Clase de clasismo

Por Hamilton A. Suárez B.

Ilustración: Víctor Camilo Cuartas

David Escobar, director de Comfama y presidente del Consejo Superior Universitario de EAFIT, pronunció el discurso de graduación en la Escuela de Ciencias Aplicadas e Ingeniería, este 20 de junio. Allí invitó a los jóvenes a ser “fracasadores”, pues ello les otorgaría carácter y madurez frente a las vicisitudes de la vida. Las justificaciones y ejemplos en su retórica corroboran una férrea consciencia de clase y la vigencia de la lucha política entre estas.

En consecuencia, este escrito se da como una queja de algún anónimo -cuyas condiciones sociales no le han dado nunca la posibilidad de fracasar- y como reclamo de muchos seres que el sistema social, político y económico ha hundido en la inequidad, dotándoles del perenne estigma del fracaso.

Ese discurso recuerda que los seres son hijos de sus épocas, pues son sus condiciones objetivas de existencia las que determinan su rol social y deberían condicionar su consciencia; esto es, que aquellas inciden sobre la forma de interpretar y expresar el mundo, y así, la estructura de las palabras revela la historia de quien las mienta: la realidad hace al ser, de la misma manera que el martillo moldea el cuerpo del herrero.

Ello corrobora la hegemonía cultural de la que habla Gramsci y de la cual Escobar ofrece cátedra: la clase social burguesa inocula su ideología bajo una especie de anestesia social (el fracaso es necesario porque forja el carácter), sin cuestionamientos (como el que el fracaso afecta de manera diferente a los desposeídos) y bajo la aceptación de un destino natural y lógico (el fracaso sobreviene porque no se ha hecho el esfuerzo suficiente).

En sus palabras ampulosas, asumió el rol protagonista, irguiéndose como ejemplo y clamó por el fracaso a sus iguales de clase social, pues poseen la capacidad de hacerlo sin más desventura que la lección del máximo egoísmo; es la actitud de aquellos que por legado de poder se arrogan la capacidad, el derecho y el deber de fracasar como anécdota de vida. Escobar, seguro, no posee vitales carencias de supervivencia. ¿Será consciente de que muchos nunca podrán acumular fracasos para luego sacarlos a relucir como experiencias moralistas del pasado? ¿que estas prescriben solo para aquellos que pueden escapar a la pesada condena de la desigualdad? ¿Cuáles y cuántos son los fracasos permitidos en la inequitativa sociedad colombiana? ¿Cuáles fracasos se convertirán en anécdotas y cuáles en delito o en pecado? ¿Aplica para graduandos de un colegio en Chocó, para los indígenas, para un obrero o una joven LGTBI discriminada?

En esta Medellín existen personas que tienen prohibido fracasar, pues detrás de ello les espera el patíbulo, el presidio o el infierno. Tal vez la pobreza, combinación de todas. La vida acá es un desfile de venias y de miradas bajas fracasadas, frente a los altos mentores de los fracasadores. El fracaso es un pozo sin fondo y sin salida: la pobreza que atenaza desde antes de nacer, la marginalidad geográfica y política, la corrupción rampante, el ser un nadie en la indigencia.

Este es un país de millones de fracasos, encarnados en personas signadas por la desigualdad. Somos como bacterias urdidas en el laboratorio de la vida de los otros, de quienes sí pueden equivocarse sin la consecuencia de la pena. El mensaje fue muy claro: podrán equivocarse, no importa en qué, pues los efectos solo recaen sobre aquellos que sirven como epílogo de sus historias muy privadas.

Podemos hablar de metafísica, porque ya hemos comido (Facundo Cabral)

Quien se yergue como ejemplo, narra su vida como epopeya y a los suyos como héroes. Escobar menciona que su madre antepuso las necesidades a los deseos en la caja de un supermercado. Este dilema de la corrección moral es el empacho de una vida acomodada, visto como el infierno del cual se sobrevivió con el altruismo del esfuerzo propio. Solo fue posible la elección en el momento del pago, instante épico donde los héroes deciden -ante el fracaso de no alcanzar el presupuesto- devolver su aspiración hecha lujo en el momento; la caja fue el escenario en la tragedia, la cual no sería en el proscenio de las estanterías discretas y escondidas, entre las que pasaría desapercibido el acto vergonzante de la familia pudiente, venida a menos por la falta del patriarca.

Muchos no tienen la posibilidad ni el permiso del deseo, ni del ingreso ni la compra en los almacenes de cadena, ni de dirimir allí sus opciones de alimento o de vestido. El deseo para muchos es la corroboración de la utopía, esa que aparece a diario como un aroma pestilente, que, invisible, detona la memoria de quiénes somos, en el antagonista juego entre poseedores y desposeídos.

No es buena idea desear fracasos. ¿En cuántos puentes o edificios puede fracasar un ingeniero? ¿en cuántos vuelos un piloto? ¿en cuántas cirugías un especialista? ¿cuántas políticas públicas deben fracasar? Seguro la tolerancia a la frustración podría ser una mejor preparación ante las negativas de la vida. “Si el destino me vuelve a traicionar / Te juro que no puedo fracasar / Estoy cansado de tanto esperar / Estoy seguro que mi suerte cambiará, pero ¿cuándo será?”, dice la canción, donde el día de la muerte, esperanzada, se da como respuesta.

Escobar finaliza el discurso con solemnidad, porque escucharse le ennoblece. Los aplausos blindan de la responsabilidad de los fracasos, en una clase social hija de sus históricas condiciones de poder, que no será llamada a rendir cuentas ante los tribunales que ha construido a su medida. Alude al fracaso como una condición del exotismo, un juego de roles impune, inocuo, pues se trata de una obra de teatro donde los actores son los otros, donde se abandona el recinto seguro de haber tenido sensaciones, pero responsabilidad ninguna, pues ellos solo son espectadores del arte llamado fracaso colectivo, en los que otros tienen los roles actorales. Los fracasados se resignan en su obra, mientras los fracasadores disfrutan de la misma.

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