Editorial No 104: Antiimperialistas y sobre todo anticapitalistas

Portada: «Paz» – Candido Portinari

El imperio está en crisis. Es un hecho irrefutable que se evidencia cada vez más con las medidas desesperadas y el discurso camorrero e incendiario con los que el actual inquilino de la Casa Blanca promete recuperar, para los estadounidenses, la fuerza y el prestigio de otros tiempos ya lejanos. Vive Trump del recuerdo de una vieja América para la que ya no hay condiciones en el mundo actual. La decadencia económica y política se agudiza con el fortalecimiento de potencias emergentes como Rusia y China, que no obedecen los caprichos del antiguo Hegemón y que poco a poco empiezan a imponer en voz alta sus nuevas condiciones al mundo.
Que el imperio esté en crisis y que otras potencias se dispongan a disputar con muchísimas probabilidades de éxito su hegemonía indica que el mundo está cambiando y que el cambio se hace cada vez más irreversible, más impermeable al voluntarismo de los antiguos amos del mundo. Pero quienes celebran ciegamente este cambio, la supuesta emergencia de un mundo multipolar, deberán tener en cuenta que aún en momentos en que el cambio se hace urgente y necesario, debe ser agenciado por las fuerzas sociales que más lo necesitan y no solo por quienes tienen el poder de provocarlo. En otras palabras, no todo cambio es digno de celebración, sino tan solo aquel que conduce efectivamente a mejorar la vida de los pueblos, a desterrar la injusticia y la opresión como formas naturales de relacionamiento social.
Ni China ni Rusia enfrentan hoy al imperio a nombre de una humanidad mejor; por el contrario, han asumido el mismo capitalismo y las mismas estrategias de competencia y guerra de posiciones (militar, comercial y política) para lograr una posición dominante en el mismo mundo donde hasta hoy resultaba dominante Estados Unidos; la mayoría de las veces el respaldo de estas potencias a países pobres aplastados por la bota del imperio está regido menos por un sentimiento de solidaridad y defensa de la dignidad de los pueblos que por las ventajas comerciales y políticas que pueden obtener al tener acceso a los recursos de ese territorio o a su ubicación estratégica. Y lo peor es que ni siquiera son beneficios para su pueblo en pleno sino solo para la clase que se impone allí. Todas ellas son potencias capitalistas y muestran por la humanidad y la naturaleza el desprecio que el capital exige. Por eso China, por ejemplo, en esta carrera por el crecimiento económico que permita disputar un lugar privilegiado en el control del mundo, se ha convertido en el mayor contaminador y la capital del derroche y lo desechable, amén de la agudización de la explotación generalizada de sus propios ciudadanos.
El fin del imperialismo no puede ser la convivencia pacífica de varios imperios (lo cual es ya una contradicción y una quimera), sino la destrucción de las estructuras sociales del capitalismo y la lógica que lo sustenta, que han terminado por naturalizar la competencia entre los poderosos y la opresión sobre las y los empobrecidos, minimizados, racializados, discriminados, ninguneados y excluidos; en una palabra, contra los eternamente humillados y ofendidos. Ninguna potencia fortalecida bajo la lógica del capitalismo global puede encabezar esta cruzada y si, efectivamente, esta fuera la meta hacia donde avanzara su lucha, no podría imponérsela a los pueblos enajenados. Solo la opresión puede ser impuesta por quienes detentan el poder de hacerlo; la libertad, en cambio, cuando se impone, deja simplemente de ser libertad.
El fin de un imperio, por lo tanto, solo puede conducir a la emergencia de un mundo basado en la justicia, el amor y la solidaridad, cuando los pueblos, la mayoría de la humanidad, estén en capacidad de encarnar individual y colectivamente este proyecto. Para ello, la tarea más inmediata que nos convoca hoy es la transformación del sujeto que ha sido formado en la lógica del capitalismo, cuya actitud es de un individualismo cerrado, una disposición ya casi natural a la competencia voraz y despiadada y una búsqueda desesperada de la embriaguez que produce el consumo. Ninguna potencia puede realizar esta tarea por nosotros, porque somos los menesterosos de este mundo los llamados, por la necesidad y la urgencia, a hacer de nuestra vida, individual y colectiva, una revolución permanente, en la cual nos transformamos a nosotros mismos y al mundo que nos oprime.
Ningún imperio es imbatible ni mucho menos eterno. Pero esa es una verdad que nos sirve muy poco mientras no encarnemos como humanidad el proyecto de la justicia y la solidaridad; la idea de que solo crecemos realmente cuando lo hacemos como especie y que, por el contrario, cuando nos empeñamos en el crecimiento individual, o de una entidad particular, en aislamiento o competencia con el resto de los congéneres lo que se pone en riesgo es la subsistencia de la especie. Los imperios se han sucedido en la historia del mundo, unos nacen y otros emergen sin que con ello se instaure un ápice de justicia en el mundo.
Solo la conciencia colectiva de que el imperio, y toda actitud imperial, no es otra cosa que la maximización del desprecio por la vida humana, un hambre de poder abstracto que lo destruye todo a su paso y sin reparo, podrá darnos la fuerza para enfrentar su realidad. La meta no es solo la destrucción del imperio, sino que dicha destrucción se hace precisamente mediante la construcción permanente de un mundo nuevo, transformando tanto en los pequeños escenarios cotidianos y en los escenarios globalizados nuestras relaciones con los congéneres y con la naturaleza. La subsistencia de la especie humana, de sus sueños y proyectos más elevados, solo será posible con el fortalecimiento de la humanidad misma; es decir, de sus vínculos sólidos y solidarios entre individuos, de la eliminación de todas las prácticas en las que ciertos grupos sociales son asumidos como despreciables, desechables o instrumentalizables. La humanidad solo se fortalece en la medida en que estemos dispuestos a rechazar toda forma de opresión y dominación. Pues ningún grupo social tiene el derecho a sentirse superior y a justificar en dicha superioridad su maltrato a los demás y su deshumanización.

Contraportada: «La marcha de la humanidad(Fragmento)» – David Alfaro Siqueiros

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