imitaciones de los derivados de la leche. Eso sin contar las comidas congeladas y la inmensa cantidad de productos procesados derivados del maíz y de los cuartos traseros de pollo que trajo consigo el tratado de libre comercio con Estados Unidos.

Hoy nos parece casi imposible renunciar a las salsas, los dulces, los mecatos y la comida chatarra. Pero aun entre aquellos que se precian de comer saludable hay quienes sustituyen los pescados y la carne por productos procesados, que el mercado ofrece como aptos para vegetarianos o veganos. Otros, porque realmente su presupuesto no da para más, sustituyeron la carne y los huevos por embutidos de pollo y de cerdo, y muchos otros dejaron de comer yuca, plátano, maíz etc., para cambiarlos por productos light, que pueden ser “bajos en azúcar o sumar menos carbohidratos”, pero hoy se evidencia que contienen edulcorantes, exceso de sodio o exceso de grasas saturadas y son extremadamente nocivos para la salud. 

De allí la confusión tan grande, cuando aparece en escena el impuesto que grava las bebidas azucaradas y los productos ultraprocesados: no se trata de productos básicos para garantizar la nutrición de las familias colombianas, pues la ley no grava frutas, verduras, carnes, pescados, huevos, lácteos ni otros productos básicos como los granos, el pan, el arroz o las pastas. Se trata de todo aquello que nuestro organismo no necesita para sobrevivir, pero desafortunadamente, vía publicidad y consumismo, se ha vuelto “indispensable” a los ojos de quienes lo consumen de manera irreflexiva.   

Sin embargo, en el mes de noviembre subieron también los huevos, los tomates, la leche, las lentejas, el corrientazo, los panes, los jugos naturales y un sinnúmero de productos básicos. Con lo que a principio de año se mercaba en la plaza, hoy solo se puede llevar la mitad, y todo ello se le endilga al actual gobierno, mientras las grandes cadenas de supermercados, los intermediarios y los tenderos hacen su agosto.

Que nos “metieron gato por liebre” dicen por ahí cuando se habla de la subida en el costo de la canasta básica, que nos engañaron cuando lograron tumbar la reforma tributaria de Duque que prometía gravar con el 19% productos como el arroz, la papá, el café y la cebolla. Lo cierto es que esa conquista importante que se dio con las movilizaciones de la gente y la presión en escenarios políticos se mantiene, aun cuando los especuladores suban los precios y las porciones bajen en la mesa de los hogares y los restaurantes.

Cierto es también que la nueva forma de etiquetado de alimentos, aprobada desde 2021, contribuye a evidenciar nuestros malos hábitos alimenticios y nos invita a reflexionar y asumir prácticas políticas que empiezan con la cuchara. Además, nos demanda establecer relaciones directas con los campesinos y tejer redes de comercialización para acceder realmente a sus productos y arrebatarle a las grandes cadenas el monopolio de la comercialización de productos naturales, limpios y orgánicos.   

Volver a los productos artesanales es también un paso hacia la superación de muchos problemas de salud propios de nuestro siglo, como la diabetes, la obesidad, la hipertensión y problemas cardiacos como el alto riesgo de infartos que conllevan el aumento en el colesterol y los triglicéridos, producidos por el exceso de sodio y grasas saturadas.

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