Por Alizée Silvestre-Meunier
Los grafitis «ensucian nuestros muros», «destrozan el aspecto de un barrio patrimonio de la humanidad». Esas son las palabras de algun@s de l@s habitantes del Albayzin, en Granada (Andalucía- España). Este barrio, caracterizado por tener un patrimonio histórico y arquitectónico muy protegido, ha estado gentrificándose rápidamente durante estos últimos años, lo que contribuye a una transformación importante de los grupos sociales y económicos que viven en el barrio. Entonces, los grafitis emergen como una verdadera fuente de conflicto entre graffiter@s y habitantes del barrio. Si l@s graffiter@s tienen como arma sus sprays de color, los habitantes tienen sus baldes de pintura blanca, como lo podemos ver con las zonas de muros en las que se superponen varias capas de pintura, que simbolizan la «guerra sin cuartel» librada por cada grupo, por la apropiación simbólica y visual del paisaje urbano.

L@s vecin@s están muy comprometidos en la lucha contra los grafitis, y esto se puede explicar por el fuerte apego de ell@s con el carácter histórico y patrimonial del barrio. Así, las entrevistas que realizamos revelan que, según los habitantes, un “buen” grafiti es un grafiti que no sea realizado en un sitio histórico, o en una propiedad privada. No importa el fondo, es la forma y el lugar de realización de los grafitis lo que molesta y engendra conflictos de uso. Sin embargo, algunos habitantes señalan también el potencial artístico y contestatario de los grafitis, que adquieren una verdadera utilidad como medio lingüístico de denuncia de las desigualdades que padecen los habitantes del barrio.
En efecto, el Albayzin está lleno de grafitis políticos que cuestionan normas de dominación o dinámicas de apropiación espacial en el seno del barrio, como la del turismo masivo, la de la gentrificación, o la «airbnbisación».

Así, los grafitis adquieren una verdadera función territorial porque permiten poner de relieve las dinámicas de degradación que padece el mismo barrio en el que se inscriben. Medio de expresión democrático y accesible a tod@s en principio, el grafiti es una extraordinaria herramienta de lucha, de manera simbólica y performativa, que permite la difusión, a un gran público, de los procesos de dominación que atraviesa el espacio urbano. Estos grafitis territoriales se encuentran principalmente en las partes centrales y gentrificadas de la ciudad de Granada, pero también en las zonas más periféricas y populares.
El ejemplo del barrio la Paz-Cartuja, localizado en el Distrito Norte, es muy esclarecedor. En esta zona, que sufre varias dificultades socioeconómicas, identificamos un cierto número de grafitis que denuncian los cortes de luz que ocurren, según los habitantes, de manera muy irregular y que pueden tener consecuencias serias. Para el presidente de la asociación de Vecinos del barrio de la Paz, la culpa es la de la obsolescencia de las instalaciones eléctricas del barrio, que se remontan a los años 60’s.
Aunque las fuentes de descontento parecen varias en este barrio, identificamos muy pocos grafitis que son políticos y contestatarios de manera explícita -mucho menos, en términos de número y de importancia visual- en comparación con los del barrio Albayzin. La mayoría de los grafitis de la Paz-Cartuja parecen pertenecer más a otra categoría, que llamaremos «grafiti de nombre».
Si bien en el barrio de la Paz-Cartuja los criterios socioeconómicos (tasa de empleo, alfabetización…) son los más bajos de la ciudad, la expresión del descontento (que resalta con mucha determinación en las entrevistas) no parece, a pesar de esto, traducirse por una producción escrita en los muros del barrio. Una hipótesis que podemos proponer aquí es que, a pesar de su carácter en apariencia democrático, el grafiti político, como símbolo de una cultura del escrito, necesita un cierto capital cultural y político para ser producido. Así, podemos identificar una concentración notable de los grafitis políticos en los límites del barrio la Paz-Cartuja, precisamente en los muros de la universidad. Como no tenemos información sobre el perfil socio-económico de los graffiter@s, podemos imaginar que los graffiter@s de esta zona son probablemente estudiantes, pero no lo podemos asegurar. Pero este ejemplo sostiene nuestra hipótesis: Para protestar, ya es necesario tener las palabras para decirlo.
¿Pero qué pasa con la acción individual? ¿Tenemos que abandonar la idea de un medio de expresión político que sea democrático y aprovechable por las poblaciones que no disponen de un capital social y cultural muy vasto? Y, sobre todo, ¿es indispensable que un grafiti sea explícitamente contestatario para ser considerado como político? En nuestro trabajo de investigación, los grafitis “de nombre” han llamado profundamente nuestra atención y descubrimos que podían también tener una función realmente política a pesar de su aspecto inútil y parásito.

Porque escribir su nombre en un muro ya es pregonar su existencia, su identidad y su pertenencia a un territorio. Es proclamar a los cuatro vientos que detrás de las representaciones uniformes que hacen de este barrio un espacio peligroso, atravesado por la inseguridad y la droga, se esconden seres humanos, dotados de un nombre y de un apellido, y que merecen respeto, una vida digna, y un acceso a los recursos esenciales. Escribir su nombre ya es protestar.
Tanto en el Albayzin como en la Paz-Cartuja, los grafitis materializan el compromiso político de las personas que viven y pasan por estos barrios. Este compromiso puede ser explícito, como en el barrio del Albayzin, o más implícito, como en el barrio de la Paz-Cartuja, pero en ambos ejemplos, creo que estos grafitis merecen nuestra atención.
Un grafiti nunca es simplemente un acto de vandalismo.

