Por Tatiana Machado

En la foto: Sector rural en Ituango, tomada de H13n.com
El año pasado escribía acerca de la importancia que los resultados de las pruebas Saber 11 tienen en la vida de las y los estudiantes, docentes e instituciones educativas en general: casi 11 años de formación se resumen en esas horas de un domingo en las que los estudiantes se ven enfrentados a la larga lista de preguntas y a esa interminable hoja de respuestas. Hablé del presente y de la institución donde trabajo actualmente, pero ahora quisiera escribir desde otro lugar.
Mi primera experiencia como docente fue en el municipio de Ituango, en el denominado norte lejano de Antioquia, para evitar decir que es por allá donde el diablo voltió la cola; y la escuela, un Centro educativo rural, queda todavía un poco más lejos que eso. Allí, trabajando bajo el modelo de postprimaria, me encontré una cara de la educación que para mí era desconocida: estaba sola en el filo de la enorme montaña, trabajando con las uñas, pero de los pies, como me decía un compañero. Yo era la única docente, con algunos libros de Escuela Nueva, sin internet y con el privilegio de un televisor y cinco computadores a medio servir, tenía que recibir a los estudiantes cada mañana, desde sexto hasta once para construir con ellos conocimientos de todas las áreas, hasta de esas que no domino, pero ni de riesgos.
Ese año se retomaban las actividades dentro de las escuelas después del encierro por la pandemia del COVID 19, y en el grado once tenía tres estudiantes, eran mujeres que ya tenían hijos y esposo, y una de ellas hasta con un largo historial de abuso y violencia intrafamiliar, las tres eran mayores de edad. Estudiar para ellas implicaba un esfuerzo enorme, no solo por la larga caminata entre la escuela y sus hogares, situación por la que pasaban la mayoría de los niños, sino también por toda esa carga que, en una sociedad patriarcal como la nuestra, pesa sobre la espalda de las mujeres que han conformado una familia.
Pero su deseo de estudiar solo podía realizarse allí en esa pequeña escuela de tres aulas, porque no existía programa de educación para adultos y la virtualidad era imposible, hasta la señal telefónica era deficiente. Así, ellas llegaban a la escuela todos los días a las 8:00 am, a veces acompañadas de sus hijos, para poder aprender algo y hacer lo necesario para tener el anhelado diploma de bachiller.
Fueron pasando los meses entre ir y venir, y en Julio de ese año se presentó uno de los desplazamientos masivos más grandes en la historia del departamento, aproximadamente tres mil personas debieron salir de sus hogares hacia el casco urbano de Ituango, amenazados por los inminentes enfrentamientos entre las disidencias de las FARC y las A.G.C. Allí estaba yo, pero lo que sucedió en esos días da para otra historia, un libro… Un libro enorme acerca del despojo, el olvido y el arribismo de esta sociedad que está enferma de indiferencia.
Hoy me voy a detener en algo específico. Durante esos doce días que permanecieron en el casco urbano las estudiantes de once, junto a muchos otros jóvenes de otras veredas, accedieron a un preicfes virtual que estaba ofreciendo la Universidad de Antioquia. Y me detengo aquí porque esas jóvenes con las que había compartido todos esos meses, las de rostro cansado, a pesar del hacinamiento frente a una pantalla de televisión en la pequeña biblioteca del pueblo, sin computadores para realizar los ejercicios, tenían la mirada iluminada por la sorpresa y el asombro. En medio de toda esa situación tan desoladora, compartí con ellas un momento de esperanza.
Con el retorno al territorio las cosas volvieron a la cotidianidad. Recuerdo que, aunque no eran especialmente cercanas, dos de ellas pagaron la inscripción a las pruebas Saber 11 de la otra compañera que no podía pagarla, y entendí que no tenían la compinchería de los otros niños y adolescentes con los que estábamos, sino que era una solidaridad y una complicidad nacidas de las adversidades. De las tres, solo una obtuvo un puntaje por encima de doscientos puntos en la prueba, y, sin sorpresas, la institución educativa, en general, fue una de las peores puntuadas en el departamento. Mirando hacia atrás me doy cuenta que el directivo docente lo mencionó someramente, y no se hizo ningún tipo de análisis. Todo continuó sin ton ni son, fue algo así como que nada esperábamos y nada pasó.
Esa cara de la educación que les comentaba que conocí allá en esa lejura, como me dicen mis allegados, nada tenía que ver con esos resultados de la prueba, y aunque me llenó de una profunda tristeza la confirmación de que el escape a la precaria situación de esas estudiantes era un espejismo, porque las oportunidades reales no se han hecho para ellas. También fue liberador saber que no todo dependía de esos números y que existía cierta libertad para hacer de esa escuela un lugar en el que desear estar, un lugar para ser niños y niñas, para soñar despiertos, en medio de un contexto que obliga a ser adulto para la guerra, para el trabajo, para ser madre.
No es mi intención romantizar malos resultados académicos y comparto las preocupaciones del nuevo secretario de educación del departamento, Mauricio Alviar, compartidas en una reciente entrevista publicada por El Colombiano. En ella habla primero de calidad, de permanencia y de cerrar la brecha educativa en la ruralidad y lo urbano. Lo que no comparto es la prioridad con la que se debe abordar cada aspecto, no es la calidad medida en números de resultados de exámenes la que hace a los niños permanecer en las escuelas, y no es posible cerrar una brecha partiendo de una estadística que desconoce la complejidad de la ruralidad del territorio antioqueño, donde en algunos lugares aún se sobrevive con la necesidades del siglo XIX.
Mis recuerdos a Berta, a Diana y a Luisa.
