Colonialismo cerrero

Por Rubén Darío Zapata

Ilustración: Víctor Camilo Cuartas

Un día después de la posesión de Donald Trump, el mundo pudo ver a través de la televisión las imágenes de miles de inmigrantes, esposados de pies y manos, en filas inmensas rumbo a su deportación. Era el cumplimiento de una de las primeras órdenes ejecutivas del mandatario estadounidense con la que se aprestaba a cumplir acaso la más grande de sus promesas en la campaña electoral. De hecho, el mismo Trump se presentó en el lugar de los hechos para dar una especie de parte de victoria, pues, según él, se había capturado y se estaba deportando a los más temidos delincuentes y terroristas que habían ingresado de manera ilegal al territorio sagrado de los Estados Unidos.

El primer turno para dichas deportaciones le correspondió al país centroamericano de Guatemala. Luego vendría Colombia. El gobierno de Trump le notificó al gobierno de Petro que enviaría dos aviones militares con los miles de “delincuentes” colombianos deportados y que el gobierno colombiano debía disponerse a recibirlos. Petro le dijo que no en esas condiciones y, a partir de ahí, se desató, según la prensa nacional, la crisis diplomática más grande de la historia entre Estados Unidos y Colombia, aunque esta no hubiera durado más de 24 horas y no hubiera pasado de unos cuantos mensajes en tono subido de ambos mandatarios.

El discurso de Trump en campaña contra los inmigrantes los presentaba como los grandes capos de la mafia, como delincuentes sumamente peligrosos que habían ingresado a saquear el país de las oportunidades gracias a que los gobiernos de los países pobres latinoamericanos habían abierto las puertas de las cárceles para que los más grandes criminales cruzaran las fronteras e invadieran el país del norte. Detrás de este discurso, por supuesto, está el racismo ciego y violento de Trump y buena parte de su electorado (incluyendo a muchos de los mismos migrantes), y el discurso falaz no tiene otra pretensión que justificar la persecución, el maltrato y la tortura contra los que Trump ha calificado como la mayor amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos, una forma de atraer respaldo popular y desviar la atención de los verdaderos problemas que atraviesa el imperio.

Contra este maltrato fue que reaccionó el presidente Petro, cuando buena parte de los gobiernos latinoamericanos permanecían en silencio, aceptando que la humillación y deshumanización de sus conciudadanos a manos del gobierno Trump era una especie de destino. El gobierno colombiano le hizo saber al gobierno norteamericano que los migrantes no eran, por su condición, delincuentes, que, en la mayoría de los casos, su único crimen era haber cruzado ilegalmente la frontera y permanecer del otro lado, indocumentados, o haber cruzado legales y dejar vencer la visa. Por eso mismo, no debían ser conducidos como criminales de alta peligrosidad ni en los aviones militares que el gobierno de Trump estaba usando. En últimas, el gobierno de Petro le exigió al gobierno de Trump que respetara la dignidad de aquellos que, simplemente, buscando un futuro mejor, se atrevieron a cruzar las fronteras de un país que se ha presentado a sí mismo como el país de las oportunidades.

Exigir el respeto a la dignidad de los colombianos en cualquier parte del mundo y ante el poder que sea es apenas una de las funciones naturales del gobierno, y lo hace a nombre, precisamente, de todas y todos los colombianos. Pero para la élite de este país y para sus medios, dicha exigencia pareció más bien un atrevimiento inaceptable. Y su furor creció cundo Trump anunció, en abierta confrontación con Petro, las sanciones económicas consistentes en elevar los aranceles a las importaciones de ese país desde Colombia. Lo que menos esperaban era que Petro anunciara, como si fuera un diálogo de iguales, que también elevaría los impuestos a las importaciones nuestras desde los Estados Unidos y retendría los productos colombianos que le han sido esenciales al consumidor norteamericano, como el café. En esas reacciones del mandatario colombiano la prensa corporativa no podía ver nada más que insensatez y soberbia ciega, que ponía en grave peligro los negocios de la élite.

Llama la atención que estos medios y sus periodistas, tan sensibleros a veces, no hubieran sido tocados en lo más mínimo por las imágenes de miles y miles de indocumentados tratados como escoria ni por los relatos desgarradores de los indocumentados, que contaban la sevicia de las redadas en las grandes ciudades y las torturas. Ni siquiera se escandalizaron cuando Trump anunció que encerraría a más de 30 mil indocumentados en la cárcel de Guantánamo, famosa por haber funcionado como un campo de concentración donde los presos perdían hasta su nombre y eran sometidos a torturas sin límite.

Al final, la crisis se resolvió en un abrir y cerrar de ojos, pero los medios y sus dueños sintieron que la protección que el imperio siempre les ha brindado para que puedan amasar sus fortunas impunemente corría grave peligro. Cada gobierno creó su propio relato acerca de la solución de la crisis. Y los medios se empeñaron en mostrar como realizado su deseo: lo que finalmente difundieron fue la idea de que Petro había tenido que agachar la cabeza y aceptar irrestrictamente todas las condiciones impuestas por Trump. Como es costumbre, ningún interés mostraron estas corporaciones mediáticas por las víctimas, es decir, por los deportados en condiciones inhumanas. Se empeñaron en difundir con alborozo la mentira impuesta desde el mismo gobierno Trump.

Y aunque, efectivamente, el gobierno colombiano logró que Trump aceptase el ingreso de los aviones colombianos para recoger a los indocumentados y traerlos a suelo patrio y que dicho proceso fuera acompañado por funcionarios consulares colombianos para garantizar el respeto a sus derechos, los medios mantuvieron y mantienen el relato de la soberbia mal herida de Petro, con lo cual muestran definitivamente su pequeñez intelectual y moral. No parecen haber caído en cuenta de lo que allí se jugaba y por eso lo presentaron como una pelea personal de Petro. No se enteraron de que lo que estaba en juego era la dignidad humana, que, por lo demás, no tiene precio. Que el triunfo de Trump en imponer sus condiciones era el triunfo de la deshumanización de los pobres, humildes, excluidos, sudacas, latinos, etc. (primer paso hacia la naturalización de la barbarie fascista) y que el triunfo de la postura de Petro, por mínimo que fuera el logro, era un triunfo de la humanidad. Pero claro, no es la humanidad lo que preocupa a la élite mezquina de este país, sino únicamente sus intereses particulares, y se aliarán con el imperio siempre que este proteja sus intereses. Seguramente los veremos convertidos en nacionalistas cuando estos intereses empiecen a ser bloqueados por el mismo imperio.

Deja un comentario