Por Emilio Taborda

Ilustración: Victor Cuartas
A sus 18 años tenía ya las manos llenas de callos de arar la tierra en su vereda natal, Cañafístula (hoy Santa Bárbara), del municipio de San Carlos, Antioquia. Muchos decían que no podría sentir la suavidad de un poema plasmado en un papel, que las letras no eran como la tierra incrustada en sus uñas. Pero yo sabía que las letras no se sienten solo con la mano sino también con el corazón. Le propuse que nos viéramos por lo menos una vez a la semana en la escuela. Podría entonces usar herramientas que daría frutos dentro de sí: papel y tinta para sembrar sus ideas.
Así comenzamos a reunirnos un día a la semana. Sus ojos expresaban la inmensa felicidad que sentía por estar explorando mundos que antes desconocía. Sonreía de tal manera que quienes lo miraban se contagiaban y no podían evitar copiar el gesto en sus rostros durante todo el día. A diferencia de muchos estudiantes de la ciudad, que no ven la hora de salir de las cuatro paredes de un aula o de no coger un libro durante mucho tiempo, él subía la mirada al cielo, como calculando cuánto tiempo faltaría para ir al colegio; incluso en los días que no asistía por estar trabajando se pasaba las noches desvelado intentando aprender el sonido que producen dos letras al juntarse. Era 1998 y el futuro parecía abrírsele de forma rotunda.
Después de un tiempo me regaló una buena noticia: su asistencia al colegio ya no iba a ser de un día a la semana sino de dos. No importaba si llovía o hacía sol, nunca faltó a los encuentros; lo hacía lleno de sudor, tierra y con sus botas de trabajo. Creo que la única vez que vi a una persona tan feliz fue cuando nació mi primer hijo y mi esposa lo pudo sostener en sus manos. Hizo en unas cuantas semanas lo que muchos tardan años enteros: había aprendido el alfabeto completo y ahora se enfrentaba a los libros, cuentos cortos, historias, que lo atrapaban y no lo dejaban escapar, era como una mosca incapaz de liberarse de las redes de un arácnido. Al mismo tiempo que aprendía a leer recuperaba la oportunidad que la vida le había negado: se convertía en niño. Después de estudiar jugábamos fútbol con los estudiantes de primaria de la escuela.
Un día como cualquier otro pasó algo, y yo ya no volvería a ser un profe como cualquier otro y ese día no sería capaz de confundirse con los demás. Mientras compartíamos algunos alimentos en el comedor del colegio se acercó un grupo de hombres con sus trajes camuflados. Las abuelas suelen decir que las mariposas que entran en las casas traen malas noticias, anuncian una muerte segura; tantas veces se han repetido esas palabras que muchos temen lo peor cuando ven una en la esquina de su cuarto. Del mismo modo, nosotros comprendíamos que los uniformes camuflados, no importa cuál sea, nunca es señal de buenas noticias.
Me saludaron como si nada hubiese pasado ni fuese a pasar. Me dijeron que necesitaban unos estudiantes, pero que iban a esperar a que termináramos de comer. Sentí que una parte de mí se escapaba, no soportaba la presión en mi pecho, sabía que algo iba a pasar: los nombres mencionados eran el de los 3 estudiantes con más edad de la escuela, entre los cuales figuraba un joven de 18 años que aprendió a leer en unas cuantas semanas, al que la vida le decía que podía volver a ser niño.
Terminamos de comer, llamaron a los jóvenes. Bastaron 5 minutos y poco más de una cuadra de distancia para que una ráfaga de tiros ensordeciera todo el pueblo. Yo no podía escuchar, sólo sentir cómo las lágrimas que se escapaban de mis ojos recorrían cada parte de mi rostro hasta terminar en las cabezas de los niños que abrazaba para protegerlos de cualquier cosa que pudiera pasar.
A los maestros se nos pide, se nos exige, que debemos estar presentes en todo momento y en todo lugar. Pero yo nunca más pude volver al colegio. Ese mismo día me fui del pueblo, pero no por miedo, sino porque cada vez que quería dar un paso para llegar a las aulas mis piernas no respondían, temblaban; mi mano no tenía fuerza para sostener una tiza, y mi voz se quebraba con un simple “hola”. Bastaron unos cuantos días para que la violencia consumiera el territorio; no quedó una sola de las familias que allí vivían. Algunos fueron asesinados cruelmente, otros lograron escapar dejando atrás la vida que habían construido, las raíces que les permitieron crecer, los amigos que los habían consolado, los familiares que los habían amado y las parejas que los habían besado.
El caso es que mientras esto pasaba, algunos funcionarios públicos decían que “el conflicto armado no existe”, las redes sociales se llenaban de imágenes que deslegitiman los procesos de paz, y las señoras que van a la iglesia los domingos por la mañana exigían la muerte de todos esos “campesinos guerrilleros”.
