Editorial No 103: Por una agenda política que nos convoque

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La derecha colombiana está en campaña para recuperar el control del gobierno en las elecciones de 2026. Realmente ha estado en campaña desde el momento mismo en que Petro asumió la presidencia y una de sus estrategias ha sido precisamente la del bombardeo mediático para mostrar que Colombia como país se vino a pique con la presidencia de Petro, y que la misión de la derecha ahora es salvar al país del abismo al que este gobierno lo ha lanzado. No tiene muchas ideas realmente esta derecha, pero tampoco las necesita mientras tenga el poder económico y con él el poder mediático. La izquierda, en cambio, parece tener todo el tiempo muchas ideas, pero poca capacidad para realizarlas.
En un mundo estructurado en torno a la dominación es inútil demandar un gobierno cuya legitimidad se funde en su inteligencia, capacidad argumentativa e ingenio para resolver los problemas de la gente. Esos no han sido nunca los propósitos de ningún gobierno en la sociedad capitalista; por el contrario, su propósito es mantener las condiciones en que el capital puede ejercer libremente la explotación y la opresión sobre millones de seres humanos. La legitimación de estas condiciones, en tanto injustas y oprobiosas, no puede darse más que por medio de la manipulación mediática y el diseño de estrategias publicitarias para lograr que la gente acepte y reconozca como natural y hasta benéfico el orden injusto que se le impone y la aplasta. Así que la gobernabilidad en la sociedad capitalista siempre se asienta en estas dos dimensiones: la represión y la manipulación.
Durante estos dos años y medio del gobierno de Petro, se le ha reclamado al presidente, con razón, que haya hecho tan poco por el fortalecimiento de los medios alternativos y populares. Cierto que ha fortalecido los medios institucionales, como RTVC, pero este corre el riesgo de convertirse en un espacio de propaganda para su gobierno y, lo que es peor, su fortalecimiento terminará beneficiando el poder mediático de la oligarquía si esta reconquista el gobierno en las próximas elecciones. En el mismo sentido, se le ha reclamado al gobierno su tendencia a comunicarse con el pueblo y a responder a sus adversarios por las redes sociales, con lo que ha terminado empobreciendo la comunicación pública y convirtiéndola en un medio excelente para desarrollar peleas personales.
Con todo y los avances en materia de política social que ha tenido este gobierno, parece que ha contribuido poco al fortalecimiento de las organizaciones y movimientos sociales y políticos y esto se refleja en que hoy la izquierda parezca no tener figuras públicas emblemáticas, con reconocimiento social y popular, para disputar las elecciones presidenciales y de Congreso en 2026. Y esto se achaca, en parte, al deficiente compromiso del gobierno con el fortalecimiento de la comunicación alternativa y a su compleja forma de entender la comunicación pública. Sin embargo, aun reconociendo verdad en esto, también debemos reconocer nuestra responsabilidad en la desarticulación no solo de los procesos de comunicación alternativa, sino del movimiento social y popular en su conjunto.
Tal vez la articulación entre movimiento popular y gobierno alternativo debe pensarse distinto a como la hemos pensado hasta ahora. Da la sensación de que esperáramos a que llegara un gobierno alternativo o progresista para que nos ayudara a empujar nuestros procesos organizativos, y la mayoría de las veces el impulso que esperamos de ese gobierno es meramente monetario, porque la falta de recursos financieros se ha convertido en la disculpa para el estancamiento de los procesos. De esta manera, sobre todo a partir del despliegue del neoliberalismo, la autogestión pasó a ser una bella reliquia de otros tiempos, anacrónica para nosotros.
Realmente un gobierno alternativo fuerte solo puede salir de procesos organizativos fuertes en el seno de los sectores populares y de los grupos de oprimidos y oprimidas. Incluso si un gobierno alternativo con buena voluntad lograra aprobación en el Congreso de reformas sociales importantes, estas no pasarían del simple papel si no hay una disposición subjetiva de las organizaciones populares y sus dirigentes políticos para defenderlas. De eso la historia colombiana nos ha dado vastos ejemplos y basta mencionar la sufrida y enredada Reforma Agraria, que viene siendo letra muerta o manipulable por los gobiernos de turno desde 1936.
Muchos sectores del movimiento social y popular le han cuestionado al presidente Petro querer imponerles una agenda de movilización, cuando convoca a la gente a las calles para defender sus reformas. Pero tal vez haya que poner el foco en otra parte, en la incapacidad, explícita hasta ahora, de los sectores populares para organizarse y articularse en torno a una agenda política propia. Acaso sea esa la tarea que tenemos pendiente desde hace ya varias décadas; nos cuesta mucho más trabajar con aquellos y aquellas que avanzan, a su manera, hacia la construcción de procesos emancipatorios, que con la misma institucionalidad. Las más ínfimas diferencias entre nosotros nos vuelven enemigos, mientras del lado de la oligarquía toleramos con frecuencia lo intolerable.
Las diferencias que surgen en los procesos de articulación del movimiento social la mayoría de las veces son de forma y no de principios, pero nos negamos a negociarlas con lo cual dejamos en evidencia que nos pesan más que los mismos principios que nos juntan. La articulación, por lo tanto, demanda hoy de nosotros la capacidad de negociación con los otros. Y ello para poder construir una agenda política, que no sea solo la suma infinita de reivindicaciones de cada sector u organización, sino el tejido en el que plasmamos el país y la sociedad que queremos y la forma como la vamos a construir.
Ojalá el próximo candidato o candidata que la izquierda presente a las elecciones presidenciales y buena parte de los y las que aspiren al Congreso surjan de este proceso de articulación en torno a una agenda política común a todas y todos los ninguneados de este país: las mujeres, la comunidad LGTBI, los obreros, campesinos, negritudes, procesos de los barrios populares, estudiantes, artistas, etc. A todos nos mueve el objetivo común de sacudirnos la opresión que pesa sobre nosotros y la tiranía que nos impone el capital. Pero también la necesidad de construir un mundo donde todos y todas, con nuestras diferencias, podamos vivir y expresar lo que somos libremente. No hay que esperar a que un candidato o un grupo político nos seduzca con su programa de gobierno; más bien hay que invitarles a construir con nosotros un programa que se articule con la agenda común que enarbolamos. Con el convencimiento, además, de que la conquista de los espacios de gobierno y poder político no son el fin último de la agenda, sino una estación entre muchas otras, que involucran la transformación constante de nuestros territorios, nuestras formas de vida y nuestras subjetividades, nuestras formas de confrontar las diversas opresiones y de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza que sustenta nuestra vida.

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