Trabajar menos para vivir más

Por Aníbal Pineda Canabal

Ilustración: «La trampa del tiempo» / Carlos Rengifo

Un video que se ha hecho viral en los últimos días muestra a la en otros tiempos muy famosa actriz, Yamile Humar, sorprendida de que haya tantos festivos en Colombia. En un diálogo familiar cualquiera, en donde seguramente hay más chacota que odio, se pregunta nuestra dama cómo es posible que habiendo sido festivo el 7 de agosto, día de la Batalla de Boyacá, sea también festivo el lunes siguiente al 15 de agosto (por la fiesta católica de la Asunción de la Virgen). Y como si los muchos festivos religiosos, herencia de los largos años en que el catolicismo fue nuestra religión de Estado, no fueran más que una invitación a la pereza, al final la actriz espeta con picardía entre las risas de los presentes: “¡con razón este hijueputa pueblo no progresa!”. Para la reacción, siempre tan interesada en la moral del trabajo duro y del esfuerzo personal, la frase resulta un compendio de sabiduría. Muy haragán, en efecto, ha de ser nuestro pueblo que tiene la osadía de ofrecerse 18 festivos al año, 12 de ellos de origen religioso.

Otra cosa, en cambio, dicen tanto las cifras como la gente en nuestros barrios: somos, después de México, el segundo país de la OCDE con más horas de trabajo obligatorias por semana, 46 actualmente. Ciertamente, hemos dado pasos en la dirección correcta: la ley 2101 de 2021, propuesta por el Centro Democrático y apoyada por las fuerzas de izquierdas, redujo la jornada laboral de 48 a 42 horas. Pero para percibir ese alivio, los trabajadores deberán esperar, según los sesudos y muy prudentes amigos de Job que hacen las leyes, a que el tiempo de trabajo se vaya reduciendo progresivamente hasta que la ley entre plenamente en vigencia en 2026. Esto significa que el año pasado y este ha disminuido una hora el tiempo de trabajo semanal, el año que viene se espera que bajen dos horas más y finalmente, en 2026, alcanzaremos las 42 horas por semana. Tres años después de la sanción de la ley vamos todavía en 46 horas. Como en las filas de las EPS, como en la asignación de las citas con el especialista o con el cirujano, la clase obrera debe esperar y ser prudente.

Además de los aspectos puramente legales, el tráfico urbano, los servicios de transporte ineficientes y las largas distancias que traza la geografía de la desigualdad en nuestras ciudades, agregan tiempo a las 9 horas reglamentarias en que el obrero está al frente de su trabajo. En “este pueblo que [seguramente por perezoso] no progresa” mucha gente se pasa por lo menos doce horas al día, seis días a la semana, en función del trabajo. Para muchos, el descanso dominical se disfruta un día decidido al azar cada semana, según la agenda de la empresa. Y todos sabemos que un descanso el martes o el miércoles es un descanso sin los hijos, libres de la escuela normalmente los sábados y los domingos. A pesar de las extenuantes jornadas de trabajo, el obrero colombiano devenga un salario que solo cubre parcialmente sus necesidades básicas: 318 dólares aproximadamente gana el trabajador raso al mes en Colombia, cuando en los países desarrollados este salario suele ser superior a los 600 dólares y llegar a más de los 2000 dólares en determinados países.

La situación del trabajo en la humanidad es tan dramática, que para la gran mayoría el trabajo es simplemente la ocasión de ganar el pan y de no morir de hambre, pero no de desplegar sus capacidades espirituales ni su creatividad ni su talento. En un trabajo, que muchas veces se acepta resignado y como una condena al no contar con nada mejor, el obrero desgasta su vida y en su propia carne refuta las antiguallas de una cierta moral del trabajo, que no es más que ramplona ideología. Esta ha sacralizado entre nosotros la lucha por la supervivencia en las más injustas condiciones. La moral mezquina del “trabajar, trabajar y trabajar” predica la resignación y la adecuación subjetiva a la situación objetiva injusta. Esta vuelve a resonar de vez en cuando, en videos de guasa como el de Yamile Humar o en discursos políticos del tipo “a Colombia la está matando la pereza. Lo que tenemos que hacer […] es recortar la jornada de sueño, es recortar la jornada de vacaciones, es recortar la jornada de festivos…”. El éxito, se nos dice, solo puede ser obra de un esfuerzo sobrehumano por sobreponerse a la adversidad en una sociedad con pocas oportunidades. Al obrero sensato y aplomado, al que se rompe el lomo de sol a sol, la moral del trabajo le promete el progreso y el bienestar, cuando en realidad lo pone a hacer maromas para llegar al final de cada quincena o de cada mes. Esta moral pretende que la sobreexplotación laboral y la falta de garantías sociales se interioricen de tal manera que se romanticen la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades.

En 2026, los trabajadores de Colombia gozarán mayoritariamente, por fin, de dos días de descanso semanal en vez de uno solo como ahora. En julio pasado, el presidente Gustavo Petro insistió en que su gobierno buscará llevar a 40 horas el tiempo semanal de trabajo. Es cuestión de justicia que la gente no se pase la vida en la oficina, en la fábrica, en el puesto, cualquiera que sea. El uso y la aplicación de los recursos tecnológicos debe ser capaz de aligerarnos las cargas propias de cada empleo y el tiempo de trabajo mismo. Desde siempre, esta reducción del tiempo que pasa el obrero en la fábrica ha sido una de las banderas más importantes de la lucha obrera. Lo sigue siendo a pesar de que, de hecho, se hayan reducido por ley entre nosotros las horas de trabajo semanal y se hable incluso de seguir reduciéndolas. El trabajo breve humaniza, protege la salud física y mental, responde mejor a nuestra estructura pulsional y devuelve a la gente parte de lo que, hasta hoy, la oficina o la fábrica o el almacén les ha arrebatado.

Mientras el trabajo siga siendo la actividad alienada, rutinaria y monótona que es todavía para la mayoría de la humanidad, los festivos, tanto civiles como religiosos, serán una conquista que debemos defender en Colombia. Razón tenía Chesterton cuando afirmó: «Llamamos al siglo XII un siglo ascético y decimos que el nuestro está lleno de voluntad de vivir. Ahora bien, en la época del ascetismo el amor por la vida era tan manifiesto y tan enorme, que había que ponerle coto. En una época hedonística el goce cae siempre y se hace necesario estimularlo. Es curioso que haya que imponer los festivos como si fuesen días de ayuno y espolear a las gentes para que acudan a los banquetes».

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