Aquí hay de todo para los que no tienen nada

Por Carolina Zea Fernández

Ilustración Steven Calderón

“No compre comida, compre vicio”, pregona un pelao con una gorra y una riñonera terciada. Un cripudo vale dos mil. Un caldo con un pedacito de hígado frito y arepa, cuatro mil. La propuesta suena convincente. Desde un trapo extendido en el suelo, una congregación de cristos sucios y rotos me mira. La reunión de sus miradas suplicantes y sus cuerpos llenos de sangre pintada de un rojo-fucsia exagerado logran conmoverme. Sigo caminando y la voz que ofrece ruedas, baretos y perico a módicos precios se va confundiendo con el rumor furioso de los bajos de la estación Prado.

Aquí la necesidad tiene otro rostro. Su rostro más hondo y desgraciado, que no conoce de gestos de fastidio ante el mugre encostrado y los segundos, terceros, o incontados usos. Confirmo que definitivamente nada de eso importa, que me estaba fijando en minucias, cuando veo un puesto que exhibe unos grandes y curtidos vibradores. Miro a la señora que atiende, quizá en un intento desesperado por encontrar una justificación. Ella, con la habilidad de quien tiene siempre los ojos bien abiertos y sabe adivinar las miradas de los compradores, sus miradas de deseo, sus miradas de estarse preguntando a cuánto le podrían dejar tal cosa, o sus miradas de visajosos, lee mi gesto, y con una sonrisa maliciosa me dice: “a la orden reina. Son de pilas”.

Noto que en los chuzos de este lado hay objetos para satisfacer infinidad de necesidades. La de los vibradores también tiene películas porno, condones con los nombres de las marcas casi borrados, pañales, ropa y juguetes para niños… En otro chuzo más allá se resuelven urgencias más graves: hay bolsas de arroz, bienestarina, panela…

La señora de los vibradores me insiste, preguntándome qué estoy buscando. Para distraer mis tentaciones le pongo conversa. Me cuenta que vive en San Javier. “¿En San Javier? ¿Y entonces usted carga con todo esto hasta allá?”, le pregunto aterrada al imaginarla emprendiendo semejante peregrinaje, empujando un gran bulto con sus cosas. “Nooo. Todo esto lo dejo guardado allí”, señala, estirando la boca, un lugar al otro lado de la calle, en el Centro Comercial Bolívar Prado. Un letrero anuncia: Tienda y guardadero. “¿Y cuánto le vale la guardada?”. “Cinco mil quinientos”. “¿La semana?”. Ríe. “No reina. La noche”. Casi me voy de pa’ trás. Cuántos compradores de vibradores de segunda o de condones desgastados y otros cachivaches tienen que venir al puesto de Milena, a la semana, para que ella complete siquiera la guardada de la mercancía.

El Centro Comercial Bolívar parece vacío. El verdadero Centro Comercial está aquí, en la calle, sin paredes ni puertas, aunque sí con arriendos. El Bolívar, a pesar de que se construyó quizá con alguna pretensión de desterrar este comercio al aire libre, no pudo con él. La calle se impuso y sus almacenes quedaron funcionando, en su mayoría, como bodegas donde se guardan las toneladas de cachivaches.

Sigo mi camino, buscando otra sección, y encuentro un puesto con unos seis televisores. Entre los gorditos y los planos habrá unos 40 años de diferencia. Transmiten en simultáneo el Tour de Francia. Algunos muestran imágenes hormigueantes y colores desteñidos. Otros muestran líneas intermitentes y fluorescentes. Todos tienen algún efecto especial. Varias personas se detienen un rato frente a las pantallas para intentar ver a Egan, buscando en cuál se ve mejor la figura que apenas se distingue entre las distorsiones.

Un pelao está sentado detrás de la exhibición, con un armatoste al frente, concentrado en su heroica labor de devolverle la imagen a un televisor destartalado que me recordó a los que había en la casa del abuelo. Aguardo un rato para ver si puedo ser testiga del milagro de la resurrección. Con un gesto de triunfo, el pelao deja a un lado su soldador y le pone la tapa trasera al resucitado.

Le pregunto cómo sabe tanto, si estudió. Se ríe, burlándose de mi ingenuidad y me dice que su papá le enseñó. Entonces me percato de un viejo que está sentado en una Rimax de tres patas, viendo a los ciclistas, y le pregunto si ese es el papá. El viejo, que goza de la misma habilidad de todos aquí: la de tener ojos y oídos en todas partes, me responde que sí, que él es el papá. Le pregunto si todavía ejerce, feliz de creer que hallé una buena historia, el encuentro de dos generaciones de expertos empíricos en arreglar y rearmar televisores que se daban por muertos. Pero el señor, tajante y desinteresado, me dice: “No. Ya se me olvidó todo. Uno llega a cucho y se vuelve una güeva”.

Y en medio de todo esto, hay un lugar para las expresiones de la ternura y el amor, que un transeúnte desprevenido no creería poder hallar aquí. Un señor saca alpiste de sus bolsillos y lo riega encima de una lona extendida, llena de herramientas. Las tortolitas, ya cebadas, bajan y buscan los granitos entre el montón de alicates, destornilladores y espátulas. Comen apaciblemente, indiferentes a las amenazas de los pies que caminan a su alrededor o a las manos que se acercan demasiado cuando agarran alguna herramienta, confiadas en medio de este alboroto inofensivo. En otro chuzo, un niño se acuesta al lado de un perrito vestido con un saquito tejido. Lo abraza y tratan de dormir, de buscar un espacio de sueño en medio de esta cascada de bullicio. Al chuzo de los vibradores llega una parejita. Se sonríen y mientras el muchacho paga, la muchacha, con cara de triunfo, guarda un gran ejemplar en su mochila.

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