Por Carolina Zea Fernández

Foto: Carolina Zea Fernández
En las brumosas alturas del altiplano cundiboyacense, saltando entre las espigas, mojándose con el rocío, o rompiendo el glacial silencio con su canto delgadito, se la pasa la Alondra cornuda peregrina, una pequeña ave de vientre blanco y dorso castaño. Su pequeña y emplumada existencia constituye un milagro. Es una especie endémica, lo que quiere decir que, a pesar de todos los lugares del mundo en el que podría vivir, la Alondra vive solamente ahí, en ese lugar único y privilegiado. También es una especie migratoria. En algún momento, hace muchos años, la Alondra llegó desde otros lugares del mundo, quizá huyendo de condiciones adversas y buscando un lugar más apto para vivir. Y lo encontró en medio del Altiplano. Entre sus cerros privilegiados pudo construir sus nidos y engendrar una nueva esperanza para su especie.
Un nido, al igual que una casa, es el deseo de hacerse a un lugar en el mundo. Los habitantes de Ciudad Bolívar sienten una tierna simpatía por la Alondra cornuda, porque su historia se parece un poco a la de ellos. Ellos también llegaron en algún momento desde muchos lugares del país, huyendo de las condiciones insoportables de la guerra y la violencia, el hambre y la pobreza. Y, todavía con el dolor del despojo, el desplazamiento y el desarraigo a cuestas, con sus propias manos cansadas, sus cuerpos estragados y sus vidas fragmentadas comenzaron a autoconstruir con esperanza sus casas, su nuevo lugar en el mundo, apostándole una vez más a la posibilidad de la vida.
Ciudad Bolívar es una localidad ubicada al extremo sur de Bogotá. Se comenzó a poblar alrededor de los años 40 y hoy cuenta con un millón de habitantes aproximadamente, los cuales han construido su propia ciudad, al margen y a espaldas de esa otra gran ciudad que es Bogotá, a la que oficialmente pertenecen, aunque en la realidad no se sienta tan así. Ciudad Bolivar ha sido históricamente una localidad excluida, negada y a veces hasta escondida por Bogotá, quien no quiere mirar hacia ella más que para arrojar sus basuras, extraer las materias primas para su progreso y explotar, para ello, el trabajo de sus habitantes.
De las montañas de Ciudad Bolívar se extrae cerca del 89% de la tierra, rocas y otros materiales usados en las construcciones del distrito. Y de Ciudad Bolívar son también la mayor parte de los obreros que han tenido que dedicar su cuerpo y vidas para terminar de construir a Bogotá. Estas personas, sin proponérselo ni quererlo, han construido dos Bogotás distintas: la del norte y la suya, las cuales componen esa relación paradójica que las une y las separa; cohabitando a la vez entre la dependencia y la exclusión. Bogotá necesita de Ciudad Bolivar, y aun así la excluye y la margina.
Así, a espaldas de la gran ciudad, fue emergiendo la localidad, con la fuerza del anhelo que ardía en cada uno de los corazones de los obreros, y también de sus esposas, hijos e hijas que no dudaban en colaborar pegando adobes o haciendo calles, mientras los hombres estaban cumpliendo su jornada en la ciudad. Ocurría a menudo que las personas construían sus casas a partir de fragmentos de tejas, adobes o baldosas que sobraban de las mismas construcciones en las que trabajaban en Bogotá. O no sobraban. Más bien, retornaban, pues de allí habían surgido esos materiales. Y así fue alzándose este lugar, con el esfuerzo adicional de enfrentarse a la marginación, la exclusión, el racismo y la negación, pero resistiendo y alzándose para que esa negación no implicara una anulación.
Por eso, en el museo de la ciudad autoconstruida de Ciudad Bolívar, un museo pensado por los mismos habitantes de la localidad y ubicado en la estación Mirador del paraíso, la última estación del Transmicable, cuando uno llega lo primero que se encuentra son dos letreros colgados entre tejas, rejas y pedazos de madera, que dicen: “Autoconstruir es más que construir casas y calles, es crear un mundo social, económico, cultural y simbólico para vivir juntos”, y “Ciudad Bolívar es el esfuerzo y la lucha de personas por construir para sí un mundo en condiciones de vida digna que la ciudad les ha negado”. Una de esas muestras simbólicas es este museo que reúne parte de la historia de la localidad y ofrece exposiciones que, con testimonios y representaciones, dan cuenta de ese esfuerzo.
La primera sala del museo se llama “Desde lo que somos” y reúne testimonios de las personas sobre su experiencia y su identificación con el territorio, mostrando las particularidades que lo componen a nivel físico. En una maqueta que representa el mapa de Bogotá, se les señala a las personas esa división geográfica que es también simbólica. Se habla de la riqueza animal, vegetal e hídrica del territorio rural que rodea al sur. De la Alondra y del páramo de Sumapaz, el más grande del mundo. Se habla de la complejidad de su suelo y su riqueza, que ha llamado la atención de la industria minera, la cual ha dejado heridas incurables en la tierra, las personas y los demás seres que la habitan.
También se habla de Doña Juana, el basurero municipal al que llegan a diario más de 6 mil toneladas de basura desde el norte. Se habla del olvido estatal, que señala los intereses del Estado, pues mientras su ausencia es demostrada en la persistencia de problemas estructurales, su presencia se hace evidente en el uso constante de su brazo represivo: nunca ha faltado la participación policial y militar en la localidad, y se ha conocido su rostro más perverso e inhumano con la imposición del orden y la seguridad.
En la terraza se tiene una vista panorámica de gran parte de la localidad. Las casas de colores me recuerdan las palabras que leí en una nota sobre el museo, antes de visitarlo: “Ciudad Bolívar no es como la pintan, sino como nosotros la pintamos”. El museo, el trabajo comunitario de las personas, el legado de quienes han resistido, nos hablan de la determinación y el empeño de estas personas, que, como la Alondra peregrina, han hecho de este lugar un nido que albergue la vida y la esperanza. Que intentan con esfuerzo cambiar el orden de cosas, alimentar ese latido común que arde desde el fondo de esos corazones que existen y persisten en un mundo y una ciudad hostil, resistiendo y creyendo en otro mundo posible, que debe ser reconstruido constantemente.
