La Rueda Flotante, teatro ciego en Medellín

Por Alejandro Roque

Fotos: Cortesía Teatro La Rueda Flotante

Hace poco tuve la oportunidad de conocer la Rueda Flotante, un centro de residencia, creación y circulación de artes escénicas con artistas con discapacidad, indígenas y disidencias sexuales, ubicado en el centro de la ciudad de Medellín. La Rueda Flotante cuenta con una sala no convencional, donde los asistentes interactúan con los artistas haciendo parte del espacio y la acción escénica en experiencias sensoriales inmersivas en la oscuridad; para ello es necesario apagar los dispositivos móviles, relojes y cualquier aparato con luz. La experiencia es una estimulación sensitiva, sonora, háptica, olfativa y emocional en completa oscuridad.

La Rueda Flotante ofrece una experiencia escénica participativa donde el público hace recorridos por habitaciones, algunas oscuras; se considera que el teatro sensorial tiene una estructura fragmentada para contar historias con el tacto, los olores y sonidos, donde todos los asistentes hacen parte de la acción. El interés de la Rueda Flotante es que los participantes de sus obras de teatro se vean inmersos en la trama de la historia, además intenta que ellos no solo sean unos espectadores pasivos, sino que también aporten a la narrativa de la obra de teatro.

En el encuentro latinoamericano de teatros divergentes, el director de la Rueda Flotante, Juan Diego Zuluaga, afirmaba que el teatro sensorial tiene la capacidad de que las personas analicen su entorno, pues los enfrenta a situaciones cotidianas, sin espectadores no habría teatro para la Rueda Flotante. Considera entonces que el encuentro entre los cuerpos es fundamental para el teatro vivo, es un elemento esencial la relación del teatro con la comunidad porque muchas de sus obras son analogías de las problemáticas estructurales que nos afectan a todos de forma directa o indirecta en el sistema capitalista.

Nunca había asistido a una obra de teatro de este tipo. Más allá de lo emocionante de entender la dinámica del teatro sensorial, me llamó la atención la obra que se presentaba aquel día, una adaptación de “La Fábula de Hortensia, la flor más petulante tal vez la más perversa”, escrita por José Manuel Freidel en 1984. La Rueda Flotante construye un performance sonoro con artistas ciegos y normovidentes a partir del texto teatral de Freidel. La Fábula de Hortensia es una mirada herida de la muerte a la infancia que se vive en las calles del centro de Medellín. Ramón, un niño en situación de calle, ha sido vuelto un ayunador por la miseria del sistema en el que vive y en medio de su rebusque por la alimentación conoce a Hortensia, una flor petulante y perversa, un ser privilegiado económicamente y muy indiferente a la desigualdad social que vive su país, un día sale de su jardín sin permiso para viajar por la ciudad.

Ramón es un niño maloliente, sucio, y para Hortensia un completo desecho terrenal. En medio de la oscuridad, los diálogos avanzan y ambos toman la decisión de caminar por el centro de Medellín. Las noches de ayuno y el hambre han moldeado a Ramón como una especie de residuo del ser humano; completamente lo contrario a Hortensia, que alardea de su condición humana y sus múltiples privilegios.

En el momento del paso de los protagonistas por el Centro de Medellín hay un silencio perturbador y en medio de la oscuridad alguien del público dice: “Me robaron el celular”, a lo que responde alguien de la obra: “Les avisamos que dejaran sus celulares afuera de los cuartos oscuros, siempre que hay oferta para estudiantes y aporte voluntario sucede lo mismo, eso le pasa por no hacer caso, ahora todos contra la pared que nos va tocar hacer una requisa, deberían entender la ciudad en que viven y no haber dado papaya”.

Luego de la respuesta por parte del actor de la obra, hay otro lapso de tiempo en que todos los participantes nos quedamos en silencio y empezamos a buscar en el cuarto oscuro la forma de llegar a la pared; en un instante de silencio, alguien se me acerca al oído y me dice: “Mi pequeña Hortensia, ¿tiene miedo o va a llorar?”, y empieza a sonar de forma ruidosa un audio de una multitud enardecida persiguiendo un ladrón, audios de personas gritando de forma colérica que asesinaran al malhechor. Comprendí entonces que el sujeto al que presuntamente se le había extraviado el celular y que hacía parte de los espectadores era un actor, sentí pánico por lo que había acabado de suceder, pero también comprendí el interés de la obra de mostrar una realidad no tan lejana que se vive día a día en el Centro de Medellín.

Y como un rayo lanzado por Zeus logré percatarme de lo complejo de la infancia en situación de calle, una realidad que había estado a una cuadra de mi casa pero que, por alguna cuestión, no me generaba extrañeza. Había naturalizado totalmente ese destino humano de la mendicidad, en parte, supongo, por la escasez de información que brindan los medios de comunicación tradicionales, no se considera una noticia importante sobre la cual se debe hablar. Lo complejo y exigente que resulta darme cuenta de cada relación humana en su profundidad, de cuánto dolor, ira y desesperanza esconde la verdad de la mayoría de la gente, dejar de sentir el sufrimiento como algo único no es algo consolador.

Deja un comentario