Carta a Noam Chomsky

Saludos señor Chomsky. Me animo a escribirle esta misiva porque andaba yo leyendo su libro La (des) educación cuando me sorprendió la falsa noticia de su muerte en Brasíl. En pocos minutos la noticia de su muerte le daba la vuelta al mundo, horas después era desmentida. La maquinaria de desinformación de la que usted ha develado su manera de operar -manipulando y engañando las masas- quiso matarle, pero no pudo, ni podrá.
Mientras seguía sus explicaciones sobre la mala propaganda dirigida desde Washington hacia los países de América Latina, recordé cómo mi infancia y parte de la adolescencia estuvo marcada por las series y películas que perfilaban a los ejércitos norteamericanos como paradigma de “los buenos”. Desde Rambo, Misión del deber (como banda sonora la canción Paint it black de los Rollin Stone), Forrest Gump, Platoon, La caída del halcón negro y un largo etcétera. Puedo decir que crecí, que crecimos viendo cómo esos “buenos” combatían a los “malos” desde diferentes geografías, sin preguntarnos mucho por qué eran malos o buenos; la verdad es que poco o nada se nos explicaba sobre el asunto desde las aulas de clase.
Este comentario viene a cuento porque hubo una serie animada que me marcó mucho, se llamaba el Capitán planeta y los Planetarios. La serie, que tenía un claro enfoque ecologista, mostraba a cinco jóvenes con anillos de poder: representantes de África, con el poder de la tierra; América del Norte, con el poder del fuego; la Unión Soviética, poder del viento, Asia, poder del agua y América del Sur, poder del corazón. Juntos podían llamar al capitán planeta a combatir a los malhechores que ponían en riesgo a la tierra. El asunto es que no entendía por qué el poder del fuego estaba controlado por Norteamérica (lo consideraba el más poderoso) y me molestaba sobremanera ver a Ma – Ti, el más pequeño de todos los planetarios, con el poder del corazón, sobre todo, porque a lo largo de la serie lo consideraban como una especie de hermano menor, indefenso y frágil.
Seguro señor Chomsky que ya empieza a sospechar el asunto. Que esa premisa de “América para los americanos”, de la doctrina Monroe, ha perfilado a lo largo de la historia de los dos últimos siglos a los países de América Latina y el Caribe como esos hijos pequeños de Norteamérica que hay que asistir, educar y, sobre todo, controlar, entiéndase “reprimir”.
En este orden de ideas usted ha sido enfático en preguntar desde su libro: ¿cuántos intelectuales de nuestro país han leído lo escrito por intelectuales latinoamericanos-centroamericanos, asesinados por los varios ejércitos que actúan como delegados nuestros? El asunto es tremendo asunto, si consideramos que el “hermano mayor” no ha traído al sur más que la conveniencia de sus propios intereses económicos y políticos, que como usted y la historia lo muestran se ha traducido en intervenciones militares en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Panamá, Cuba, panamá, Chile, Haití; que cerca del 90 por 100 de los insumos que hacían parte del bloqueo a Cuba por la ley Clinton y Torricelli eran alimentos, ayuda humanitaria y medicamentos. Un espíritu antifamiliar y antiinfantil a nivel interno y de exportación, como usted bien lo demuestra.
El águila del norte ha hecho nido cómodamente en Nuestra América (Guantánamo, Canal de Panamá, Puerto Rico). De la Escuela de las Américas, academia de instrucción militar fundada por los Estados Unidos en 1946 muy cerca del Canal que construyeron en el istmo, se calcula que formaron más de 83.000 soldados latinoamericanos en técnicas de guerra, contrainsurgencia y tortura. Muchos de ellos fueron asesinos a sueldo y violadores de derechos humanos en sus países de origen.
Esa representación de poder del fuego que de niño veía en la serie animada, que no entendía, se ha convertido en el capitán planeta, de espíritu guerrerista y garra que va arrebatando, devastando lo que se le interpone a su paso, a su vuelo. Sin embargo, para América Latina el colibrí, el quetzal, el guardabarranco y el cóndor siguen siendo símbolos de resistencia, de esperanzas traducidas en las juntanzas de hombres y mujeres con el poder de sentipensar la vida y sus consecuencias.
En La (des) educación usted confiesa que desde temprana edad estuvo influenciado por el pensamiento del filósofo John Dewey, respecto a sus reflexiones y críticas sobre la democracia y la educación. A la hora de medir los alcances de sus investigaciones, se mezcla el asombro y el desasosiego cuando se puede evidenciar que muchas de las acciones políticas y económicas de los Estados Unidos que usted señalaba se mantienen intactas, o se han vuelto insostenibles respecto a las orientaciones internas del país, a su política exterior y al modelo educativo. Ese modelo educativo de los Estados Unidos, centrado en una educación para la obediencia y la domesticación, donde se enseñan las virtudes de la democracia pero se constriñe a los individuos para que la ejerzan de forma crítica e independiente, donde la educación hace parte del sistema de control y coerción. La fórmula mantenida con saciedad hasta el presente, como usted lo afirma, parece ser que cuando la gente intenta participar en la acción democrática, la clase especializada reacciona en contra postulando una “crisis de la democracia”.
Me despido recordando dos frases suyas que, a mi juicio, ponen estas realidades en perspectiva para la educación y la esperanza. La primera es que no debemos hablar a, sino hablar con. Es decir, tener en cuenta que el conocimiento es una construcción, un diálogo que no se debe imponer desde los centros de poder y de pensamiento. La segunda frase: la obligación de cualquier maestro es ayudar a sus estudiantes a descubrir la verdad por sí mismos. Esta frase se identifica con las perspectivas de pensamiento construidas desde el Sur Global, que recogen la herencia de la Educación Popular y el pensamiento crítico. Son, por decirlo de alguna manera, nuestro caballito de batalla frente a los poderes del capitalismo voraz.
Salud y larga vida a sus ideas señor Chomsky.
