
«Grito de los excluidos» (2004) – Pavel Egüés
Cuando se mira con juicio la historia de la humanidad, nos enteramos que el mundo conocido siempre, o infinidad de veces, ha estado a punto de desmoronarse. En la biblia nada más sobran ejemplos, empezando por el diluvio universal y la destrucción de Sodoma y Gomorra, atribuidos al acto de justicia de Dios contra la humanidad por su hundimiento moral. Pero también la invasión de América, la Inquisición, Las guerras europeas del siglo XX, el Holocausto Nazi, la guerra fría, la guerra de los Balcanes y el genocidio que hoy desarrolla Israel en territorio palestino, ante la vista cómplice de las grandes potencias, pueden leerse como evidencias de un mundo que se hunde en su propia miseria moral.
Y a pesar de tanto poder destructivo que ha desarrollado la especie humana para acabar con ella misma y con todo lo que se le atraviese, nunca termina de hundirse, y por momentos florecen también procesos que llenan de esperanza. Y es que las luchas de resistencia, que desde siempre se han alzado contra las pretensiones de los poderosos, no buscan solo preservar la existencia de los vapuleados y vulnerados, sino construir un mundo mejor, donde la amenaza de derrumbamiento no marque permanentemente la cotidianidad de los pueblos y los individuos. Así que cuando el mundo conocido evidencia la podredumbre moral sobre la que ha sido edificado, aparecen comunidades, individuos, organizaciones en las orillas más humildes, que se esfuerzan por reinventar el mundo y construirlo desde otros cimientos. La historia de la humanidad, en últimas, nos muestra que cada día el mundo demanda de nosotros y nosotras todo el esfuerzo de nuestra imaginación moral para reinventarlo, para ponernos por encima de la tendencia destructiva que los poderosos han erigido como la forma privilegiada de estar en el mundo.
Pero la necesidad de reinventar el mundo cada día no significa sacarlo de la nada o hacerlo surgir de un sombrero de mago. Más bien significa un esfuerzo por realizar la utopía que desde siempre late y anima las luchas más genuinas de los humildes y menesterosos: un mundo sin explotación ni opresión de ningún tipo, donde todas y todos nos veamos y actuemos como iguales socialmente, sin que ello implique renunciar a nuestras diferencias individuales y grupales, que nos hacen precisamente únicos e irrepetibles. Efectivamente, la utopía ha estado ahí desde tiempos inmemoriales, pero cada nueva época demanda o hace posible nuevos contenidos para actualizarla y, sobre todo, para materializarla.
Dicha actualización, sin embargo, se enfrenta cada día a los diques materiales y mentales que construyen los poderosos para defender sus privilegios; es decir, para perpetuar y naturalizar este mundo de opresión e injusticia en el que ellos sienten realizada su propia “utopía” particular: la de ser los dueños del mundo y de la vida y usarlos sin obstáculo para satisfacer su ambición y sus caprichos más desmedidos. Para ellos (para quienes se benefician sistemáticamente con la injusticia estructural por ellos mismos instaurada) la utopía ya está realizada y somos nosotros, los menesterosos y oprimidos, quienes la ponemos en peligro cada día con nuestras demandas y con el anhelo de eliminar la opresión y la injusticia como condición para la realización de nuestra humanidad.
En su empeño por presentar este mundo, contra toda evidencia, como el mejor de los mundos posibles, los poderosos se apropian permanentemente de los contenidos que históricamente los pueblos le van dando a la utopía, y se erigen arbitrariamente como los defensores de dichos contenidos. Pero no sin antes tergiversarlos a su conveniencia o presentarlos como ya realizados en su estado más precario. Los gobiernos estadounidenses, por ejemplo, se presentan permanentemente como los defensores de los derechos humanos, la paz y la democracia, y a nombre de estos valores invaden pueblos, derrocan presidentes o imponen dictaduras criminales que les permitan saquea las riquezas de esos territorios o doblegar a sus pueblos y convertirlos en lacayos de sus intereses. Igual sucede al interior de los países, donde los poderosos capturan los órganos de poder político y los ponen al servicio de sus empresas criminales, alegando que actúan en nombre del interés general. El Estado colombiano, dirigido por una élite rentista y criminal, ha hecho la guerra sistemáticamente contra los campesinos, los sindicalistas, los estudiantes, las organizaciones populares en barrios y veredas, y la presenta como estrategia necesaria para asegurar la paz en los territorios, cuando es realmente para asegurar el control social y económico por parte de las élites nacionales y extranjeras.
Uno podría decir con Galeano que estamos presenciando el mundo patas arriba, si no fuera porque esto supone aceptar que alguna vez estuvo al derecho. Ahora resulta que la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos le reconoce inmunidad parcial a Donald Trump para blindarlo de múltiples juicios legales que hoy enfrenta, y sus seguidores lo celebran como el triunfo de la democracia, cuando realmente lo que garantiza es que a la Casa Blanca llegue un criminal probado y con capacidad de burlar cínicamente la ley. Igual ocurre en Colombia donde la oposición cierra filas para bloquear o deformar las reformas del actual gobierno en favor de los desfavorecidos, y lo hace supuestamente en defensa de la democracia, cuando realmente defiende los negocios de ella misma, amenazados por las reformas que buscan un poco de justicia social.
En realidad, para que la democracia ingrese en el universo de la utopía tenemos que reinventarla y arrebatarla de las manos de quienes la usan para sojuzgar al pueblo. Si la democracia expresa realmente el poder del pueblo, este tiene que erigirse en sujeto capaz de dirigirse, de diseñar sus proyectos colectivos de sociedad y de humanidad y de trabajar mancomunadamente por su realización. Por lo tanto, la reinvención de la democracia como la forma de organización del poder popular para la realización de la utopía implica la reinvención del sujeto que la encarne. Pues el pueblo, hasta ahora, solo ha sido una veleta funcional en manos de los poderosos. Sin la educación política y moral del pueblo, la democracia es solo una cáscara vacía que las élites llenan de contenido en función de sus intereses y necesidades inmediatas.
Que el pueblo se erija como encarnación de la democracia y la utopía implica que cada individuo se reconozca en el espejo del otro, igual de menesteroso y sojuzgado, y que en ese reconocimiento se avive la necesidad de trabajar juntos para eliminar la opresión y la injusticia en todas sus formas desde los espacios compartidos, desde los territorios habitados. Esa es una tarea que hoy demanda los mayores esfuerzos de la imaginación, pues la alienación promovida por la sociedad de consumo nos ha vuelto tan extraños a nosotros mismos, que nos reconocemos más fácilmente en los ideales, imposibles para nosotros, ofrecidos por la burguesía, que en el indigente, campesino, indígena, negro, obrero o estudiante que tenemos cerca y con el que compartimos nuestra suerte.
Solo un pueblo capaz de ejercer la democracia real, como fuerza transformadora, en los territorios, está maduro para tomar en sus manos colectivamente su destino y redireccionar el mundo en función de la utopía, sin necesidad de caudillos que lo releven cada cuatro años y sin resignarse a la forma de vida capitalista presentada por los poderosos como una utopía realizada.

«La Pachamama» – Beatriz Aurora Castedo
