Sí, “doctor”: el servilismo voluntario en Colombia

Por Diego Meza

Pintura de Lorenzo Muriedas

En Colombia, el servilismo es una condición históricamente arraigada. Como suele suceder en otros contextos, su modo de operación no siempre es coercitivo. El servilismo actúa de forma imperceptible como una sensación compartida que se instala en todos los rincones de la vida cotidiana. Frases aparentemente banales como “sí doctor”, “bueno mi señor”, “sí patroncita”, “él sabe cómo funcionan las cosas” son una expresión de nuestra organización social. No son simplemente modos de cortesía o giros locales del idioma. Estos enunciados se articulan con el tono de voz, la postura del cuerpo y el vestido para diseñar jerarquías, divisiones y distancias y justificar el orden imperante. Estas frases demuestran cómo se incorpora el poder en las relaciones diarias, en donde la dominación se vuelve una costumbre y las desigualdades se estructuran culturalmente.

La desigualdad en Colombia sigue siendo alarmante. El 1% más rico de la población tiene en sus manos un tercio de la riqueza total del país. De ahí que un millonario promedio en Colombia gane en dos minutos lo que una persona del 50% más pobre gana en todo un año. Lo más problemático es que muchas de las personas consideradas pobres o vulnerables legitiman consciente o inconscientemente estas brechas: “Es que ellos están ahí porque trabajan más”, “porque han sido más disciplinados”, “porque son más inteligentes”, “porque saben moverse”, “porque han sido más afortunados”, “porque hablan bien”.  No es mera ingenuidad, sino un proceso de interiorización de la dominación en el que el oprimido no solo obedece, sino que reconoce como válido el yugo impuesto. De este modo, las desigualdades se justifican y el dominio se impone no a través de la fuerza sino mediante el reconocimiento social.

Esta lógica es visible y densa en el espacio del servicio doméstico y personal. En la casa, generalmente, las relaciones son íntimas, diarias y físicas. En esta dirección, la socióloga francesa Alizée Delpierre muestra en su libro “Servir a los ricos” que el servicio doméstico no es una simple relación laboral, se trata de una relación total y totalizante. Quien sirve no solo barre, cocina, cuida a los niños o abre la puerta, sino que está bajo la obligación de la disponibilidad y la lealtad. Además de la ejecución de tareas diarias, estas personas organizan la vida de otros mientras ponen parcialmente entre paréntesis las propias. De ahí que estas relaciones sean profundamente ambivalentes ya que, por una parte, se crea un cierto tipo de inclusión, en la que los trabajadores empiezan a hacer parte de estas familias, y de otra parte se verifica una división ya que ellos nunca serán completamente parte de ellas. La ambigüedad de estas relaciones es la que vuelve eficaz la dominación.

En el caso de nuestro país, estos vínculos no son marginales. Sus raíces se extienden al período colonial con el sistema de encomiendas, el vasallaje y las haciendas. En estos contextos, el poder adquirió un matiz personal, íntimo, casi doméstico. Actualmente, aunque se asevere que Colombia es una nación moderna conectada a redes globales, la vida cotidiana sigue organizada bajo esta modalidad del poder. Diversos “patrones” instalados en empresas privadas o en cargos públicos ejercen sus tareas como si estuviesen todavía en una finca y siguen siendo reconocidos y tratados como tal. Así puede verse que la servidumbre no se limita a los espacios domésticos, también puede extenderse a la política, al trabajo, al mundo religioso, a las relaciones sociales en general.

Además de la existencia de este sistema, su gravedad radica en su reproducción social y estabilidad. Porque, al final, se funda y se multiplica gracias a una forma de consentimiento popular. En otras palabras, el sostenimiento de estas relaciones surge de una disposición incorporada que se expresa en los modos de hablar, los gestos, los silencios y los espacios ocupados. La dominación contemporánea se instala en un entorno de sentido que lo hace no solo aceptable sino también deseable en muchos casos. Esto se debe a que la cercanía a quien detenta el poder puede traer algunos beneficios simbólicos y materiales, aunque las relaciones de subordinación no desaparezcan.

Así, lo más preocupante no es lo que generalmente denuncian los índices sobre la desigualdad, sino lo que no se menciona, lo que no alcanzamos a notar. La naturalización de un comportamiento o la rutinización de una relación hace que deje de llamar la atención o deje ser objeto de examen. Se trata de una incapacidad para percibir que termina redefiniendo los límites de lo que consideramos tolerable o aceptable. De este modo, las asimetrías se convierten en criterio de orientación, en un marco interpretativo que silenciosamente configura deseos y aspiraciones y que delimita conductas sin necesidad de enunciarlas. ¿Qué sucede entonces cuando las diferencias estructurales ya no se ven como productos históricos sino como el horizonte desde el cual se percibe el mundo y se actúa? Ocurre, quizás, que ya no hay nada que contestar, porque todo se muestra como dado, como si no pudiera existir de otra manera; y es entonces cuando se escucha un “sí doctor” que ya no designa una relación, sino que la da por sentada.

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