Por Leyla G.V.

Ilustración: Marylin Fernández
Llegué para ser la integrante número diez. A las otras nueve las conocí un 20 de marzo. Después de estar en la habitación de aislamiento unas cuantas horas, no quería estar allí.
¿Cómo es estar en un hospital de salud mental? ¿Qué te lleva a estar ahí?
Hace un año fui internada en el “loquero”, como le decimos mis amigas y yo. Estaba en un cuadro de ansiedad y depresión inimaginable que no me dejaba estar tranquila ni un momento. Terminar ahí le dio un giro de 180° a mi vida.
El “loquero” queda en el Carmen de Viboral. El lugar era bonito y tenía muchas zonas verdes. Tenía un bloque de hombres y otro de mujeres, un comedor en el que servían comida deliciosa (sin olvidar que también mi madre cocina de maravilla), y unos salones en los que recibíamos diversas clases.
El día empezaba a las 5 a.m. Encendían las luces para que nos levantáramos – aunque a esa hora normalmente yo ya estaba despierta-. Mientras unas se bañaban, otras tendían la cama o se cepillaban los dientes. Al terminar salíamos a la sala. Estábamos divididas en cuatro grupos y cada uno tenía una sala en la que se realizaba la “autocrítica”. El ejercicio consistía en que nos dábamos un cumplido, planteábamos un objetivo y decíamos qué esperábamos del día. Era algo así: “hoy trabajaré la paciencia y mis técnicas son… Espero que haga sol, y soy una persona única”.
Veíamos diversas clases: agronomía, yoga, musicoterapia (mi favorita), artes, actividad física, neuro, panadería… Estas clases se alternaban durante la semana. A las 12 p.m. almorzábamos, y luego, de nuevo a lavarnos los dientes. En la tarde había un tiempo para hacer las tareas que se debían entregar cada viernes.
Los viernes teníamos una hora extra después de la cena para ir al salón de musicoterapia. Lastimosamente me dieron de alta cuando estaba aprendiendo a tocar ukelele.
Los domingos hacíamos aseo general en la habitación y en la sala. Durante el día podíamos ver películas, leer y nos dejaban pintarnos las uñas; también jugábamos Just dance (aunque luego lo prohibieron, no sé por qué). En la cena nos daban hamburguesa o perro caliente con papas.
Diariamente escuchábamos música, nos turnábamos para escoger canciones. Cantábamos tanto que cuando le dieron de alta a Salo Uribe, ella creó una Playlist llamada “música del loquero”. Todos los días también nos medicaban y luego íbamos a comer. Lo que seguía era explicar si habíamos cumplido con nuestra autocrítica y qué agradecíamos del día. Luego a dormir.
A las 7 p.m. apagaban las luces. Me costaba dormir. Cuando las enfermeras o formadoras ponían linternas en nuestras caras para verificar si estábamos dormidas, yo fingía estarlo para que no me dieran más medicamento.
No teníamos permitido el contacto físico con las personas. Más de una vez me regañaron por eso, y casi siempre por mi cercanía con Alex, un chico trans al que le cogí mucho cariño. Esa fue la regla del loquero que más me costó. También me regañaban por ser bullosa, por hablar duro. Eso allá era un problema serio.
A la semana de haber entrado llegó Nati y ahí se completó mi grupito de amigas (se suponía que no podíamos hacer amigas). Entre la teoría y la realidad, lo divertido era que Salo Casas, Nati, Alex y yo, pasábamos todo el tiempo juntas y hasta teníamos nuestro propio espacio en el sillón. Un día nos separaron. Juzgaron que nos estábamos involucrando mucho, nos impusieron la ley del silencio. Entonces busqué cercanía en Lu y Salo Uribe (con la segunda aún tengo contacto).
Mamá Alexa fue otra de las personas con las que me encariñé (le decíamos así, aunque no se podía). Era de las mayores del grupo. Cuidaba de nosotras y se encargaba de que nos cumplieran las promesas, como los permisos para hacer llamadas. Ella siempre hablaba de sus dos hijas y nos mostraba fotos de ellas.
También estaba Doña Lucía, una señora de 60 años más o menos, la mayor del grupo. Tuvimos problemas de convivencia con Doña Lucía, porque salía desnuda del baño o porque se orinaba en la cama. Debíamos llevar sus sábanas a la lavandería. Recuerdo que Nati decía: “somos doña Lucía y yo contra el mundo”. Esto aún me da risa porque Doña Lucía muy seguido nos contaba que conocía personalmente al dueño del hospital y que ella se iba a ir pronto. Cuando salí, ella seguía en el loquero.
Un pasatiempo que yo tenía era leer. Salo Uribe y yo nos prestábamos libros, lo cual no se podía (pensándolo bien había muchas reglas que no entendía). También escribí mucho. Creo que esta fue de las cosas que más me ayudó en mi proceso psicológico.
Antes de entrar al loquero, estuve cinco días en urgencias, con ataques de ansiedad diarios y con ideas suicidas. Recuerdo haber recibido la llamada de mi psiquiatra para decirme que me debían hospitalizar. Había perdido el control. Vivir con ansiedad es como vivir las emociones potenciadas al mil por ciento; los problemas en tu cabeza se hacen más grandes, la depresión te lleva a no querer nada, a sentirte inútil; y dejas de disfrutar lo que te gusta. Esos monstruos (ansiedad y depresión) se unen y todo se vuelve una locura.
Vivir una enfermedad mental es complejo, pero aprendes a sobrellevarla con buena terapia y compañía. Lo bueno de tocar fondo es que lo único que puedes hacer es subir. Llegará el punto en el que, durante un pico de ansiedad, podrás decir: esto será pasajero; llegará el punto en el que los pensamientos suicidas desaparecerán. Lentamente recuperarás tu vida.
Ese 20 de marzo la psiquiatra me dijo que si ponía resistencia me tendrían que ingresar al bloque sedada. Vi al enfermero con la inyección en sus manos. Decidí entrar, estaba llorando.
Un año y medio después, agradezco haber estado ahí.
