Por Nadia Patiño

Imagen tomada de Pinterest
En el año 2013 salió la Ley 1620 que creó el Sistema Nacional de Convivencia Escolar y Formación para el Ejercicio de los Derechos Humanos, la Educación para la Sexualidad y la Prevención y Mitigación de la Violencia Escolar.
Las personas que hacemos parte del sistema educativo sentíamos que recaía en nosotros y nosotras mucha de la responsabilidad jurídica, social y comportamental de los estudiantes y su entorno. Saber que por omisión de cualquier caso o mínima sospecha que pudiésemos observar debíamos exponer mediante un formato bien específico la situación evidenciada y llevarla ante el comité de convivencia escolar (grupo de personas encabezadas desde la rectoría, que tiene como obligación: activar rutas y direccionar cualquier acción que quebrante la convivencia, detección o presunción de abuso o acoso escolar).
A los profes se nos delegaba la responsabilidad de estar atentos ante cualquier situación y reportarla sin omitir detalles, con evidencias; algo así como ser detectives, sabiendo hasta dónde llegar para no “viciar” el caso. Una sentía que estaba metida en camisa de once varas, había mucho temor, pero tocaba asumirlo.
¿Qué pasaba por nuestras mentes frente a las acciones y seguimientos con los que debíamos cumplir? Volvernos mucho más observadores o no, escuchar mejor o no, propiciar espacios en los que salgan a la luz situaciones, así sea por sospecha o presunción, que debemos denunciar según este orden jurídico y el sentido ético de protección y correlación por los niños, niñas y jóvenes, que se nos desarrolla a quienes amamos el oficio.
Es algo así como el instinto de una gallina que cuida a sus pollitos o una leona enfurecida que no deja ver sus cachorros. Solo esa clase de emoción nos hace ser súper héroes y heroínas que denuncian, casi siempre en situaciones donde la vida y la integridad propia se ponen en riesgo; pero el deber ético no tiene precio, se hace y lo seguiremos haciendo en medio de una sociedad enferma.
Una esmeralda en bruto llegó a mi vida. Ese año reboté y caí en el abismo, abrí mis ojos y me vi reflejada en esa gema solitaria y opaca, la vida me llevaba a ella sin yo saberlo, yo no estaba para mí, pero estaría enteramente para ella.
La vi entrar por la puerta del salón de clase con una delgadez extrema, desaliñada, despeinada, con un recipiente de jabón al que se aferraba obstinadamente; cuando lo destapó en el descanso pude ver dentro de él una tajada frita de maduro y dos cucharadas de arroz. No traía útiles escolares, pero resaltaban sus grandes ojos color verde esmeralda, como su nombre, y un sinfín de gestos y expresiones que pedían con urgencia: atención, cariño y un S.O.S que me exigía desentrañar en Esmeralda lo que sucedía.
Aplicando mis estrategias de experimentada docente “detective”, logré que, por medio del dibujo, del juego de roles y de los cuentos, salieran a la luz los peores horrores y vejámenes que padecía esta hermosa esmeralda de tan solo 6 años.
Las opciones eran denunciar ante el comité de convivencia o hacer la denuncia anónima ante la línea 123. Opté por la primera, se activó la ruta ante la policía de infancia y adolescencia, el proceso y las investigaciones quedaron en manos de las diferentes entidades que acompañan estos procesos. De este lado nos quedaba esperar que la justicia se aplicara a los “presuntos implicados”. Las comillas tienen que ver con que es la manera cómo exige la Ley que se nombren; es decir, no se pueden nombrar, por ejemplo, ni padre, tío, hermano, o padrastro.
Días después llegaron varios funcionarios a la institución educativa (ya había empezado la jornada), policías, comisario, personal de infancia y adolescencia, preguntaban por mí y la niña, nos hicieron salir a un corredor y allí nos separaron. Después de un rato escribieron en un libro, llamaron al rector y se dirigieron a la puerta de salida, yo también.
Subieron a la niña en una camioneta; mientras yo esperaba en la puerta, ella volteó la cabeza y me miró fijamente con sus enormes ojos verdes ¿se despedía, se preguntaba por qué estaba pasando todo, me entendía o no?
Después de muchos años supe que ella estaba en un hogar de paso del ICBF.
Este año la recepción de casos y denuncias sigue siendo alarmante:
El Boletín Estadístico del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar indicó que 69.660 menores de edad ingresaron a Procesos de Restablecimiento de Derechos (PARD) por diversas razones, siendo las principales la omisión o negligencia y la violencia sexual. Entre enero y febrero de 2024, se registraron 7.433 nuevos casos. Datos alarmantes respaldan estas afirmaciones. Informes recientes indican un elevado número de menores afectados por muertes violentas y suicidios, así como una alta incidencia de casos de violencia, acoso y abuso ocurridos todos en el entorno familiar. Estas cifras destacan la vulnerabilidad específica de los niños y adolescentes frente a tales agresiones.
En medio de estas realidades aparecen aquellas piedras preciosas de nuestro territorio, esmeraldas que como mejores lapidarios debemos formar, para realzar su belleza y aquellas o aquellos que, por su rareza, pasan de repente al anonimato o se exaltan. Por ellas, nos dice la experiencia que es necesario realizar la extracción de su esencia, para darles su lugar y más alto valor.
Ante la sociedad, son comunes los casos en los cuales quienes denuncian suelen ser amenazados, cuestionados, señalados y hasta linchados. En el caso de las y los docentes estos riesgos se convierten también en “gajes del oficio”.
Las esmeraldas a la espera de reivindicación de sus derechos también aparecen en nuestra vida con caras y formas distintas: de perro, gato, árbol, río y lugares; pero aparecen. Hay quienes eligen hacerse los sordos y los ciegos para no desentrañar esmeraldas. Identificarlas y extraerlas de las profundidades, es tarea compleja y comprometedora. No obstante, seguimos siendo el primer país en producir diferentes tipos y clases de Esmeraldas.
