Por Emilio Taborda

Imagen tomada de educamente
Miguel, un estudiante del grado sexto, de 11 años de edad, es uno de esos niños que los profesores, generalmente, no desean tener en sus clases. Cada vez que volteas a verlo está empujando a un compañero, golpeando a alguien, agarrando cosas de sus pares sin permiso, insultando, o haciendo algún otro desmán. En otros momentos sus acciones se dirigen a los profesores: se sale del aula sin permiso, los insulta y los desafía. La situación no sería extraña –pues los docentes constantemente deben enfrentarse a este tipo de condiciones- de no ser porque en este contexto un estudiante como Miguel no es la excepción, sino la norma, pues la gran mayoría se comportan de esta manera. No obstante, vamos a detenernos en el caso de Miguel.
Vale la pena mencionar algunos elementos propios del contexto: la institución educativa de esta historia se encuentra ubicada en un municipio, que como muchos otros en Colombia, se ha visto afectado por el conflicto armado. La guerra y la violencia se han vuelto paisaje común para las personas que habitan este territorio, y podría decirse que la misma cultura se configura en función del conflicto. Los niños que han crecido en este escenario lo han interiorizado tanto que no es extraño encontrarse con que sus juegos, chistes, comentarios y proyectos giran todos en torno a estas dinámicas: sus juegos de policías y ladrones tienen el distintivo de incluir dinámicas de secuestro y penas o torturas leves para los que vayan perdiendo. En una ocasión Julián, un compañero de Miguel, me decía: “Profe, para lo que yo quiero hacer cuando crezca no hay estudios”, al preguntarle qué quería hacer, respondió: “ser malo, coger un arma y poder matar gente”.
Sus celulares están llenos de videos que sacan de internet sobre gente siendo asesinada o torturada; cuando no entregan un trabajo, no responden correctamente un examen o pierden la materia, con naturalidad dicen: “profe, me va a tocar mandarlo a matar”, “si no me pasa va a amanecer en el río flotando en un costal”, “un primo mío lo quiere conocer, y no es para darle la mano”, “¿usted conoce la muerte? Porque yo se la puedo presentar”, y mil comentarios más de este tipo, que uno termina escuchando muchas veces en el transcurso del día. En una ocasión, un estudiante de una de las sedes del colegio, ubicada en una vereda, llegó con un arma y le disparó en 3 ocasiones a otro porque “creía” que este le había cogido el borrador unos días antes.
A pesar de ser una persona apacible, mi paciencia se fue colmando día tras día al recibir insultos, malos tratos, amenazas e indiferencia frente a mis clases. Vocación del docente creo que le dicen a esa actitud masoquista que se nos propone. En dos ocasiones traté de hablar con Miguel, pero todo fue en vano; días después hablé en tres ocasiones con la directora de su grupo, pero nuevamente nada pasó; entonces decidí citar a la madre de familia con dicha profesora para que se tomaran cartas en el asunto desde casa. Debo admitir que mi frustración era tanta que había preparado un discurso, o más bien un juicio, donde no se me escapaba ni el más mínimo detalle de las acciones cometidas por Miguel; calculo que podría haber hablado como mínimo una hora completa sobre sus faltas.
El día de la reunión me encontré con un sinfín de sorpresas, ninguna de las cuales fue grata. En primer lugar, la reunión debía ser corta, pues algunos compromisos con las directivas impedían que esta se prolongara el tiempo que yo había previsto. En segundo lugar, quien había acudido a la reunión era la abuela de Miguel y no su madre, algo que no me agradaba del todo, pues las abuelas casi siempre guardan cierta complicidad amorosa y brindan licencias a sus nietos; es posible que en el fondo yo quisiera que un poco de violencia tuviera lugar. Nadie sabe cuántas veces hemos deseado que nuestros anhelos anteriores no hubiesen tenido lugar en el mundo. La tercera sorpresa fue la que me arrebató las palabras que tenía preparadas: empecé a decirle a la abuela de Miguel que su rendimiento académico no había sido el mejor durante el periodo, y que además este sostenía una actitud grosera. En realidad no pude terminar la frase, pues antes de la última sílaba, la dulce y amorosa abuela había lanzado un golpe a la cara de su nieto que ni el más diestro de los boxeadores podría resistir.
En ese momento yo solo podía apreciar la mirada de El ángel caído de Miguel en el suelo, mientras la abuela, no contenta con el golpe, le insultaba y amenazaba con enviarlo a trabajar en la mina. Como buscando más motivos para desatar una violencia irracional sobre su nieto, la abuela me pidió que le contara más. Mi daño estaba hecho, y lo único que podía hacer era tratar de minimizarlo. Le expliqué que la había hecho llamar para que le apoyara un poco en el desarrollo de las tareas en casa; si le decía todo lo que había preparado, no me extrañaría que le hubiese puesto fin a su vida. Claramente, desde entonces, lo único que recibo de Miguel son miradas de odio que reflejan una clara sed de venganza.
Por cuestiones del azar pude adentrarme un poco más en la historia de vida de Miguel días después. Resulta que su madre lo había abandonado a él y a sus tres hermanos, dejándolos a merced de su abuela. Sospecho que los tratos de la madre no eran mejores, pues, como me contaban, antes de irse les dejó en claro a sus hijos que no les quería, que ellos eran una desgracia y un error en su vida, y lo único que sentía por ellos era odio y desagrado.
La situación me puso a reflexionar durante mucho tiempo sobre el tipo de vida que estamos construyendo para los niños y jóvenes. Nacemos, crecemos y morimos en los brazos de la violencia. Nuestros deseos, acciones y discursos la piden a gritos, incluso cuando no nos damos cuenta. Después nos indignamos cuando la vemos ejercida por otros, cuando aparece frente a nosotros. Si la exigencia es arrebatarle los jóvenes a la violencia, la pregunta que sigue es ¿cómo sacaremos la violencia de nosotros mismos? ¿Estamos dispuestos a abandonarla? ¿Cómo construir otro tipo de sociedad, vidas y relaciones que no se medien por esta?
