País de reinas

Por Natalia Franco

Foto: Esperanza Gallón Domínguez /srtacolombia.org

La sexta edición del concurso nacional de la belleza en Colombia ocurrió la noche del 12 de noviembre de 1955, en el exclusivo Salón Colonial del Hotel Caribe, donde Esperanza Gallón fue coronada como la mujer más bella del país por manos del general Paris, en medio del gobierno militar de Rojas Pinilla.

En la memoria de la mayoría de colombianas persiste la imagen de noches junto a la radio o frente al televisor, cuando la expectativa por el nuevo nombre de la mujer más bella del país se convertía en motivo de reunión y parálisis nacional. El esplendor de la noche de coronación parecía tener la capacidad de cubrir con un velo de belleza los momentos más álgidos de la política, y, sobre todo, hacer que, por una noche, la nación pareciera más palpable.

Para los 50s, la nación colombiana debía ser forjada, y las élites políticas que se venían solidificando desde los partidos tradicionales fueron las autollamadas a direccionar el país.  El reinado nacional de la belleza se fue consolidando en una vitrina que exhibía los modelos de feminidad, clase social y desarrollo de la política. Se convirtió en el escenario predilecto, porque es en el esplendor de aquellas noches de coctel y derroche de buenas costumbres, que una parte de la nación decide ser inventada, atravesada por la belleza. Es decir, la belleza de las candidatas pasa a ser un reflejo de la belleza del territorio nacional, instaurándose como la principal característica del país: ser hermoso. Por eso, no es coincidencia histórica que los orígenes del concurso nacional de la belleza se den en simultáneo con la apertura del país a la modernidad, ni que este se encuentre direccionado por las élites.

La presentación en sociedad y los concursos de fotografías que retrataban a las herederas de las fortunas criollas es lo que viene a sentar las bases del certamen. Es en medio del esplendor de las pasarelas, los bailes y las noches de coronación, que se consolida la compleja mixtura de moral y belleza requerida para definir a la mujer colombiana. Aquella que quisiera ser candidata debía encarnar ese “deber ser”, enmarcado claramente en prácticas católicas, y, además, cumplir con los mínimos fenotípicos, garantizando así poder ser referente de comportamiento y cualidades físicas para todas las demás mujeres del país.

Con cada certamen, van naciendo los estereotipos de belleza regionales, que son enlazados a las propiedades del territorio: las paisas son tan berracas como su gente, las caleñas excelentes bailando salsa, las caribeñas alegres. Así, hasta acentuar modelos estrechos de feminidad, contenidos en la idea global de que las colombianas son las mujeres más hermosas del mundo, y despertando sentimientos de pertenencia desde aquel don tan único: el de ser bellas.

La victoria de este propósito es alcanzada en 1958, cuando Luz Marina Zuluaga es coronada como la mujer más bella del planeta. Se da inicio a la fiebre mediática que consolida al reinado nacional de la belleza como el evento más importante, en el que los y las colombianas se aglomeran para generar identidad, y que, de paso, es útil para distraer la atención de la realidad política de aquel entonces.

Tres grandes ejemplos de la instrumentalización que del reinado se hicieron, fueron: 

1.         La portada de Cromos en 1957 titulada: “llamamiento de la mujer colombiana al plebiscito”. Con esto, las reinas empiezan a ser una figura importante para trasmitir mensajes políticos, en un contexto en el que las mujeres apenas habían alcanzado el sufragio y en el que mayoritariamente las relaciones de poder las ponían en desventaja. Hacer propaganda para que asistieran masivamente a las urnas caía en un ejercicio de paternalización y, por supuesto, de instrumentalización para garantizar el establecimiento del Frente Nacional.

2.         “Un saludo de Frente Nacional”: palabras pronunciadas por Luz Marina Zuluaga desde el extranjero, luego de que, por petición explícita de la junta militar, se le solicitara su retorno al país hasta después del 7 de agosto, cuando Lleras Camargo hubiese asumido la presidencia. En ese momento se declaraba que: “Luz Marina es nuestra bandera de paz”, es decir, se hace explícita la necesidad de una figura que calme y distraiga, pero que a su vez genere identidad y deseo de unidad, tarea que se le encomendó desde entonces a las portadoras de la corona.

3.         “Un sedante para la violencia”: artículo publicado por Cromos en 1962, y que resulta el más descarado, en el que se afirma que este espacio, en efecto, funge como un sedante para la población colombiana que responde de forma efusiva a cada detalle del concurso. 

Sin duda, los años dorados del certamen transcurrieron en simultáneo a la violencia bipartidista y este sirvió como sedante año tras año, hasta 1985, cuando la noche del 11 de noviembre la coronación transcurre en completa calma y con un par de horas de diferencia al holocausto del palacio de justicia. La crisis que suponía aquel asalto demostraba que la guerra en Colombia había llegado a la capital.

Ante tal incertidumbre, y con las tanquetas aun al asalto, los y las colombianas obtuvieron en sus pantallas, por orden de la ministra de comunicaciones, la trasmisión de un partido de futbol y una noche de coronación transcurrida sin mayor cambio, sin mención alguna a las llamas que aún se intentaban calmar en el centro de la capital.

Muere entonces esta fiebre por presenciar el desarrollo y la tan anhelada coronación, porque la realidad política superaba la estrategia ya desgastada del concurso como cortina de humo. Queda para siempre, en una especie de daño irreversible, la belleza como componente cohesionador de la nación.

Colombia es el país de las reinas, no solo por tener hoy la increíble cifra de 3.794 concursos anuales de belleza, sino porque desde aquella sexta edición dejó de ser un evento privado de las élites para darle inicio a esta estrategia político discursiva que logró definir no solo el modelo de feminidad colombiana predominante hasta hoy, sino también adherir la belleza como parte de la nación en la que vivimos. Colombia es el país de las reinas porque así lo decidieron las élites criollas.

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