
Ilustración: Sin Título – Ana Valentina Candamil
Este es un tema difícil de abordar, no solo por su carácter subjetivo y profundamente personal, sino porque desde lo religioso se ha dicho que debería darnos vergüenza. Me refiero al dolor, ese que aparece como una pequeña sombra de tristeza y se asienta en el pecho con la fuerza de un agujero negro que quiere devorarlo todo, incluso el propio cuerpo, y que crece y crece y crece hasta que se desea la muerte.
Se habla mucho de salud mental y de la importancia de buscar ayuda, de apoyar a quien luce deprimido y aislado. «No estás solo», dicen. «Tienes mucho por lo que estar agradecido, puedes superarlo». Sin embargo, esas palabras a menudo parecen poner a años luz a ese Otro que tanto se desea que nos comprenda. Reconocer que duele, que duele mucho, te coloca automáticamente en el lugar de un enfermo que necesita atención médica porque algo en la química de su cuerpo está mal. Entonces llega la medicación: un largo camino de antidepresivos, analgésicos, dosis más altas, constantes cambios de tratamiento, mientras la única mejora tangible está en las finanzas de las farmacéuticas.
Pocos quieren escuchar las razones por las que el agujero crece. ¿Quién está dispuesto a oír sobre la niña abusada por su padrastro, el niño que su madre saca de estudiar para que trabaje, el joven que se suicida, o la niña migrante que llora cada día por el hogar perdido? Y entonces resuenan esas palabras: «Ese no es tu problema. Debes aprender a separarte de las cosas que presencias en tu trabajo». Pero ¿cómo separarme de los seres humanos con los que comparto gran parte de mis días? ¿Cómo no me importarían sus historias? Muchas de las mujeres, madres que van a la escuela, también toman sertralina, uno de los antidepresivos más económicos, repartido casi como caramelos.
No se trata pues de un problema personal con mis emociones o mi desempeño profesional. Es una consecuencia lógica de la explotación a la que somos sometidos, envueltos en un aislamiento disfrazado de dignidad. Nos enfrentamos solos a un presente de miseria y muerte sembrado por unos cuantos con poder. Somos testigos impotentes, empujados al límite de nuestra mente y cuerpo, acusados de ser «demasiado sensibles».
Cuánto quisiera que fuera la rabia el sentimiento dominante, que el odio al sistema que nos arrebata las ganas de vivir se impusiera. Pero no puedo, porque para odiar tendría que ignorar la belleza del sol tibio que acaricia a los niños en el patio de la escuela, las risas compartidas en el juego, la revelación de un conocimiento desconocido, el amor al mundo en una persona. Asisto, creo, a la extinción de estos actos, mientras las máquinas y fábricas avanzan, y en esta guerra inclemente, nuestros cuerpos heridos y llenos de pastillas servirán de alfombra para los señores de la destrucción.
En la sala de espera de la EPS, viendo a mis colegas ir de un lado a otro mientras aguardan la atención médica, lo único que deseo es la confirmación de que mi mente no está envenenando mi cuerpo. Me doy cuenta que no soy solo un síntoma de una sociedad enferma que prolonga su agonía a base de fármacos. Y que deseo con todo mi corazón que reconozcan que mi mente no envenena mi cuerpo y que es apenas lógico que me duela la vida. Deseo que, mientras lloro en el transporte público, un desconocido se siente a mi lado y me diga: «A mí también me duele», como en el cuento de Cortázar. Que se una a mí en un llanto incontenible y virulento, que se contagie a todos y lo inunde todo. Que, bajo el agua salada, desaparezcan las enormes fábricas, las torres de negocios. Que sus monedas se oxiden. Que, como en un cuento del realismo mágico, sean las lágrimas las que lo limpien todo y que al fin toda esta tristeza junta se aprecie como lo que es: un acto político, una exigencia de justicia, un hasta aquí porque ya no pasarán, y no solo el problema de un individuo que no se acomoda al trabajo.
Tal vez mis palabras no sean las de un intelectual, y al hablar desde lo más profundo de mí misma, incluso el lector podría percibirme al borde del llanto, “Histérica”, dirían algunos. Pero estas no son palabras poco pensadas; pasan y pesan sobre mi cuerpo. Quizá debería incluir cifras de cómo las farmacéuticas se enriquecen con las enfermedades mentales o de cuántas personas se suicidan al año en el país o en el mundo. Pero para eso está Google o cualquier buscador de internet. Aquí nos vale cuestionarnos cuánto cuesta levantarse cada día llevando el cuerpo de cucaracha que Gregorio Samsa no pudo sobrellevar en el cuento de Kafka, con las miradas de lástima y casi de repugnancia de los otros por ser débiles.
