Gustavo Gutiérrez: Entre la opresión y el canto de las calandrias.

Por Diego Meza Gavilanes

En la foto: Gustavo Gutiérrez, quien centró su reflexión teológica en la opción fundamental por los pobres y en la justicia social. Falleció a los 96 años

Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, falleció este 23 de octubre a sus 96 años. Este peruano, perteneciente a la orden de los Dominicos, estudió medicina y filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos del Perú. Tras ordenarse como sacerdote en 1959, se formó en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, y terminó su doctorado en teología en la Universidad Católica de Lyon. Antes de dedicarse a la docencia, fue párroco en la Iglesia Cristo Redentor de Rímac (Perú) y fundador y director del Instituto Bartolomé de Las Casas de Lima. Entre sus obras más destacadas se encuentran: Teología de la liberación: perspectivas (1971), La fuerza histórica de los pobres (1979), Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job (1986), La densidad del presente (1996), y ¿Dónde dormirán los pobres? (2002), entre otros.

Gutiérrez es considerado uno de los pilares de la teología de la liberación. Abogaba por una liberación integral de la persona, de los pueblos y de la iglesia, y por una teología nueva y crítica, que se renovara constantemente y que no dependiera de verdades establecidas. Un conjunto de conocimientos construidos sobre proposiciones inamovibles, es estático y estéril. Al contrario, para este dominico, la tarea fundamental era la de realizar una reflexión crítica de la praxis histórica, una teología que no se limitara a pensar el mundo, sino que buscara y propusiera transformar el mundo de cara a la dignidad humana pisoteada. Pensar teologicamente significa, en últimas, responder al interrogante ¿qué relación hay entre la salvación y el proceso histórico de liberación del hombre?

La esperanza ocupó un puesto importante en los escritos de Gustavo. Para él, la función de la teología es explicitar y evidenciar la esperanza como sustento de la historia. En otras palabras, reflexionar críticamente a partir de una práctica histórica liberadora supone poner a la luz nuestras utopías, priorizar el futuro en el que creemos y esperamos, con vistas a una acción transformadora del presente. Ahora bien, estas consideraciones no pueden venir de una oficina, sino que deben echar raíces en la calle, en la vereda, en los potreros, ahí donde late el pulso de la historia.

Si bien Gustavo siempre se inspiró en la biblia, tuvo una especial predilección por algunos escritores peruanos como José Arguedas. Este autor reforzó su criticidad y la tensión escatológica que subyace en su teología. Así lo describe en uno de sus libros:

Quizá empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que él representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote; del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandria de fuego, el del dios liberador. Aquel que se reintegra.

Su vida sacerdotal y su actividad como docente estuvieron marcadas por las desigualdades sociales y las injusticias padecidas por su pueblo. Para Gustavo, los pobres son el corazón de la teología de la liberación; fuera de ellos no hay salvación. Luchar contra las desigualdades no implica meramente alzar la voz contra ellas, tampoco exigir ciertas reformas, sino operar cambios estructurales a nivel local y global. Para la iglesia, esta tarea conlleva criticarse a sí misma como parte integrante de este orden desigual. Las acciones que se deben emprender no pueden girar alrededor de remedios individuales y momentáneos. La lucha tiene que ser decidida y en contra de las causas estructurales que generan el sufrimiento social.

A pesar de su función como docente, Para Gustavo el trabajo intelectual no fue su primera preocupación. Afirmaba con frecuencia que su principal tarea era la parroquia, el barrio pobre donde vivía. “La iglesia peregrina, pero no camina detrás del libro de un párroco”. Del contacto diario con su gente brotaban los principios fundamentales que iluminaban su forma de concebir a Dios y al mundo. Su espiritualidad se cimentó en la solidaridad con los pobres. “El tiempo de la limosna ha pasado”, decía. La pobreza tiene sus causas y hay que identificarlas. Ser solidario implica luchar cristianamente contra la intolerable opresión; más allá de las declaraciones, hay que tomar una actitud clara y decidida contra ella. La predicación de la palabra sería vacía y ahistórica si pretendiera escamotear esta dimensión. No sería el mensaje del Dios que libera.

Aunque Gustavo ya no esté, su esfuerzo constante por desnaturalizar la pobreza permanecerá. Nos corresponde asumir que la opresión y el sufrimiento social no son una fatalidad o un destino y que tampoco el remedio lo constituye la moda del emprendedurismo. La miseria creada por manos humanas bien concretas requiere ser identificada, contestada y transformada para que el fuego liberador de las calandrias nos desanude.

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