
Portada: Sin título – Tuula Jacobsson
Estamos próximos a unas nuevas elecciones presidenciales en las que, efectivamente, se juega la continuidad de un proceso de cambio orientado hacia la justicia social, iniciado por el gobierno de Gustavo Petro, o el retorno al gobierno de una élite mafiosa que históricamente ha controlado al Estado en su propio beneficio. Puesto de esta manera, pareciera que en dichas elecciones se juega todo nuestro destino y, sin embargo, es necesario justipreciar la importancia real de dichas elecciones para no fetichizarlas.
Sin lugar a dudas, las reformas orientadas al logro de una real justicia social son de suma importancia. A estas alturas, nadie con dos dedos de frente podría oponerse seriamente a un paquete de reformas que garanticen el acceso de toda la población a la salud, a la educación, a la justicia, a los alimentos, a la recreación etc. De hecho, los representantes de la élite no se atreven a negar esta necesidad, pues requieren del favor del pueblo y para ello deben presentarse como aquellos que mejor pueden acercar las políticas del Estado a la gente de a pie; pero cada vez se hace más evidente que sus argumentos tecnocráticos en contra de las reformas no son más que sofismas de distracción que buscan ocultar que lo suyo es un secuestro burdo del Estado al servicio de sus negocios particulares.
Seguramente el Pacto Histórico es el movimiento político que expresa de la manera más contundente un compromiso con la justicia social. Sin embargo, no es hoy por hoy mayoría en el Congreso y de ganar la presidencia se las verá nuevamente con la necesidad de alianzas con la élite tradicional que ha sembrado de miseria, exclusión y desigualdad el territorio nacional, o verá igualmente bloqueadas en el legislativo (y de paso en las altas cortes, controladas por dicha élite) todas las iniciativas en favor de las reformas sociales. De ahí que la función del pueblo no pueda ni deba limitarse a la elección de un gobierno progresista. Tendrá que defender en la calle las reformas frente al bloqueo institucional.
De entrada, eso quiere decir que la política no se agota en el control de las instituciones y que esta no puede ser la meta de las organizaciones y movimientos políticos comprometidos con una transformación radical del orden social existente, con la construcción de una humanidad a la altura de su concepto; es tan solo una estación de paso, una etapa necesaria en el camino. Y eso implica, además, repensar las relaciones entre las organizaciones de masas y los gobiernos progresistas. Estos cuatro años de gobierno progresista nos dejan algunas lecciones importantes al respecto. De pronto, el presidente Petro se convirtió, o pretendió convertirse, en el líder natural de un movimiento de masas, que las convocaba a la movilización en defensa de las reformas de acuerdo a como se movía la cosa política en el Congreso o en las altas Cortes o de acuerdo con su estado de ánimo. Muchos cuestionaron esta actitud como usurpadora de los liderazgos obreros y populares, pero no alcanzaron a construir como alternativa un liderazgo independiente de la agenda del gobierno.
Por supuesto que en este momento es necesario concentrar buena parte de la energía de las organizaciones populares en función de que el Pacto Histórico gane las elecciones. Pero, entre tanto, habrá que repensar las relaciones que dichas organizaciones populares sostendrán con el gobierno de Iván Cepeda. En el espectro de dichas organizaciones se debaten dos posiciones aparentemente antagónicas, que evidenciaron su actitud infantil frente al gobierno de Gustavo Petro: aquellas que asumieron una actitud de propaganda permanente de todo lo que hacía el gobierno, con el argumento de que criticarlo era hacerle el juego a la derecha; y quienes se apartaron radicalmente de él porque, según ellos, era un líder de la pequeña burguesía y un reformista. Ambas son actitudes dogmáticas que renuncian a una evaluación crítica de la situación en cada momento concreto; la última asume que quien lidere un proceso revolucionario debe ser ya un sujeto emancipado de todas las taras capitalistas, y el primero, en cambio, asume voluntariosamente que quien ha logrado ascender al liderazgo institucional es ya, de hecho, ese ser emancipado, sin mácula y, por tanto, no necesitado de crítica.
A nuestro juicio, la revolución es el proceso en el cual los sujetos individuales y colectivos avanzamos en el proceso de emanciparnos. Y en este proceso la conquista de las instituciones es un paso importante en tanto dichas instituciones, inscritas en el orden de dominación imperante y controladas por los grupos sociales privilegiados, obstaculizan la tarea emancipatoria y reproducen el orden de dominación. Pero el proceso emancipatorio no se agota en el control de las instituciones; hay transformaciones importantes en el orden de lo subjetivo que no se juegan principalmente en el rol de las instituciones. Podemos tener acceso a la salud, a la alimentación, a la recreación sin dejar por ello de ser sujetos egoístas, competitivos y poco sensibles ante el dolor de los otros. Podemos realizar una reforma que garantice el acceso a todos y todas a la educación en sus diversos niveles, sin que dicha educación transforme su compromiso de proveer al capital mano de obra calificada y barata. Podemos avanzar en la sustitución de las energías fósiles por energías “verdes”, sin abandonar el estilo de vida burgués que es el realmente responsable del cambio climático y la crisis civilizatoria que vivimos.
Así, pues, la emancipación social no se agota en las reformas sociales que amplían el acceso de los ciudadanos a una serie de bienes y servicios que asumimos como fundamentales para la vida digna. Las transformaciones en las subjetividades individuales y colectivas que nos permitan avanzar hacia una sociedad realmente humana se juegan esencialmente en el compromiso del pueblo organizado que asume su propia autoformación a través de procesos de educación y comunicación popular, de la dinamización de procesos contraculturales y contrahegemónicos que impacten la cotidianidad de las comunidades.
Y en dichos procesos el pueblo organizado asume una relación dialéctica con el poder establecido, incluso cuando este se propone sinceramente trabajar en favor de la emancipación humana. Tanto el pueblo como el gobierno que de él emane estarán maduros para la revolución cuando renuncien a su identificación fácil el uno con el otro y asuman la crítica recíproca como posibilidad de articulación y crecimiento en favor de un proyecto human genuino. Necesitamos un gobierno capaz de escuchar con oído crítico al pueblo y un pueblo capaz de hacerse escuchar del gobierno y tomar distancia crítica cuando sus acciones y sus propuestas políticas se desvíen del proyecto que lo vincula con él. Solo en este sentido, el pueblo y el gobierno aportarán lo mejor de sí y se fortalecerán mutuamente en las tareas emancipatorias.

Contraportada: Everlasting Life (2022) – Bob Incorvaja
