Por José Agudelo

Imagen Sarah Lötscher en Pixabay.
Desde los años 80 del siglo pasado se empezó a usar, cada vez más, en el vocablo popular, la palabra “secta”. El motivo tiene que ver con el Pánico Satánico. Este fue un fenómeno mediático en el que se daba mala imagen a productos culturales y a personalidades del espectáculo y de la política asociándolos con sectas de culto demoniaco. Más allá de la anécdota y de sus consecuencias, la narrativa de que hay sectas que atentan contra los individuos se utilizó para describir a grupos coercitivos, aquellos que imponen una forma de hablar, vestir, actuar y que convierte a todo quien es captado en un chovinista mecanizado para hacer proselitismo en cualquier momento.
En la historia de la religión se llama secta a un grupo o tradición que practica o predica doctrinas distintas a las que dominan dentro de una tradición religiosa. Si nos acercamos a la historia del hinduismo, por ejemplo, podremos hacer un listado de hasta más de trescientas sectas a lo largo de milenios, pues en cada momento histórico surgen nuevas interpretaciones religiosas dentro de la tradición. En la historia del cristianismo, en sus inicios, se pueden contar numerosas sectas antes del establecimiento de los obispados y del Concilio de Nicea, y en este caso es por el montón de interpretaciones primitivas sobre la vida de Jesucristo previas a una tradición oficial.
Por todo lo anterior, solemos pensar en los nuevos movimientos religiosos, grupos esotéricos o en grupos no convencionales dentro de las grandes religiones como sectas en el sentido de grupos coercitivos. Los vemos en la vía pública repartiendo panfletos, haciendo manifestaciones y danzas, o los distinguimos por sus conductas uniformes que se replican en distintos adeptos. En la cultura se han podido trasladar las sectas de cultos demoniacos ficticios a manifestaciones religiosas no convencionales.
Pero casos recientes, como los registrados por el periodista español Carles Tamayo, obligan a desplazar aún más el foco de atención sobre lo que puede ser denominado secta o no. Las famosas estafas piramidales han resurgido con estrategias sectarias. Empresas de comercio en línea se presentan como la única alternativa para alcanzar fortuna solo si se adquiere sus productos, que pueden ser cursos o libros, y se ofrece una rebaja a cambio de que el interesado capte a más personas. Para que el dinero siga fluyendo, a diferencia de otras estafas, se inducen largas reuniones en línea donde se da un discurso de superación, en el que se promete alcanzar las metas más íntimas de cada persona a cambio de seguir estrictos lineamientos de acción y de interacción social.
Se induce una doctrina del enemigo externo, de a quien no hay que escuchar y a quien hay que atacar de manera organizada y mediática para facilitar la promoción de los contenidos de la estafa. Con esto, varios jóvenes en España en la estafa Im Academy, empiezan a hacer proselitismo de la plataforma en la que se supone se otorgan los secretos del dinero digital, se aíslan de sus familias y grupos de amigos, gastan mucho dinero, propio o ajeno, en contribuir a la plataforma, y adoptan posturas de ciber matoneo y amenazas contra los críticos de la plataforma.
Este caso es el que nos permite hablar de sectas comerciales, o de estafas piramidales con corte sectario. En este tipo de estafas no encontrarás a los adeptos en la calle dando panfletos o tocando a la puerta de tu casa, sino en redes sociales creando y replicando contenido hacia los sitios web donde se gestan todas estas dinámicas. Pero sectas también las hay educativas, filantrópicas y políticas. Un caso de las primeras es el de Nueva Acrópolis, una organización internacional que se dedica a la enseñanza de filosofía práctica por medio de talleres artísticos; pero varios sobrevivientes, como la activista argentina Daniella Scuadroni, atestiguan cómo en el fondo alejan a los asistentes de sus familias con comentarios pasivo agresivos y sutiles, usan la exclusión como forma de aumentar el lazo del adepto, y se promueve una doctrina militar neofascista para los que más se comprometen.
Y, hablando de neofascismo, el autor español David Saavedra (pseudónimo) afirma en varias entrevistas, desde su experiencia como exmilitante nazi, que en los grupos de militancia política fascista se emplean dinámicas de coerción muy parecidas a las de sectas religiosas. Y pudiéramos recordar, desde Colombia, el caso de la Comunidad del Anillo dentro de la Policía Nacional, donde, dentro de la institución, se aplicaban tácticas coercitivas para facilitar un mercado de explotación sexual con los agentes de menor rango.
Pareciera que hoy en día toda agrupación tendiera a ser secta, pero esta perspectiva no es más que argumento barato de falso librepensador. La psicóloga española Laura Merlino destaca que en una secta hay un líder o gurú carismático que infunde cariño y respeto, ya que se muestra como el que tiene el conocimiento más veraz en lo que respecta al campo de acción de la secta. De este gurú se desprenden prácticas estrictas ya sea en conducta, habla o vestimenta, y la necesidad de relacionarse solo con quienes comparten esas prácticas y avalan el discurso del líder; es decir, solo con otros adeptos, lo que lleva al distanciamiento de la familia y de círculos sociales de la persona. Pablo Salum, activista argentino, destaca que en las sectas siempre se llega a la explotación laboral ya que obligan a trabajo no remunerado y forzado.
Pero, ¿Por qué hay gente en las sectas? No es por estupidez, sino por situaciones de vulnerabilidad, sea económica, social o emocional. Las sectas ofrecen pertenencia a un grupo y prestigio por tener acceso a un contenido exclusivo. Por eso se puede entender que quienes tengan problemas económicos recurran a las sectas comerciales, o que los jóvenes se involucren en sectas filantrópicas o políticas. Quien quiera ascender en una institución, empresa o familia puede aceptar prácticas coercitivas. Las sectas se ofrecen como una manera de superar la frustración de la vida cotidiana. Es por eso por lo que la solidaridad, ofrecer red de apoyo a quienes lo necesiten, hace parte de la lucha por el pensamiento crítico.
