Teoría de la telenovela

Por Lenin Aníbal Pineda

Fotograma de la telenovela mexicana “María la del barrio”, en donde un rico se enamora de una mujer pobre.

Las telenovelas, para bien o para mal, han sido educadoras de nuestra conciencia social reciente. A su modo, son una fotografía cultural y socioeconómica de nuestro tiempo: reveladoras de sus antagonismos, expresión de sus valores y visiones del mundo. El melodrama es la forma típica de la telenovela, es decir, un dramatizado cuya trama evoluciona a la par de los sentimientos de sus personajes y en el que dichos sentimientos son el eje estructurador de la historia. En episodios breves, de menos de una hora, la telenovela acompaña la cotidianidad del televidente durante algunos meses. En el centro de la trama: una historia de amor que pronto se ve determinada por una venganza, un secreto o que es truncada por relaciones de clase en las que no faltan la violencia verbal, racial, clasista y física.

El género nació en Brasil y en Cuba durante los años 50 del siglo pasado, como adaptación televisiva de seriados radiales que ya se emitían y que, a su vez, estaban inspirados en los que se hacían en Estados Unidos, desde los años 30, bajo el nombre de soap opera (literalmente: ópera de jabón). «Opera», sin duda, nos remite a los culebrones del teatro musical clásico; soap (jabón) se refiere, por su parte, a la publicidad de jabones, usuales en la radio americana de entonces. Pero el nombre, tanto en inglés como en castellano, parece decirnos que estamos ante una forma degradada, adaptada o simplemente nueva de un arte cultivado antes, acaso con mejor brillo (la gran ópera o la gran novela). Del arte dramático clásico y de sus mismos recursos narrativos, ha resultado un producto de la industria cultural ameno, mejorado por la tecnología y apto para el consumo familiar.

El caso es que, a partir del último cuarto del siglo XX, las telenovelas han sido uno de los productos estrella de la televisión latinoamericana. Antes del triunfo de la internet y de las plataformas de streaming tipo Netflix, cuando la televisión alcanzó su momento cúspide como medio de comunicación, las telenovelas ocupaban el lugar de honor en la parrilla horaria, como sigue siendo el caso, aunque la forma de consumo del entretenimiento haya cambiado. Con frecuencia, las novelas llegaron a producir verdaderos fenómenos de masas, lograron imponer modas, hicieron sonar canciones, o popularizaron palabras o modos de decir.

Aunque mucho de esto siga siendo válido, no es menos cierto que cuando el subcontinente configuraba un particular sentido político e intelectual de autoctonía, de identidad común y latinoamericanidad, las telenovelas, como la música, hicieron vernos y oírnos entre nosotros, con una intensidad que no habían logrado ni la radio ni el cine anteriormente. De manera cotidiana, por primera vez, la telenovela puso a resonar voces de México o de Venezuela o de Argentina (luego nos llegarían en doblajes las de Brasil y Turquía) en las salas de las casas. No solo se escuchaban otros acentos: eran nuestros propios dramas sociales los que aparecían representados, como reproducidos en otro país, en un contexto geopolítico más amplio.

A imagen de la sociedad latinoamericana, en el corazón mismo del género telenovelístico están, de hecho, las relaciones conflictivas entre ricos y pobres. La condición social de estos últimos es, a menudo, presentada desde una doble vertiente: el pobre resignado y honesto y el pobre delincuente y taimado. En el primer caso, la miseria campesina y urbana aparece como nimbada de nobleza: representa la pureza en un mar de intrigas o la autenticidad que reluce por sobre la frivolidad desbocada de la clase alta.

Pero el principal efecto de la telenovela es, por decirlo de algún modo, acercar a nosotros la clase dominante, mostrarnos sus problemas humanos más íntimos, o simplemente enseñarnos que «los ricos también lloran» y que son como nosotros en todo, excepto en la chequera. Sin que se cuestione la base de las relaciones sociales ni el origen de la riqueza, los cambios en la fortuna son tema principalísimo: la chica pobre y ciega es hija de un rico hacendado; un verdulero, al cabo de unos días, es presidente de una importante compañía; una simple recolectora de café se transforma en una ejecutiva exitosa; la secretaria talentosa termina dueña de la empresa; una mujer violada se enamora de su agresor, redimido y con dinero, tras hacerle pagar con creces su crimen, etc. En todos los casos, se trata del mismo destino: dejar de ser pobres. El ascenso social es una entrada en la clase dominante, pero nunca supone su transformación. Y la felicidad social viene de la liberalidad de una oligarquía de buenos patrones.

La telenovela es entre nosotros la forma artística de la época del capitalismo disfuncional, para decirlo como G. Lukács. Y seguirá siendo la forma dominante, mientras no luzcan sobre el cielo de nuestros pueblos nuevas estrellas.

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