“El Proceso”… de pagar un comparendo

Por Carlos Gustavo Rengifo Arias

Imagen: “Relatividad” de M.E. Escher

En una tranquila tarde, Maryel, una excompañera sentimental con quien años atrás había adquirido un auto, me escribió por WhatsApp para avisarme que le había llegado un mensaje de la Secretaría de Movilidad de Bello en la que le informaban de un comparendo. Yo me sorprendí, también muy apenado con ella por la llegada de ese mensaje, pero le dije que yo no había recibido notificación alguna, por lo que sospechaba que no era real y le sugerí que era importante desconfiar de mensajes que llegaran de determinados teléfonos porque podrían significar un fraude.

Días después, ella me dijo que le seguían llegando los mensajes y que incluso le hacían llamadas telefónicas de un supuesto número de la secretaría de movilidad. Por su insistencia, y por la pena, ingresé al SIMIT, el portal de la Federación de Municipios donde los ciudadanos podemos consultar y pagar, si es el caso, comparendos, multas y acuerdos de pago. Ni consultando con mi número de cédula ni con la placa del auto, aparecía comparendo alguno, y el link del supuesto comparendo que aparecía en el mensaje enviado a Maryel no se dejaba abrir en el computador, por lo que aumentaron mis sospechas de que era un fraude.

“¡Ah, no!”, me dije, “yo no caeré en la trampa, a mí no me tumbarán”. Pero los mensajes y las llamadas a Maryel la desesperaban, y su insistencia comenzaba a hartarme, por lo que decidí, días después, volver a ingresar al SIMIT, esta vez con el número de cedula de ella. En efecto, había una fotomulta aplicada en el mes de febrero.

A primera hora me dirigí a la Secretaría de Movilidad de Bello, y allí comenzó el suplicio. Lo primero que me recibió en la entrada fueron varias personas que se abalanzaban como buitres, diciendo, a quienes ingresábamos, que si teníamos algún tipo de comparendo o multa nos la podían solucionar. “Oiga señor”, exclamo uno, “le ayudamos con la multa”. “¿Necesita hacer el curso?, nosotros se lo hacemos”, dijo otro, mientras yo los esquivaba.

Al interior, la Secretaría era como siempre, ataviada de personas y desordenada. Subí al segundo piso y allí me encontré con tres largas filas, sin saber cuál de todas debía hacer, dado que no estaban señalizadas. Le pregunté a un funcionario y me señaló la fila más larga. Tuve mucha paciencia esperando a que llegara mi turno y expliqué, entonces, que el sistema no me mostraba la evidencia de la fotomulta y que, además, era una infracción que se había cometido en el mes de febrero y ya estábamos a finales de julio (se supone que la notificación debe ser 10 días después), por lo que me pareció muy extraño que tantos meses después aún lo estuvieran cobrando.

La funcionaria que me atendió fue al interior de una oficina y en su mano trajo una hoja en blanco y negro, muy mal impresa, donde se veía el esbozo de lo que era mi auto y casi no se veía la placa. Le pregunté que cómo hacía para creer en la fotomulta si no se veía bien y me contestó, secamente, “podrá usted cuestionar la infracción en una audiencia, pero si la pierde tendrá que pagar la totalidad de la misma, que es más de un millón de pesos”. Yo preferí no arriesgarme y aceptar el comparendo para pagar solo la mitad del mismo. Me dio una autorización y salí a buscar el lugar donde podría hacer el curso para la rebaja del 50% de la multa y, de nuevo, aquellos buitres me asediaron con sus ofertas de solucionar problemas de tránsito.

Cerca encontré un lugar en donde podía hacer el curso. Eran las 9:00 a.m. y tenía que esperar una hora más para que comenzara la capacitación. Me dijeron que, mientras tanto, podía irme y volver más tarde, o sentarme en una pequeña sala a esperar. Esperé una hora y 15 minutos y me dijeron que todavía no podía iniciar porque había poca gente; media hora después todavía el curso no comenzaba, a pesar de que la pequeña sala ya estaba casi llena. Lo cierto es, que faltando un cuarto para las 12 del mediodía, una hora y 45 minutos después, el tal curso comenzó. Fue supremamente básico y no duró más de 15 minutos.

Me pareció muy extraño que me hubieran dicho que el curso duraba una hora, pero lo que me importaba era obtener el certificado del curso. Ya era medio día y las tripas me sonaban. Ingresé de nuevo a la Secretaría para el pago de la multa, pero, una vez más, no sabía en dónde tenía que pagar. Le pregunté a una vigilante y me señaló una larga fila que debía hacer para validar la realización del curso. Después tendría que hacer otra larga fila para pagar en la entidad financiera que estaba ahí mismo y que resultó ser en la que yo guardaba mis ahorros.

Cuando llegué a la fila del banco, no pude pagar porque no aceptaban tarjeta. “¿Cómo es posible que no acepten tarjeta?, ¡las personas no siempre andamos con efectivo!”, le dije airado a la vigilante, que parecía que era la que conocía todo el tejemaneje de la Secretaría, y me respondió que la administración anterior se había llevado varios equipos y, por tanto, no tenían cómo recibir el pago con tarjeta. La respuesta me causó gracia, pues en Bello, desde hace años, siempre han gobernado los mismos. Ya con la paciencia agotada me fui a buscar un cajero, pero el más cercano quedaba en un centro comercial, a unas tres o cuatro cuadras de la Secretaría. Tuve que ir a pie, bajo un sol abrasador y muerto del hambre, devolverme y hacer, de nuevo, una larga fila para pagar.

Después de más de cuatro horas que duró esta diligencia, las cuatro filas que tuve que hacer y el curso de tránsito que duraba una hora, pero que tan solo duró 15 minutos y que me cobraron, me fue inevitable no asociar mi experiencia y la de miles de ciudadanos en nuestro país cuando hacen sus diligencias de pensión, E.P.S o de otra índole con el Estado, con la de Josef K., el protagonista de la novela “El Proceso” de Kafka, quien se ve envuelto en un verdadero laberinto judicial, sin posibilidad de defenderse o apelar a la razón y la empatía… al menos un poco.

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