Caravana humanitaria por la paz, por la vida y la permanencia en el territorio
Por Jhoan Zapata

Foto: Jhoan Zapata
Esta iniciativa “busca escuchar a las comunidades en un momento de escalamiento del conflicto social y armado”, dijo María José Pérez, vocera del Congreso de los Pueblos y del Coordinador Nacional Agrario.
Entre el 23 y el 27 de julio, la caravana recorrió el oriente antioqueño. Los caravanistas internacionales y nacionales conversaron con las comunidades y procesos populares sobre las formas de resistencia en el territorio, las apuestas comunitarias populares y los proyectos minero-energéticos del capitalismo extractivista. También sobre cómo el paramilitarismo y el abandono estatal han intentado romper el tejido construido alrededor de propuestas de ser y habitar el territorio.
Las sesiones de la caravana se dividieron en dos momentos. El primero, escuchando a las autoridades locales para conocer la visión de “desarrollo” que tienen para el territorio, y el segundo, desde espacios de reconocimiento de los intereses de las distintas comunidades y procesos de base: procesos campesinos, de mujeres y disidencias sexuales libres de opresiones y hostigamiento; del cuidado de los mayores dentro de sus prácticas comunitarias; de la juventud que propende por la identidad campesina y por prácticas políticas, culturales, técnicas y científicas que permitan aportar desde distintas áreas a sus comunidades; de la salud comunitaria y el cuidado del otro, y la dignidad de vivir como se quiere.
El anhelo que anima a las comunidades es el de un territorio libre del extractivismo, donde las prácticas productivas sean iniciativas populares y no imposiciones del gran capital extranjero o nacional. Donde las comunidades sean las que fundamenten el modelo de vida que quieren para su territorio, legitimando su defensa desde la identidad campesina y las formas económicas, políticas y culturales propias.
La caravana recorrió distintos puntos de San Francisco, San Luis, Granada y Santuario. En Medellín se encontró con líderes sociales, indígenas, campesinos y habitantes del territorio para poner en la mesa la necesidad de una alerta temprana en el territorio por violación a los derechos humanos, la estigmatización y persecución del campesino, de los indígenas y de todo el movimiento social en Antioquia. Desde las distintas voces se condenaron las prácticas de grandes empresas, del paramilitarismo y las bandas criminales que irrumpen en los territorios dejando a la par miseria y violencia.
En San Francisco, la defensa del territorio se entiende como una vuelta a la memoria y un acto de resistencia. La memoria del pancoger, por ejemplo, es un principio de autonomía que le ha permitido al campesinado subsistir de lo que su tierra le da. Este ha sido un proceso de resistencia contra el monocultivo y los productos agrotóxicos, que tanto daño le hacen a la tierra y a las comunidades, y que empujan a la “descampesinización” por la presión que ejercen junto a las técnicas e ideas del progreso. Se recordaron las palabras de Atahualpa Yupanqui: no basta amar la tierra, hay que comprenderla.
La compresión de la tierra se transforma en posturas de ser, en planes de vida colectivos que defienden la vida y el territorio. En Granada un campesino hablaba de la resistencia comunitaria a la instalación de una torre de energía muy cercana a la escuela y a la población. Decía: “No dejamos pasar esas torres, acá abusaron de los campesinos, gente que no sabe ni leer, que tiene hambre y entonces aprovechan eso para darles cualquier cosa”. Seguidamente menciona que la comunidad no puede permitir la repotenciación que se espera para la Central Hidroeléctrica Calderas, manejada por Isagen. Ahora no hay un caudal ecológico, hay agua retenida río abajo, en donde los animales que llegan no encuentran agua para tomar y los campesinos no pueden aprovechar su cuenca hídrica, además del cambio en el micro ecosistema que ha afectado la producción del campesinado.
Un día después de dejar la vereda, nos enteramos de que había sido asesinado un joven de una vereda vecina, donde los grupos armados intentan consolidar el control social.
En San Luis, donde la ola del turismo depredador llegó más tarde que a muchos municipios del oriente, la conversación problematizó cómo el turismo debe ser planteado desde las comunidades para la conservación ambiental. Allí, la privatización de fragmentos del río Dormilón está destruyendo las dinámicas comunitarias. Desde juntanzas y convites se resiste a la privatización del río, se resalta el papel del colectivo Vigías del Río Dormilón, compuesto por personas que defienden el proyecto de vida comunitaria y de permanencia en el territorio. En el parque principal, campesinos y artesanos resisten bajo el palo de mangos, dignificando su identidad y oficio frente a una administración que quiere desplazarlos para “embellecer” el municipio.
En Granada, la caravana abordó la memoria del conflicto. Desde el Museo del Nunca Más se cuenta cómo se ha venido trabajando en la reconstrucción del tejido social. Los excombatientes de las desmovilizadas FARC han logrado permanecer en el territorio con proyectos productivos y consolidando dinámicas de paz en el oriente antioqueño.
En Santuario, la caravana contextualizó la defensa que se hace de la chicha en la región, así como el desplazamiento de los productos tradicionales del campesinado provocado por los productos industrializados, y los cierres y multas que ponen en riesgo la soberanía alimentaria y las bebidas alcohólicas tradicionales.
También se enfatizó en el significado de la larga historia de lucha de las comunidades. Se recordó que Indepaz reporta, en lo que va de este año, 13 líderes sociales y defensores de derechos humanos asesinados en Antioquia, además de una cifra de violencia generalizada en el oriente Antioqueño que da cuenta de 100 personas asesinadas. La institucionalidad señala como responsables a la lucha por el control del microtráfico, la extorsión y la disputa territorial de grupos delincuenciales, pero las comunidades exigen que en oriente y el resto de Antioquia exista una alerta temprana por la escalada del paramilitarismo que hace presencia en la región en múltiples formas, por ejemplo, con el denominado Ejército Gaitanista de Colombia.
Las comunidades exigen al gobierno un acompañamiento directo e insisten en la necesidad de una mesa regional en el oriente que abarque la deuda histórica con las comunidades, la transición energética justa, el ordenamiento territorial, el fortalecimiento de las Juntas de Acción Comunal en sus proyectos productivos y comunitarios, y la defensa de la vida y la paz para frenar la violación de derechos humanos y las nuevas configuraciones del paramilitarismo y el extremismo. También las mujeres reclaman por los retrocesos en las políticas públicas, como es el caso de la reestructuración de la secretaría de las Mujeres en Antioquia.
A los compañeros caravanistas les auguramos buen camino por el resto del país, en su tarea de recopilar, compartir y escuchar las comunidades, bajo la convicción de que la solidaridad de los pueblos es compañera de las luchas populares y que las comunidades necesitan ser escuchadas y respaldadas.
