Por Emilio Taborda

Al norte del departamento de Antioquia se ubica un municipio cuyo nombre deseo reservar, al igual que el de la institución donde laboran los docentes de la presente crónica. Así como muchos municipios de la zona, este territorio se ha visto permeado por el conflicto armado que ha tenido lugar en la historia de Colombia. No es difícil imaginar, por tanto, el pan de cada día de sus habitantes: la violencia. Les marca profundamente, configura su historia colectiva e individual, e incluso termina por convertirse en parte de ellos. Los juegos de los niños asumen a los actores del conflicto como protagonistas, los ademanes y saludos adaptan la mímesis de la guerra (para saludar a alguien o señalar a quien se convierte en el objeto de deseo basta con apuntar y apretar el gatillo de un arma imaginaria), el sueño de muchos jóvenes radica en pertenecer a X o Y grupo armado, o comprarse un arma, pues estas “son muy lindas”, y los chistes apelan al lenguaje de la desaparición: “quiere terminar en un costal nadando con los peces”, “profe, póngame 5 o le presento unos amigos del monte”, “no me haga mandarlo en partes a su casa” (comentarios que, con facilidad, una persona escucha en múltiples ocasiones durante el día).
Los representantes del Estado: soldados y policía, son constantemente ridiculizados, no se les toma en serio, se les excluye e incluso se teme un vínculo de cualquier tipo con ellos. Esto es así en tanto quienes encarnan el orden social son otros agentes. Cualquier norma que sea quebrantada (oficial o directrices que en ocasiones son impuestas por los mismos grupos) deberá ser sancionada: multas económicas, desplazamientos o la muerte misma son la manera de pagar.
Hacer parte de los grupos, tener la intención de unirse o contar con un amigo o familiar en los mismos dota a las personas de una cierta inmunidad e incluso poder frente a los otros. Hay ocasiones en las que algunos individuos aprovechan su posición o la simulan para sacar réditos al respecto. Tal fue el caso de un estudiante al perder la materia de ciencias naturales (debido a su falta de asistencia al aula por ir a los baños a vapear o perderse en los pasillos conquistando estudiantes de otros grados). Sus bajas calificaciones en múltiples asignaturas le empujaron a la posible pérdida del grado décimo. Parece que muchos docentes estaban enterados de los nexos de su familia con los grupos que controlan la zona (menos el docente que era nuevo en la institución), pues antes de entregar los informes del año, como producto de un proceso de alquimia, las notas por debajo de 3 se convirtieron en las notas de un estudiante modelo, siendo 4.5 la más baja de todas.
Esa misma semana el docente recibió una llamada, donde X persona, que aseguraba ser del grupo que dirige la zona, le interrogó por la situación del estudiante, algo insólito, pues se supone que “esa gente no se mete con la educación”. Ante la negativa del docente a cambiar la nota, recibió un cálido comentario: “bueno, profe, ojalá no le pase nada a su sobrina, que vive en X municipio cercano, por cierto, quedó muy linda la casa con la pintura verde”. Aun así, el docente permaneció firme; fue el rector, quizás por solidaridad con el docente, o evitando una situación incómoda o por miedo a recibir sugerencias del mismo tipo, quien cambió la nota.
Días después otro docente, amigo cercano, recibió una llamada en las horas de la tarde. Contestó, a pesar de las constantes sugerencias que todos hicieron de no levantar el teléfono frente a números desconocidos. Un nombre y 40 segundos de insultos y amenazas que ya no recuerda con claridad bastaron para que su cuerpo y alma se paralizaran por completo. Un corazón que latía con más fuerza que el descrito por Edgar Allan Poe, un aire que se hacía cada vez más denso y caliente, unos sentidos que se agudizaron hasta percibir cada ser vivo que rodea el pequeño jardín de su casa y un temor que lo consumía por completo le impidieron conciliar el sueño aquella noche.
“Habrá sido una llamada de la cárcel para estafarme – pensaba-. “Pero ¿entonces por qué dijeron mi nombre?”. Buscó en internet las palabras “traslado por amenaza a docentes”
“¿y si no me creen? ¿Y si me trasladan aún más lejos de mi familia? ¿Y si me encuentran allá donde me manden?” Eran algunas de las preguntas que corrían por su mente.
Decidió no alertar a nadie sobre lo sucedido, su pareja y sus hijos lloraban constantemente al tener a su padre lejos, por lo que narrar los hechos sería obligarlos a experimentar aquella terrible sensación que lo había atrapado. Su familia dependía de cada peso que enviaba, por lo que ser trasladado a un lugar donde el arriendo, los servicios y los alimentos fuesen más caros dificultaría en exceso el bienestar de su hogar. Además, ¿cómo contarles a sus compañeros sin convertirse en objeto de chismes de pasillo, palabras de compasión y miradas constantes?
Asumiría entonces la carga, la pesada carga: salir de casa para ir a la tienda o asistir al colegio sintiendo que en cualquier momento sería abordado por alguien que terminaría con su vida, pensar constantemente qué había hecho mal (todo era su culpa por exigir a sus estudiantes una mirada crítica de la realidad, por ofrecerles otros mundos posibles), cada persona que se sentaba en frente de su casa o que le mirara cuando pasaba sería el enviado del ángel caído, cada vez que tocaban la puerta de su casa su estómago se revolvía, soñar con sus errores y su muerte se había vuelto común, la espera de una segunda llamada no le permitía alejar sus ojos del celular que mantenía lo más alejado posible. Hasta el día de hoy cada uno de los sentimientos no solo se mantiene, sino que se agudiza, no se sabe si fue una broma (de esas que llaman “de mal gusto”), si fue una llamada para estafarlo, o si realmente fue la forma de activar una cuenta regresiva que aún no llega a su fin.
