Los zapatos nuevos

Por Anyela Heredia


Ilustración: Stiven Calderón

Tengo zapatos nuevos, rojitos, brillantes, muy titinos, quién diría que los compré por menos de 10 mil lukas. ¿Diez mil lukas? ¡Oigan a esta! Eso ni en el agáchate de los puentes.
Y sí, en el agáchate, que está bajo el viaducto del metro de Medellín, entre las estaciones Berrío y Prado, encuentras zapatos de cualquier marca, desde unos fierros marca Brahma, que bien podrían ser imitaciones y que se compran por 30 mil lukas, hasta originales de segunda entre 20 y 40 mil. Pienso en la vendedora de la tienda Brahma, toda linda ella, que tiene que comprar su “dotación” cada cuatro meses, cada vez un modelo nuevo, y no puede vender los anteriores; tiene que tomarse una foto cada tanto para comprobarles a sus jefes que, efectivamente, está usando sus zapatos de dotación. ¿Cuál será el destino de esos zapatos? Te imaginás, tres pares de fierros al año, de esos de suela de goma y costura reforzada que no se acaban nunca. Como unos zapatos que me compró mamá una vez, cuando estaba en la escuela, ¡qué cuca de zapatos! El primer año, claro, porque después de cuatro años y viendo a los otros niños estrenar, uno no sabía ni qué hacer pa’ que esos hijuemadres se acabaran.
Zapatos nuevos, ¿cuál sería el pasado de aquellos fierros? Hay un montón de ellos filados aquí, puros zapatos de dotación de esos que usan lo obreros de Tigo o de las Empresas Públicas. Muchas empresas les ponen el logo pa’ que los empleados tengan que devolverlos si se van, dizque para proteger la identidad de la empresa. Qué va ome, eso debe ser es pa’ reutilizarlos. A propósito, ¿a dónde irán a parar las botas de los reclutas del ejército que no pueden reutilizar? ¿De qué siniestro almacén habrán salido los más de 6 mil pares de botas de los “falsos positivos”?
Aquí hay de todo, jeanes, chaquetas, gorras, mucha ropa y zapatos de hombre, más bien pocos de mujer. Hay muy pocas mujeres y muchos viejos, una que otra familia completa porque es sábado, y hasta un culicagao que se menea de aquí para allá entre los pasillos con una patineta. Los pasillos son pequeños espacios longitudinales por donde se desplazan paseantes y compradores.
Hay unas partes más caóticas que otras. Entre más cerca de Prado, más caótico el espacio. Si alguien quiere vender, debe pagarle al “que cobra”, por lo menos una cuota de moderados dos mil pesos. Pero, entre más cerca al Parque Berrío, unas líneas amarillas, apenas perceptibles, indican que los puestos tienen dueño y fueron asignados por la alcaldía. Según don Roberto, que lleva más de 10 años aquí, desde que los desalojaron de Los Puentes, de cuatrocientos y pico de vendedores, pasaron a ser como mil después de la pandemia.
Es un caos organizado, y los venteros se han ido especializando. Hay quien vende cascos de motocicleta, ropa, herramientas, jugueticos, electrodomésticos que nadie sabe si sirven, estufas, ollas, celulares, pregunte por lo que no vea y aquí se lo consiguen. En medio de todo, un hombre revisa meticulosamente cajas de medicamentos para separar los que están buenos de los vencidos, “usted sabe, uno no puede ser irresponsable y jugar con las necesidades de la gente” dice, arqueando sus cejas.
Alrededor se ve un montón de bodegas que albergan los cacharros por la noche y también hoteles para descansar, aun cuando solo sea por ratos, pues a algunos no les alcanza ni para pagar la noche. Negocio hay para todos, aquí te peluquean, te alimentan, te consienten, “qué se le ofrece mi amor”, preguntan a los hombres por doquier, a las mujeres las dejan más bien quietas.
En medio del caos, una rutina se levanta día a día desde las cuatro de la mañana, dependiendo de la necesidad, y de la lluvia. En los últimos días, dicen que muchos se dan el lujo de trabajar medio tiempo, dizque porque tienen “conexión directa con el ‘Siata’”, que no es otra cosa que la alerta emitida por las nubes de Santa Elena. Así que empiezan a alistarse mientras ellas vienen bajando, y antes de que se choquen con la corriente que viene desde el sur, por el lado derecho del río, algunos ya habrán recogido el tendido.



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