
Imagen proporcionada por Diego Alonso Figueroa Figueroa (suegro)
Transcurría el año 2020, época de pandemia. Yo me encontraba trabajando en dos hospitales con la intención de ahorrar y empezar a edificar un sueño que he tenido con mi esposa: el de construir una casa en un lotecito que tenemos en el municipio de Urrao. La idea cogió fuerza con la motivación de mi suegro, quien posee una finca en la vereda el Penderisco, en el sector del Brochencito. Se llama La Ciénaga, que en los últimos años venía teniendo un florecimiento económico, gracias a un restaurante (Ahumados La Ciénaga) que había puesto un amigo de mi suegro en la casa de dicha finca.
Mi idea con los dos trabajos era ahorrar e invertir el dinero en la compra de ganado, para pastearlo y criarlo en el paraje La Ciénaga. Así pasamos varios años entre extensas jornadas de trabajo y el anhelo latente de seguir ahorrando.
En los meses de octubre y noviembre del 2020, Urrao sufrió una de sus peores crisis invernales, varias veredas quedaron incomunicadas, entre ellas la vereda Pavón, El Volcán, La Magdalena y La Florida. Esto debido al colapso de sus puentes vehiculares que se dio por el desbordamiento del río Penderisco. Lamentablemente, dichos puentes, en su mayoría, no han sido reconstruidos y sus habitantes piden al Estado acciones determinantes que les ayuden a mitigar su olvido y su destierro.
La Vereda el Penderisco no estuvo exenta de esta ola invernal, sus quebradas colapsaron, taponando sus arterias y causando una borrasca que arrastró parte de la casa del paraje La Ciénaga. Por fortuna, un conductor que pasaba por allí minutos antes de la catástrofe logró gritarles a los ocupantes de la casa para que se despertaran. El lodo ya estaba dentro de la casa y el fango les llegaba a sus rodillas.
La Finca la Ciénaga se quedó sola, sin nadie quien pudiera cuidarla y cuidar del ganado que había quedado a merced de la quebrada. Sus habitaciones, su cocina y su sala, en la que algún día se albergó la vida, se quedaron albergando el lodo y la maleza, pues las autoridades solo limpiaron la vía, aludiendo que a ellos no les correspondía ni la vivienda ni el lodo cercano a la vivienda.
Así se pasaron los días y las semanas. Mi suegro, quien vivía a 30 minutos del paraje, en Betulia, un pueblo vecino a Urrao, visitaba el ganado todos los días y les llevaba el alimento y prodigaba los cuidados necesarios.
El 30 de noviembre de 2020 visitó el ganado como de costumbre, solo que un poco más tarde: eran las 4.00 de la tarde cuando llegó y salió de allí casi al anochecer. El primero de diciembre volvió temprano en la mañana, miró hacia la montaña y no vio sombras del ganado; recorrió cada una de sus laderas sin ver las reses. El ganado se había desaparecido, o, para mejor decir, alguien se lo había llevado.
Mi suegro se dirigió entonces al comando de Policía y a la oficina de la SIJIN del municipio de Urrao, pero ninguno le recibió la denuncia ni hizo un mínimo esfuerzo por escucharlo. Le dijeron que debía llamar telefónicamente a la Fiscalía para poner la denuncia formal. Luego de este proceso telefónico y registrar el caso, le asignaron al Fiscal Carlos Mario Cortez, explicándole que en 5 días se comunicarían con él. Al ver lo poco pragmático del proceso, se puso a investigar por su cuenta. Confrontó videos y cotejó información. Comprobó entonces que el 01 de diciembre, alrededor de las tres de la mañana, un camión pasó por el parque del pueblo de Betulia con sus animales.
Por increíble que parezca, a ninguna de las autoridades de Betulia ni de los otros pueblos aledaños les pareció raro un camión en plena pandemia a esas horas de la madrugada con varias cabezas de ganado apeñuscadas adentro; tampoco operaron los controles nocturnos que se hacen en los corredores cercanos por parte de la Policía ni del Ejército. El camión se llevó las últimas vidas que quedaban en el paraje La Ciénaga, se llevó a Carolina, la Colorada, el Toretico, entre otros, en total 17 animales y llegó a su destino, cualquiera que fuera.
Queda la duda de si los animales fueron comercializados con ayuda de muchos entes institucionales. Pues se supone que transitar con estos animales por cualquier parte del territorio colombiano necesita los permisos pertinentes de las autoridades y que las fuerzas del orden deben demandar dichos permisos.
Pasaron los días y miembros de la SIJIN de Urrao se comunicaron con mi suegro, para iniciar el proceso de investigación. Pero al ver que el tiempo seguía transcurriendo sin que la investigación avanzara, él decidió seguir en su búsqueda, cotejando la información disponible. Se dio cuenta, entonces, que el camión utilizado por los ladrones correspondía en sus placas a un camión que semanas después estaban vendiendo en Medellín. Por eso acudió a la Fiscalía de Urrao y a la oficina de la SIJIN, para evitar que vendieran la prueba del robo, pero la respuesta del ente investigador fue preguntarle a la víctima ¿Qué trae para aportar al caso? Al final, lo despacharon diciéndole que se encontraban saturados con cientos de casos y se mantuvieron inconmovibles ante la afirmación de mi suegro de que tampoco para él este era el único caso, pues era la tercera vez que iniciaba un proceso ante la Fiscalía por robo de ganado, sin ninguna solución.
Así mi suegro comprendió que de la institucionalidad no podía esperar compromiso en la investigación. Realizó entonces por su cuenta viajes al suroeste, recopilando información para dar con el paradero del ganado, hasta una tarde que recibió una llamada telefónica en la que le decían: “no siga preguntando más, ni buscando sus animales, no se busque más problemas, ni pierda más de lo perdido”.
Finalmente, las personas que tenían el caso fueron reubicadas y el caso cedido a otras personas y otros fiscales desconocidos para la víctima. Ante esto la conclusión de mi suegro parece demoledora: “Uno se siente revictimizado cada vez que vuelve a estas instituciones, debido a que es uno el que tiene que poner al tanto a estas personas de lo sucedido y es uno el que tiene que buscar la información e investigar, poniendo incluso en riesgo su vida”.
Este 30 de noviembre se cumplieron cuatro años del último robo en la finca La Ciénaga, y en marzo de este año la fiscalía se contactó con mi suegro para darle los avances del caso. Solo diremos que el silencio que sigue en estas líneas es proporcional al avance de la investigación. Entre tanto los ladrones se siguen moviendo como Pedro por su casa, ante lo que parece un amparo institucional.
