Por Anderson Vélez Ricardo

Ilustración de Víctor Camilo Cuartas
Pensar las masculinidades es un ejercicio muy reciente. Nace a partir de que el feminismo, tras generar profundas reflexiones y críticas al patriarcado, puso en la palestra pública el sinfín de desigualdades vividas a lo largo de la historia. De allí surgió la pregunta por el papel de la masculinidad como ejercicio; es decir, cuestionar qué es «lo masculino». Esta pregunta no se refiere solo a la figura del hombre, sino a cómo se ejerce ese rol en la sociedad.
En este camino aparecen autoras muy relevantes, pues fueron mujeres quienes empezaron a escribir y teorizar sobre el tema. Entre ellas destaca Raewyn Connell, quien introduce el concepto de masculinidad hegemónica. Este término refiere a una forma de ejercer la masculinidad desde lo establecido, instaurándose en el pensamiento general y en la práctica como la figura de alguien fuerte, proveedor y distante emocionalmente. Por otro lado, Bell Hooks cuestiona esta figura de «dureza emocional» y cómo afecta a las personas que viven la masculinidad, ya que esta forma de habitar el mundo conduce a una acumulación de afectos que, posteriormente, suelen expresarse a través de la violencia, ya sea hacia les otrxs o hacia sí mismxs.
Es aquí donde conviene detenerse para seguir cuestionando a quienes transitan la masculinidad a diario. Constantemente vemos noticias sobre violencia intrafamiliar, violencias basadas en género, maltrato hacia los animales o violencias contra las mujeres. La pregunta obligatoria es: ¿Por qué la mayoría de los hombres son los principales actores de estas violencias?
Rita Segato, en su texto titulado Estructuras elementales de la violencia: Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, nos explica que la violencia que un hombre ejerce hacia una mujer o hacia un par es, en realidad, un mensaje enviado para demostrar que es «uno de ellxs». Esto está íntimamente ligado al mandato de masculinidad, el cual consiste en exigir a los hombres ser dominantes, proveedores y, sobre todo, utilizar la fuerza como forma de resolución de conflictos.
Lo que plantea Segato demuestra que la masculinidad tradicional es un ejercicio del poder autoritario en su máxima expresión. Sin embargo, esta forma de poder también daña a quienes la ejercen. Como se mencionó anteriormente, esta estructura también ataca a los pares. Segato afirma que las primeras víctimas de los mandatos de masculinidad son los propios hombres, pues no solo se atacan entre ellos, sino a sí mismxs.
Un ejemplo claro ocurre en los espacios masculinos: cuando alguien muestra sensibilidad ante una situación personal, suele recibir calificativos como ‘nena’ o ‘cobarde’. Aquí se presenta una doble violencia: primero, se señala esa supuesta ‘debilidad’ utilizando adjetivos vinculados a lo femenino o a las diversidades sexuales como forma de insulto; segundo, se le comunica a la persona que sentirse vulnerable ‘no es de hombres’. Esto genera exclusión y empuja a los sujetos a reprimir sus emociones, lo cual es una forma de violencia hacia sí mismxs. Otro ejemplo común que responde más al ocultamiento de la vulnerabilidad que a la agresión directa es el que más me gusta cuestionar. Siempre que un hombre saluda a un amigo y le pregunta ‘¿Cómo vas?’, la respuesta automática es ‘bien’ o ‘todo bien’. Sin embargo, cuando se indaga un poco más allá, se suele encontrar un panorama emocional devastador. No ocurre siempre, pero en la gran mayoría de los casos se oculta el sentimiento que agobia por miedo a mostrarse vulnerable, siendo esta represión una de las grandes causas de la crisis de salud mental en los hombres.
El tránsito hacia una masculinidad no hegemónica conlleva beneficios tanto individuales como colectivos. En el plano personal, el impacto más significativo es la salud mental, un hombre que comunica sus afectos y asume su responsabilidad emocional aligera sus cargas vitales, logrando un acto liberador hacia una sensibilidad consciente. A nivel social, esto se traduce en una masculinidad despojada de violencia; por ejemplo, el hombre que tramita sus celos profesionalmente reduce su tendencia a la posesión y la violencia.
Una sociedad menos polarizada requiere de masculinidades no hegemónicas, distantes del autoritarismo y la misoginia de ciertos líderes actuales cuyas decisiones perpetúan el conflicto global. En última instancia, la masculinidad hegemónica se consolida como el aliadx estratégico del capitalismo, permitiendo que élites económicas ejemplificadas en figuras como Elon Musk preserven su hegemonía mediante valores patriarcales. Actualmente, grandes corporaciones globales han lucrado sistemáticamente con la guerra; empresas dirigidas por hombres de posturas ultraconservadoras como Alex Karp (CEO de Palantir), quien sostiene que su tecnología de IA reducirá el poder en «votantes con un alto nivel educativo, a menudo mujeres, que votan mayoritariamente por el Partido Demócrata». Es imperativo cuestionar la masculinidad hegemónica no solo en beneficio de los hombres, sino de la humanidad en su conjunto. Debemos analizar críticamente a quiénes permitimos acceder al poder y bajo qué intenciones, especialmente en una sociedad que continúa confiando mayoritariamente en este modelo de hombre para dirigir el rumbo de las naciones.
La reflexión final de este texto es un mensaje para los hombres y todas las personas que viven la masculinidad: es vital cuestionarse desde qué lugar se están nombrando. Cuestionar cómo nuestras conductas dañan a nuestros seres amades y, sobre todo, a nosotres mismes. Revisar nuestros roles como padres, hijxs, hermanxs o amigxs es el primer paso para relacionarnos de manera mucho más sana con nuestra propia subjetividad y con la sociedad. Es, en definitiva, el momento de cuestionar el poder que el patriarcado ejerce sobre quienes vivimos la masculinidad.
