Editorial No 105: Del Estado y la Revolución

Portada: «Victoria de la Paz» – Alejandro Obregón

En la tradición teórica revolucionaria se dibuja la eliminación del Estado como una de las metas fundamentales, como el indicador de una transformación social radical y profunda. Esto porque, según dicha tradición, el Estado es un instrumento que administra los intereses del capital y ejerce sobre los explotados y oprimidos la represión necesaria para mantener el orden injusto cuando sus mecanismos ideológicos no son suficientes para contener el descontento en las masas. En la práctica, sin embargo, buena parte de la lucha revolucionaria se concentra en la disputa por el control del Estado. Lo que en principio parece una paradoja, realmente expresa en toda su verdad el papel tan importante que desempeña el Estado en la perpetuación del orden de explotación, oprobio y opresión impuesto por el capitalismo. Sin arrebatar este poder de manos del capital, no es posible avanzar en ninguna transformación radical y profunda del orden social imperante.

Por eso la toma del Estado aparece como una de las metas inmediatas e imprescindibles para la mayoría de movimientos revolucionarios en el mundo hoy. La disputa entre ellos, que en buena parte debilita la contundencia de sus luchas, es si dicha toma ha de realizarse por las vías violentas o utilizando los mecanismos de la institucionalidad burguesa, como la participación en elecciones para ocupar cargos fundamentales en el entramado institucional del Estado burgués. Lo paradójico del asunto es que allí donde la izquierda revolucionaria ha logrado hacerse con el control del Estado o una porción importante de él, éste rara vez ha trabajado en pos de su propia disolución, sino que, además, ha seguido sirviendo a los intereses de la élite capitalista y mantenido o incluso fortaleciendo sus mecanismos de represión.

Lo primero es entendible, en la medida en que la configuración del capitalismo mundial es imperialista y, por tanto, los procesos revolucionarios al interior de las naciones se ven obligados a fortalecer los Estados para defenderse de las agresiones del imperio. Lo segundo, sin embargo, muestra, por una parte, que tomar el control del Estado no es lo mismo que hacer la revolución y que, en buena medida, los sujetos que, a nombre de la revolución, se han hecho con el poder del Estado mantienen una concepción burguesa de éste y, por tanto, son incapaces de transformar radicalmente su función y convertirlo en un aparato que promueva la revolución en todas las dimensiones de la vida social e individual.

A pesar de ello, muchos son los que hoy siguen confundiendo la revolución con la toma, ni siquiera del Estado, sino del gobierno, y para ello concentran sus esfuerzos exclusivamente en los procesos electorales en detrimento de los procesos organizativos autónomos de los sectores populares y en la construcción del sujeto revolucionario que esté realmente en la capacidad, en caso de alcanzar por alguna vía el control del Estado, de ponerlo al servicio de una revolución profunda. Valga esto para quienes desde ya empiezan a enfocarse en las elecciones presidenciales del 2026 en Colombia como una segunda oportunidad para lograr lo que en este gobierno no se pudo. Es menester reconocer que mientras el poder económico esté en manos de la gran burguesía, este impondrá sus condiciones incluso a los gobiernos supuestamente revolucionarios; y, sin embargo, una de las formas más expeditas de quebrar ese poder económico es mediante el control del Estado.

A esta paradoja se le suma una todavía más problemática: el Estado podría ser una instancia privilegiada para lograr, desde sus instituciones, sobre todo las educativas, la constitución de un sujeto capaz de hacer y defender la revolución. Pero ello implica que quienes dirigen el Estado en todas y cada una de sus instituciones son realmente sujetos revolucionarios. Lo cual resulta bastante complicado en una sociedad donde la política ha sido moldeada por la racionalidad instrumental del capitalismo, según la cual el fin, cualquiera que sea, justifica los medios, y donde los políticos de izquierda han bebido por igual de la leche de la corrupción y el clientelismo y abrazan el proyecto del neodesarrollismo en su versión neoextractivista para convertir a los pobres en clase media y, por tanto, en consumidores que aceiten el sistema y en caudal electoral para próximas elecciones.

La discusión sobre si resulta pertinente o no la toma del Estado es hoy definitivamente bizantina. En la realidad política contemporánea resulta tan evidente la importancia trascendental del Estado en la organización de la vida social (hoy en función de los intereses capitalistas e imperialista) que no puede ser consistente ninguna revolución que se desentienda de él. Sin embargo, nos debemos una discusión profunda acerca de para qué se busca el control del Estado y cuál es el peso que esta búsqueda debería tener en los procesos revolucionarios. Si nos conformamos con el control del Estado sin cambiar su estructura, su funcionamiento y su relación con la gente, sin cambiar su lógica de dominación, realmente estaremos en un proceso contrarrevolucionario.

La revolución la hacen los sujetos, desde las instituciones también, pero sobre todo desde las calles, desde sus hogares, centros de estudio y de trabajo. Somos los sujetos los que tornamos a las instituciones, a los hogares, a las universidades y las grandes fábricas en espacios revolucionarios, no estos espacios los que nos hacen, por arte de magia, revolucionarios. Y que el Estado y sus instituciones sean conducidas por sujetos de espíritu revolucionario demanda que este espíritu sea amasado y fortalecido en las dinámicas y luchas de los sectores populares, en las organizaciones que construimos a diario en nuestros territorios y nuestras comunidades para transformar nuestras condiciones de existencia en la cotidianidad y en la vida social en su conjunto.

Así, en el Estado dichos sujetos continuarán las tareas revolucionarias emprendidas desde sus territorios, desde sus comunidades y lugares de estudio y de trabajo, revolucionando de paso al mismo Estado, con el respaldo decidido de las masas organizadas. Será, finalmente, el avance de estas luchas, la consolidación de un sujeto revolucionario, la que nos indicará cuál sea el lugar que ocupará el Estado en la organización de la vida social o si definitivamente se hará innecesario. Para llegar allá hay, sin embargo, un gran trecho de luchas en el corazón mismo de las naciones, de las comunidades en sus territorios y del mismo individuo.

Contraportada: Mural en la Universidad Francisco de Paula Santander (Cúcuta), en homenaje a los desaparecidos – Cristobal Isaza

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