Los Niñas/os de Villatina: Una Masacre del Estado

Por Víctor Andrés Muñoz Marín

En la foto: Niños y jóvenes asesinados por la Policía Departamental y al Ejército Nacional en 1992.Tomada de la página web del Grupo Interdisciplinario por los Derechos Humanos (GIDH)

Contexto

El barrio Villatina se encuentra en la Comuna 8 de Medellín, Villa Hermosa, dentro de la Zona Centro Oriental de la ciudad. Limita al oriente con el corregimiento de Santa Elena, al sur con la Comuna 9 – Buenos Aires, al occidente con la Comuna 10 – La Candelaria, y al noroccidente con la Comuna 3 – Manrique.

Históricamente ha sido un territorio en expansión sobre terrenos baldíos en las zonas montañosas de Medellín. Desde los años 50, ha experimentado un alto crecimiento poblacional debido al desplazamiento forzado y la violencia derivada del conflicto armado en Colombia, así como a la desigualdad estructural y el abandono de las periferias frente a las grandes ciudades. Más recientemente, la crisis migratoria venezolana ha intensificado este crecimiento y transformado las dinámicas comunitarias.

Durante el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986), como parte de las negociaciones de paz con el M-19, se autorizó la instalación de campamentos en varios puntos, incluido el barrio Villatina en la Comuna 8. Estas instalaciones tuvieron repercusiones negativas, pues quienes estuvieron cerca de ellas recuerdan el impacto que generaron en los jóvenes, quienes participaron en cursos de formación política y adquirieron conocimientos en técnicas militares que, tiempo después, aplicarían al integrarse a bandas barriales.

Tras el desmantelamiento y el fracaso de los acuerdos, el M-19 abandonó los campamentos, dejando un vacío que derivó en una ola de violencia. Jóvenes que quedaron armados comenzaron a organizarse y a imponer seguridad y justicia por cuenta propia, y algunos terminaron integrando las Milicias 6 y 7 de noviembre del ELN.

A partir de 1984, Medellín entró en una profunda crisis caracterizada por la convergencia de múltiples actores y expresiones de violencia. El Estado enfrentó a comandos guerrilleros, grupos paramilitares y sectores del narcotráfico, mientras que guerrillas, paramilitares, mafias, milicias y bandas disputaban el territorio, el poder y el control de la comuna 8.

En este contexto, la masacre del 15 de noviembre de 1992 se enmarca en una dinámica de violencia indiscriminada y conflictos territoriales entre actores armados y barriales. Este hecho no solo afectó a las familias y a la comunidad, sino que dejó una huella imborrable en la historia del barrio Villatina, de Medellín y de Colombia.

15 de noviembre de 1992:


Eran las 8:00 de la noche en la Comuna 8 de Medellín. Mientras algunos regresaban a casa tras sus actividades, las calles estaban llenas, pues era domingo y acababa de concluir la última misa. A una cuadra de la parroquia Nuestra Señora de Torcoroma, tres automóviles sin placas se estacionaron en la calle 54 con carrera 17. De ellos bajaron 12 hombres armados, vestidos de civil y con el rostro cubierto por capuchas, que portaban fusiles, ametralladoras y revólveres. Cruzaron la calle y se dirigieron a un grupo de niños, niñas y jóvenes. Al llegar a la esquina, les ordenaron acostarse boca abajo y, sin piedad, les dispararon por la espalda.

El estruendo de las balas desató el pánico en la comunidad. Muchos huyeron en busca de refugio, pero algunas madres, en lugar de esconderse, corrieron desesperadas hacia la escena del tiroteo, sabiendo que sus hijos estaban cerca.

Minutos después, una base del Ejército Nacional cercana al barrio llegó al lugar, desatando un intercambio de disparos con los atacantes. Sin embargo, los encapuchados lograron escapar, dejando tras de sí una escena devastadora: nueve niños y niñas yacían en el suelo, bañados en sangre.

Las víctimas, reconocidas por sus familias, fueron: Johana Mazo Ramírez, de 8 años, quien recientemente se había fracturado las piernas y estaba enyesada; Giovanny Alberto Vallejo Restrepo, de 15 años; Johny Alexander Cardona Ramírez, de 17 años; Ricardo Alexander Hernández, de 17 años; Óscar Andrés Ortiz Toro, de 17 años; Ángel Alberto Barón, de 16 años; Marlon Alberto Álvarez, de 17 años; Nelson Duván Flórez Villa, de 17 años, y Mauricio Antonio Higuita Ramírez, de 22 años.

Todos pertenecían al grupo juvenil de la parroquia, Forjadores del Futuro, dirigido por el sacerdote Sergio Duque. Ese día, participaban en un acto litúrgico cuando la violencia irrumpió en sus vidas.

En medio del caos, mientras ambulancias y socorristas auxiliaban a las víctimas, trasladaron de urgencia al hospital más cercano a Nelson Duván Flórez Villa, de 17 años, quien aún respiraba y permanecía consciente. En la sala de urgencias, logró dar el único y último testimonio: reconoció a uno de los asesinos y afirmó que era compañero de un familiar policía. Poco después, falleció.

El primer informe de la Sijín presentado a los medios afirmaba que las víctimas eran peligrosos sicarios, tergiversando los hechos. Sin embargo, la comunidad desmintió esta versión, validando lo contrario: según la Red de Paz, la masacre habría sido perpetrada por policías vestidos de civil, adscritos al F-2. Se sospecha que el crimen fue una venganza por la muerte de dos agentes asesinados semanas antes en el contexto del narcotráfico, con el propósito de enviar un mensaje de amenaza.

Un segundo informe, basado en pruebas balísticas, reveló que los proyectiles utilizados en la masacre pertenecían a la Policía Departamental y al Ejército Nacional. Según El Colombiano (2017), estos cuerpos de seguridad tenían conexiones con el capo Pablo Escobar, en medio de una violenta guerra contra su organización. Villatina, en ese contexto, había sido catalogado por las autoridades como un punto estratégico en materia de orden público.

Tras la demanda de las familias, la CIDH responsabilizó al Estado, y el gobierno reconoció la participación policial en la masacre bajo la Ley 975.

2 de enero de 1998

Como parte del Acuerdo de Solución Amistosa, se indemnizó a las familias de las víctimas y se construyeron un colegio y un centro de salud en Villatina. Además, el 13 de julio de 2004, se inauguró el monumento Los Niños de Villatina en el Parque del Periodista, en el centro de Medellín. Creado por Edgar Gamboa V, está hecho de hierro forjado y representa a niños en diversas actividades cotidianas dentro de un carrusel, acompañado de dos placas conmemorativas.

Sin embargo, el monumento fue construido en el Parque del Periodista y no en Villatina, donde ocurrió la masacre. Su ubicación respondió a un intento de reparación moral y conmemoración simbólica para honrar a las víctimas y mantener viva su memoria. No obstante, con el paso del tiempo, esta memoria ha permanecido estática y desconectada de la comunidad original. Los nuevos habitantes del barrio, ajenos a la tragedia, han crecido sin una resignificación colectiva del monumento, lo que ha limitado su impacto en la reconstrucción del tejido social y en el reconocimiento del dolor histórico de Villatina.

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