El mercado genético y sus alcances


Por José Agudelo

Imagen tomada de Pixabay.

La fijación en la genética, sus variaciones y posibilidad de manipulación, derivada de productos de ciencia ficción, logra posicionarse cada vez más en el discurso común en nuestro día. Con el asombro que hay de las posibilidades de la Inteligencia Artificial, la opinión pública parece muy convencida de los alcances de la computación, pero quedan varias preguntas del alcance y del progreso del ser humano en el futuro. De este modo, la vista vuelve sobre los distintos proyectos y técnicas de ingeniería genética que vienen desde hace unas décadas.

Varios recordamos el impacto de la oveja Dolly en 1996. Este animal fue producto de un proceso de clonación. Se logró que la célula adulta de una primera oveja lograse replicar todo el proceso de multiplicación propia de la gestación. Al tratarse de una clonación en mamíferos, se planteó todo un abanico de posibilidades con la clonación. Desde hace una década es tendencia entre varias celebridades y figuras políticas la clonación de mascotas. Este es un servicio que echa mano, de manera más sofisticada, de los mismos procesos de la clonación de Dolly, permitiendo clonar gatos, perros y caballos.

El procedimiento no es para nada barato, suele costar, de acuerdo con la empresa genética Viagen, 50 mil dólares para gatos y perros y 85 mil dólares para equinos. Este servicio se promueve con dos fines principales: el primero, que el cliente pueda tener un clon de una mascota fallecida, prolongando la compañía del animal físico al que le guarda afecto (una manera de desconocer la muerte del ser querido); y segundo, como una forma de conservar un ejemplar con pedigrí para la reproducción de una raza específica (y por lo tanto lucrarse de las montas).

Aunque las empresas previenen de que no se puede esperar un animal idéntico, ya que el comportamiento variará en el clon respecto al original, varios son los que han comprado los servicios. De este modo, la clonación se opta a sabiendas de que no será la misma criatura, en comportamiento y apariencia, por lo que en últimas termina reproduciendo la dinámica de consumo con las meras ansias de poseer, a modo de mercancía de lujo, un ejemplar o varios. Tal es el caso de líderes mundiales como Javier Milei, que tiene cuatro clones de su perro, un mastín inglés llamado Conan y que falleció en 2017. El biógrafo no autorizado del mandatario argentino, Juan Luis González, deduce que es muestra de un carácter solitario que no tiene suficientes amistades. Pero el hecho de que el entonces prospecto de candidato mandara a hacer seis clones (dos fallecieron a las semanas de nacer), gastando miles de dólares, no es más que una muestra de opulencia y acaparamiento que se oculta en la soledad banal de un duelo sentimental.

Las innovaciones y fantasías de la ingeniería genética han sido posibles por los avances en ingeniería reproductiva. En el caso de mujeres que no cuentan, muchas veces por decisión y por su sexualidad, con un hombre para gestar un bebé, la fecundación posibilitada por donación de semen es una solución para vivir la experiencia completa de la maternidad. La donación de semen es mediada por bancos de semen, que convocan a hombres a dar una muestra del fluido a cambio de una remuneración económica.

Pero estos bancos no reciben y otorgan al azar la muestra de cualquiera. Para ello, cada empresa presenta una lista de requisitos, que van desde la apariencia física y la edad, hasta los logros sociales y un historial judicial limpio. Con el primer tipo de requisitos aspiran a tener un catálogo variado para competir en el mercado, y el segundo para aumentar el precio de venta de las muestras de semen, sosteniendo con bases seudocientíficas que el éxito y la aprobación social es una cuestión genética. Quienes contratan estos servicios buscan que sea personalizado, se detienen viendo cartillas anónimas de los datos de cada donante para escoger a uno que tenga todo lo que quieren en el bebé a concebir.

Vemos cómo el mercado genético está integrado en las dinámicas de consumo, ganancia y de opulencia de este sistema. La mejora transhumanista de la especie se percibe como un espectáculo inofensivo que sigue las dinámicas a las que estamos acostumbrados, augurando un futuro brillante y beneficioso. Pero en ambos casos pueden contemplarse ciertos conflictos específicos.

A la base de la personalización genética del servicio de los bancos de semen está el hecho de que hay una eugenesia práctica, puesto que es el flujo del mercado y la competencia en la oferta la que determina quien puede reproducirse y quien no debe reproducirse, ocultando motivos raciales o de discriminación social. En el caso de la clonación de animales domésticos, esta eugenesia se realiza con fines lucrativos, puesto que se realiza para asegurar la reproducción de un ejemplar, valioso para ciertos mercados, que asegurará réditos por las montas.

Estos problemas adquieren otra dimensión cuando contemplamos avances o hechos que revelan un presente sombrío. En el caso de la clonación se está avanzando en la creación de vientres artificiales, que permitirían la gestación masiva y simultanea de varios especímenes, ya que no dependería de la gestación subrogada como actualmente ocurre. Esto aplicado a la ganadería, o en seres humanos, lograría desbordar todo límite social que tengamos respecto a la economía, la propiedad o el derecho, respectivamente.

Actualmente, en Palestina, hay un tráfico de semen multitudinario. De una parte, los soldados israelíes tienen que dejar una muestra, por si acaso mueren en oficio, para que sus esposas puedan asegurar su progenie de futuros soldados; y los hombres palestinos que están presos buscan que su semen llegue a sus familias para asegurar la descendencia de un pueblo frente al genocidio. Esto revela que la fijación en la genética tiene motivos políticos en los contextos más severos del panorama actual. El futuro asegurado en la ingeniería genética reproduce las dinámicas del presente: o se usa para producir y multiplicar mercancías; o para excluir a ciertas personas y para desconocer pueblos enteros.

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